Soy la madre de David Romo
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Soy la madre de David Romo

Texto y fotografías: Xavier Gómez Muñoz ///

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Ocurrió cuatro días después del Día de la Madre. Un jueves 16 de mayo de 2013, cuando Alexandra Córdova —trabajadora independiente, por ese entonces en sus 45 años— salió de su casa en San Antonio de Pichincha, rumbo a una reunión de padres de familia, en Quito. Condujo sin contratiempos por la autopista. Iba acompañada de sus dos hijos: David, junto a ella, y María Fernanda —la menor— en el asiento de atrás. Llegaron al redondel de la Mitad del Mundo, a eso de las 6:30 de la mañana. Parecía un día común y silvestre.

—Gracias, mami —le dijo David después de despedirse con beso en la mejilla. Cargó la mochila y caminó con dirección a la parada de buses, mientras la madre y la hermana lo veían alejarse del auto—. Estaba a días de cumplir veintiún años y era estudiante de Comunicación Social en la Universidad Central.

El día pasó para Alexandra entre trabajo y reuniones, pero con una tristeza inusitada que, aunque no entendió en ese momento, no le permitía sacarse de la cabeza la imagen de David despidiéndose. Se comunicó con él, más tarde, para preguntarle si había llegado a tiempo a clases. Después, pasado el almuerzo. Y al final, a las 10:22 de la noche, que era la hora a la que habitualmente salía a esperarlo cerca de la casa. Hablaron por celular alrededor de un minuto. Él dijo que no se preocupara, que estaba en el bus, próximo a llegar. Alexandra preguntó por qué hablaba tan bajo. David respondió: “Es que no puedo hablar muy duro. Si hablo muy duro aquí me bajan”. Y se despidieron.

Minutos después Alexandra volvió a llamar, pero David ya no contestó. Insistió, no sabe cuántas veces. Salió a esperarlo a la parada. Llamó a Santiago, el padre. A los amigos. La novia. Los familiares. A la policía… Entretanto, la hermana menor empezó a preguntar por él en redes sociales. Fue el inició de una gran cadena de búsqueda que, a pesar de los esfuerzos, no ha dado los resultados esperados. David Romo fue visto por última vez en el bus número cuatro de la compañía Transhemisféricos, con rumbo al sector de la Mitad del Mundo. Su teléfono celular fue recuperado tiempo después en un operativo policial —en posesión del hermano del controlador de la unidad de transporte— y sirve como pista para la investigación que se mantiene hasta la fecha.

Así recuerda la madre la desaparición de David Romo.

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Una y mil voces

Al día siguiente, familiares, amigos y conocidos se repartieron la búsqueda de David entre hospitales, morgues y zonas cercanas a la Mitad del Mundo. Otro grupo insistió con llamadas al celular. Hubo también quienes siguieron con la tarea en redes sociales. Alexandra fue a poner la denuncia ante las autoridades. Allí se enteró que debía esperar 48 horas para iniciar el trámite. Fue ella misma, entonces, a la terminal de buses de donde David había salido por última vez. Para el sábado —a dos días de la desaparición— organizó un grupo con alrededor de cien personas empeñadas en encontrarlo. Y el miércoles siguiente convocó, en la Plaza Grande, al primero de muchos plantones “para visibilizar el caso de David y exigir respuestas”.

—Ahí me di cuenta de que el caso de David no era el único —dice la madre—. Fueron familias y amigos de otras personas que llevaban diez, quince años, desaparecidas. Fueron también los medios de comunicación que se habían enterado por las redes sociales (como ocurrió meses atrás con el caso de la modelo Karina del Pozo).

De ese modo se fueron sumando voces y apoyos. La Universidad Central organizó brigadas de búsqueda. Hubo personas que colaboraron imprimiendo y pegando afiches. Se realizaron marchas, plantones. Empezaron a llegar también, vía Internet, mensajes de solidaridad desde España, Brasil, Inglaterra, Chile, Alemania, Estados Unidos… y varias ciudades del Ecuador. Se han hecho canciones, videos, entrevistas. Además, se unieron a la causa —ad honórem— los abogados Norma Peñaherrera y Henry Espinosa. Todo esto, mientras las autoridades continúan con la investigación.

En ese camino Alexandra comprendió los alcances de las redes sociales. Abrió cuatro cuentas de Facebook, que hoy le ayudan a administrar dos amigas. Creó grupos de WhatsApp. Aprendió a usar Instagram y Twitter. Por ahí envía diariamente información con el hashtag #DavidRomoContinúaDesaparecido.

Por si se tratara de alguna llamada importante o para difundir novedades del caso, la madre lleva consigo todo el día el celular en la mano —no en la cartera ni en un bolsillo, siempre en la mano—. Tiene una fuente de energía portátil para recargarlo. Contesta a cualquier hora. Nunca lo apaga. Tiene registrado en su smartphone —con la foto de David como fondo de pantalla— cerca de mil contactos. Allí se leen nombres de altos funcionarios públicos, asesores, peritos, policías, abogados, periodistas, presentadores, miembros de asociaciones, activistas, entre una larga lista que sería la envidia de cualquier periodista judicial. Tiene archivada, además, toda la información legal del caso, declaraciones realizadas por funcionarios públicos en medios de comunicación y una agenda que actualiza diariamente con los trámites y las reuniones a las que acude.

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Y empieza una nueva vida

Alexandra me recibe en el departamento donde vive actualmente con su hija. Es para ella una suerte de oficina —ubicada al norte de Quito— de donde se moviliza con relativa facilidad a las diligencias del caso de David. Frente a la entrada, está la pared tantas veces retratada por la prensa, con fotos y carteles del hijo que hoy tendría veintitrés años y estaría por graduarse de la universidad.

Luego de la desaparición —cuenta Alexandra— se mudó acá con su hija. Empacaron los muebles, electrodomésticos, bienes —sus vidas, como las conocían— y los encargaron en una bodega. Vendieron la casa de la Mitad del Mundo. El departamento actual es prestado y nada de lo que hay en él, a excepción de la ropa y unos pocos objetos, les pertenece. Es por eso que Alexandra, luego de más de dos años sin hallar respuestas, busca una vivienda cercana desde donde pueda seguir con su tarea, pero también reorganizar su vida y la de su hija, que hoy estudia Psicología en la universidad. Su trabajo, como promotora de productos de belleza y bisutería y en la venta de habanos cubanos, lo descuidó por el mismo motivo. Así que los gastos mensuales los cubre, en buena medida, con la ayuda de sus padres y algunos familiares.

Norma Peñaherrera, una de los abogados que colabora gratuitamente con el caso, fue compañera de Alexandra en la secundaria. Norma se enteró de la desaparición por la prensa y, como otros tantos, decidió sumar su apoyo. La abogada y amiga se sorprende de ver cómo Alexandra cambió de la “chica pacífica” a la que jamás escuchó un reclamo, ni vio confrontar a profesores o autoridades en el colegio, a una “mujer decidida, que no teme exigir respuestas y que ha hecho tanto por su hijo”.

Entre los archivos que Alexandra guarda en su computadora se ven imágenes de plantones y búsquedas, en las que ha debido atravesar —literalmente— quebradas y ríos. Calcula que ha impreso y repartido —con ayuda del sector público, privado y gente de buena voluntad— al menos 200 mil afiches en todo el país. Ha puesto denuncias de extorsión en contra de personas que han intentado aprovecharse —hubo quienes le pidieron siete mil dólares fingiendo un falso secuestro y hasta gente que llamaba a pedir que se les acredite saldo en el celular para compartir información—. Alexandra conduce, además, un carro con vidrios empapelados con afiches de su hijo. Ha viajado por Santa Rosa, Tonsupa, La Concordia, Santo Domingo de los Tsáchilas, en la misma tarea. Se ha reunido con asociaciones y autoridades de justicia. Ha dado cuanta entrevista ha podido y difundido el caso por la web. En noviembre de 2013 el fiscal general Galo Chiriboga ofreció disculpas públicas a la familia de David Romo —a nombre de la institución— por la especulación de que el joven estaba internado en una clínica clandestina para alcohólicos y drogadictos, donde se hizo el respectivo allanamiento sin obtener resultados.

—No podíamos dejar que se manche así el nombre de mi hijo —dice la madre, que días atrás había hecho público su malestar por la información difundida sin certeza­s—, por lo que el señor fiscal tuvo que rectificar.

Treinta y dos meses de búsqueda

Es un viernes 8 de enero de 2016 y se cumple un aniversario más de la desaparición de los hermanos Restrepo —ocurrida hace veintiocho años—. Alexandra y su abogada esperan junto a la cafetería del Ocho y Medio el inicio del documental Con mi corazón en Yambo, que se proyecta en varias ciudades del país. Entretanto, se acerca a saludarle un fotógrafo que realizó una exposición sobre desaparecidos, una pareja de padres que le ofrece su apoyo, y entre los presentes —pasa también cuando Alexandra va por la calle o en restaurantes— hay quienes la reconocen o la miran con la incertidumbre de no saber si es la misma mujer que aparece cada tanto en los medios.

Alexandra está sentada en una de las últimas butacas de la sala. Ha visto ya cuatro veces el documental, pero no deja de sorprenderse. Entonces le dice a su abogada frases como: “Así mismo es en las búsquedas (mientras la cámara enfoca, en picada, el paisaje de un río tenebroso)”. “Tenemos también que hacer una carta para el presidente en el aniversario de la desaparición de David”.

Una vez que termina la película, Alexandra busca a Pedro Restrepo, padre de los hermanos desaparecidos en 1988, que se ha convertido en símbolo de perseverancia para las miles de familias que no saben qué pasó con los suyos. El encuentro es breve y se da en los exteriores del cine. El padre de los hermanos Restrepo y la mamá de David Romo se abrazan, frente a la mirada y el silencio de los presentes. Él le dice que admira “las cosas que está haciendo, todo lo que ha logrado”. De la madre nace una sonrisa triste y en poco tiempo se despide. Ya en el auto, de regreso a casa, Alexandra se desploma por un instante. Pero retoma fuerzas y dice —con el tono de quien hace una promesa— que no descansará hasta saber qué pasó con su hijo. Que la siguiente semana estará en una audiencia y luego en una charla en Guayaquil y en un foro por los derechos humanos en Quito. Que le faltan cosas por hacer. Que quisiera, incluso, escribir un libro con lo vivido en estos 32 meses de búsqueda. Que el caso de David debe escucharse aún más lejos, para que estas cosas no se repitan.

—Por los hijos —me había anticipado el día en que la conocí— se termina haciendo lo que se pensaba imposible.

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