Soledades.
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Soledades.

Por Milagros Aguirre.

Ilustración Adn Montalvo E.

Foto- Soledades—¿Qué tal?, ¿cómo va la vida?

—Bien, sin novedad aunque bueno, he visto a mis amigas, me he enterado de unos chismes…

—Ahhh y, ¿cómo están? Cuenta, cuenta.

—Una de ellas está de vacación en las playas de Jamaica. Otra en las cataratas del Niágara. Otra en París de fin de año. La men­ganita se ha divorciado. El matrimonio de su hijo ha sido espectacular, como de cuento de hadas. La fulanita vive en México. Alguna ya es abuela… ¡cómo pasa la vida!

—Ah, qué ajetreada vida social, no has parado, por lo que veo. Yo, en cambio, no veo a nadie…

—No, pues, yo tampoco. Es decir, les veo pero en el face, que es donde uno se ve, don­de uno se encuentra. ¡He visto a gente que no veía hace veinticinco años! Ahí es que uno se entera de las novedades, ahí les he visto. He visto a todas mis amigas, mis compañeras de colegio, sus hijos, sus nietos, las tías viejas, sus fotos navideñas, sus selfis, sus muecas, los re­tratos de sus hijos, sus muertos. ¿Te has fijado como cuando están de luto colocan un listón negro en la foto de perfil?

—Sí. Y si nadie borra el perfil, ahí siguen, como si estuvieran vivos. Y tú, ¿cómo estás?

—Bien, indignada con las cosas que pasan en el mundo.

—¿Y protestas?

—Protesto. Claro. Firmo varias cartas to­dos los días: sobre los derechos de los anima­les, sobre los derechos de los indígenas, sobre el calentamiento global, contra la guerra en Siria, contra la violencia contra la mujer, por el aborto, por los derechos de la comunidad GLBT, por los ciclistas. Soy bien activa y ten­go varios grupos. Comparto y retuiteo todo lo que me llega. Pero a las marchas ya no voy. No hay tiempo. Pasa uno muy ocupado.

—Pero qué bueno que hagas que tu voz se escuche.

—Sí. Al menos ahí se desahoga uno, ¿no?

—Claro. No hay tiempo. Ha sido bueno verte, ¡a los años!

—Sí, ha sido muy bueno hablar contigo. ¿Cuándo nos vemos?

—No lo sé, francamente. Con tanto tráfi­co no dan ganas de salir en Quito.

—Pero sería bueno tomar un café…

—Ha sido un gusto. Te dejo, que se acaba la batería del teléfono.

—Igualmente, nos vemos pronto y no de­jes de poner “me gusta” en lo que comparto en mi muro.

—Tranquila, siempre pongo “me gusta”, aunque a veces me enoja o me asombra o me dan ganas de llorar (tecleo emoticones).

—Oh, me has mandado un sticker, ¡gra­cias!, ¡qué detalle!

—Nos vemos pronto.

Silencio. Enciende la radio y ahí no hay no­ticias, salvo en el mismo Facebook que está lleno de chismes. Nadie alrededor, salvo en la pantalla donde está el millón de amigos aguardando un “me gusta”. Mientras más amigos virtuales… más soledades reales.

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