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Sobre sopas, discrepo con Mafalda.

Por Gonzalo Dávila Trueba.

Ilustración: Camilo Pazmiño.

Edición 454 – marzo 2020.

¿Serán sus padres adictos al asado como lo son millones de argentinos? No dudo de la calidad y técnica argentinas aplicadas al asado, pero en una tarde de domingo, con lluvia y ganas de escribir, ¿no será mejor zamparse una sopita?

Si Mafalda llegara a nacer en Quito, seguro sería fanática de algunas. Comprendería que caen como anillo al dedo, con la sola condición de servirse a la hora conveniente.

Así, si por la noche pretendes ser eficiente en tus procederes y dormir a pierna suelta, bien te vendría una crema de aguacate con tostones al garete y que, ocultos en su fondo, encuentres blandos cubitos de queso.

Pero regresemos a la tarde aquella lluviosa y a las ganas de escribir; ¿qué sopa servirse? El seso, para estar despierto y poder escribir, necesita de una panza que no esté trabajando a full ni traqueteen sus piñones. No vacía, porque en lugar de escribir te pasarás añorando el bife de Mafalda.

Me referiré a una por la que, mientras terminaban de prepararla y escuchar su procedencia, me puse a imaginar un anochecer invernal en la Europa de 1900, donde una familia se apresta a cenar. El padre y sus hijos mayores han regresado de la mina enteramente percudidos y tiznados como todos los días. Ahora mismo descansan tendidos sobre el piso. El padre, con un trapo reseco, intenta limpiarse la cara. Al hacerlo descubre la olla grande repleta de sopa que cuelga sobre las ascuas.

El ama de casa se levanta, la mece, el fuego chisporrotea y ella proclama: ¡La cena ya está!

La proclama, el hambre y las tripas avivan sus mentes. ¡A comer se ha dicho!

En estas me hallaba cuando me sirvieron el plato humeante de sopa. La probé y sentí que ella y yo nos comprendíamos, teníamos química. ¿Seremos el uno para el otro? Pero me quedó la inquina de que algo de ella no alcancé a descifrar.

—Por ello, ¿de qué está hecha? —pregunté.

Me dijeron que tiene cebollas amarillas, puerro, apio, ajo, ajíes sin semillas, zanahorias, papas, nabos, raíz de hinojo, colinabo, raíz de apio, brócoli. Que todo lo trocean y lo fríen en poca mantequilla.

Cuando creen que ya está añaden un porrazo de caldo de pollo.

Finalmente ponen tallos de perejil y col crespa. Alcanzado el punto de cocción, trituran todo y lo cuelan.

Y allí es cuando regresamos a la escena imaginaria anterior.

Cuenco por cuenco el esposo trasiega la sopa. Los colma y añade un pedazo que arrancó de la hogaza de pan y reparte. Tose. Poco hablan. Se les oye sorber. Cuando alguno termina se levanta y se va.

—Alan, ¿cómo estuvo el día? —pregunta ella.

—En la galería no hay día. Siempre es de noche —responde—. Pero bien, aunque cada vez me canso más. El próximo mes, por suerte, hay cambio de turno y veré la luz del día.

—¿Deseas más sopa?

—¡No! Mañana es domingo y hoy me toca bañarme —dice—. Ella va a ver si el agua de las ollas está en el temple adecuado.

Él se desnuda. Ella lo mira. Nada dicen.

Un viento entrometido se cuela por entre las rendijas, apaga las velas.

Demasiados vientos y demasiados hijos —recapacité—. Lo temerario es que esta buena sopa lleva por nombre ugly soup (sopa fea). Me imagino que la bautizaron así por la frecuencia con que tuvieron que servirse. ¿Estarían hartos de esta sopa? No se percataron que los mantenía vivos?

Lo cierto es que al probarla se te prende la imaginación. Dan ganas de hacer algo, y ese algo, con tripa liviana, bien puede ser escribir.

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