Sobre el amor y Modern Love.
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Sobre el amor y Modern Love.

Por Carla Vera

Edición 455 – abril 2020.

Basada en una de las secciones más leídas del New York Times, la serie Modern Love presenta historias de amor que parecen diarios íntimos y también delirios extraídos de algún bolero posmoderno. Es verdad eso de que todos nos hemos enamorado alguna vez, pero no de la misma manera, aunque compartamos los mismos síntomas.

¿Cuándo nace el amor?, ¿por qué nace?, ¿cuándo termina?, ¿por qué termina?, ¿cómo sabes que lo que sientes es amor?, ¿cómo sabes que ya no lo sientes?, ¿cómo se vive el amor?, ¿tiene límite?, ¿cuál es su límite?, ¿cuánto se expande?, ¿cuánto se achica?, ¿el amor muta?, ¿en qué se transforma?, ¿ha cambiado desde el inicio de los tiempos?, ¿siempre ha sido igual?, ¿qué es el amor?, ¿qué?

Algunas de esas preguntas que —estoy segura— resuenan en muchos de nosotros, se tratan en la serie Modern Love (Amazon Prime), estrenada a mediados de octubre del año pasado. Quizá no tenga las respuestas y quizá nunca nadie las tendrá, pero se concentra en muchas de estas inquietudes. De amor se ha hablado en canciones de todos los géneros, películas en todos los idiomas, series en todas las plataformas, libros de todos los siglos, diarios de todo amante atormentado, árboles tatuados con los nombres de adolescentes y tarjetas enviadas cada 14 de febrero, año tras año.

Tanto se ha hablado de amor, creo, porque nos encanta vernos en otras historias. En mi caso, me encanta que otras personas sean pruebas vivientes de que el amor puede llegarle a una hopeless romantic. Y como yo, quizá somos muchas las personas que amamos escuchar, ver y leer sobre él. Por eso, The New York Times creó hace quince años su propia sección dedicada a personas (extra) ordinarias con historias que parecen algunas mágicas, otras increíbles, o tristes y devastadoras, o inimaginables: Modern Love. En esas columnas se inspiraron los ocho episodios de la serie que lleva su nombre.

Tengo treinta años y digamos que entender y vivir el amor ha sido extraño para mí. Crecí viendo películas de Disney, esas con el príncipe azul, y series que giraban en torno al amor de pareja, al amor romántico. Por eso no es raro que me haya tomado casi todos mis veintes volver, después de vivir varias decepciones, al amor más importante, el propio. Pero mentiría si no pienso a veces en esa compañía que hace que lo tormentoso del mundo se vuelva más liviano, y su simple presencia toque cada cuerda de tu música interior.

Una tarde, después de tener una conversación definitiva con otro potencial compañero que no fue, llegué a casa desilusionada y sintiendo que mi poetisa interna, detallista y romántica, poco a poco perdía su inspiración. Me encontré entonces con Modern Love por recomendación de una influencer argentina. Empecé por un capítulo en el que Anne Hathaway interpreta a una mujer bipolar que debe hacer malabares entre su salud mental y sus relaciones amorosas, amistosas, familiares y laborales. Ese episodio es una lupa sobre las complejidades de las emociones, más aún cuando las vive una persona que —como ella dice— está dividida en dos.

En una escena Lexi (Hathaway) está vestida con lentejuelas, peinada, maquillada, bailando, cantando y viviendo la vida como si se tratase de una película: está en un episodio de maniático. En otra escena está vestida de gris, con ojeras, despeinada, en su cama, abrazada a sus cobijas: está en un episodio depresivo. Sin caer en los clichés, el episodio, que se llama “Take Me As I Am, Whoever I Am” (“Tómame como soy, quien sea que sea”), retrata el hueco profundo en el pecho que puede llegar a sentir alguien que no ha logrado hablar abiertamente de su salud mental con sus seres más cercanos. Se excusa, falta al trabajo y cancela citas por vivir en la prisión de sus propios tabúes y encontrar refugio únicamente en su cama.

En especial me quedó resonando una escena. Lexi está lista para recibir en su hermoso departamento, impoluto posepisodio depresivo, a uno de sus potenciales compañeros. Y en su televisión está Gilda, aquel personaje interpretado por Rita Hayworth. Lexi se ve en Gilda, su pelo ondulado, su maquillaje, su vestido de lentejuelas. Y, de repente, una frase le sirve de gatillo para que el hueco en el pecho vuelva a aparecer y sea aún más profundo que antes: “Mis amantes se van a la cama con Gilda, y se tienen que despertar con Rita”. Lexi tambalea, cae al piso. Suena el timbre.

Al otro lado está un hombre con flores en las manos que sonríe, pero después de llamar a la puerta varias veces cambia de expresión. “Por favor no te vayas. Ándate. Por favor vuelve. Ándate”, murmura Lexi, llorando, aún en el piso. Y así otro potencial compañero, confundido, se aleja.

Esa escena hizo que quisiera escribir sobre esta serie. Hizo, además, que me enganche con el resto de historias, y que me acerque a personas queridas para contarles acerca de las tantas, tantas veces que me porté extraña o quise escapar de una situación por cargar —sola— con el peso de la ansiedad. Como hace Lexi años después.

Después de haber encontrado la dosis perfecta de medicamentos. Después de haber alejado a tantos posibles amantes, y después de haber sido despedida de varios trabajos. Anne Hathaway es brillante en ese episodio y logra conmover hasta el final y abrir una puerta hacia la empatía.

Modern Love se convierte en eso: en un generador de empatía, como llamaba al cine el realizador y crítico Roger Ebert. Te transporta a historias que reaniman a tu poeta interno y restauran tu confianza en tropezar alguna vez con el amor, con un amor, en cualquier presentación que venga y que va más allá del amor de pareja, el amor después del amor. Como en el episodio “When The Doorman Is Your Main Man” (“Cuando tu portero es tu hombre principal”): lágrimas aseguradas con la historia de una neoyorquina que encuentra en su portero una figura paterna. Guzmin, interpretado por Laurentiu Possa, es frío pero sensible; intimidante y a la vez accesible; protector pero no controlador, una contradicción que conmueve ver.

En “When Cupid is a Prying Journalist” (“Cuando Cupido es un periodista entrome-tido”), otro de mis episodios favoritos, Dev Patel retrata la historia de un CEO joven que acaba de crear una aplicación para citas y es entrevistado por una periodista de The New York Times. Cuando ella le pregunta si alguna vez ÉL se ha enamorado, encuentra inmediatamente la respuesta en su mirada. “¿Tienes un momento para tomarnos un café”, le pregunta el exitoso CEO, que pasa a ser un vulnerable hombre con el corazón empapado en nostalgia por un amor inconcluso. Ambos intercambian sus historias que son de esas que hacen que se te llene de un no sé qué el corazón y que toda decepción amorosa no parezca tan grave. Son historias que demuestran que el amor que vive en las profundidades del alma no muere, se queda congelado, esperando para derretirse o revivir con el abrazo del otro.

La periodista describe la historia del CEO como una de las más lindas historias de amor que jamás ha escuchado y que le recuerda a la suya, que quedó en pausa para vivirse —por lo menos por un momento— años después. Esta serie, como esta relación entre periodista y entrevistado, nos enfrenta a nuestro propio reflejo: tristes, felices, enamorados o despechados. Y eso hace que sea tan enganchante, porque, insisto, ¿a quién no le gusta verse en las historias de amor de otros y recordar las propias?

Serie de ocho episodios unitarios de media hora, basados en algunas de las más memorables historias de relaciones, sentimientos, traiciones y revelaciones que se publicaron hace quince años en The New York Times.

Modern Love tiene también episodios que hablan de adopción gay, una cita que termina en la sala de emergencias y lo que se siente enamorarse al llegar a la vejez. La serie me abrazó, me reconfortó y también me incomodó. Pero, sobre todo, me recordó que el amor puede verse de ilimitadas maneras, que no se explica, que se siente. Que puede llegar en cualquier momento, a cualquier edad. Que sí, que puede mutar y que sí, se puede expandir, o achicar, o quedarse congelado en el tiempo y derretirse de nuevo: que puedo no saber qué es, pero sí reconocerlo.

Es algo que ya sabía, pero es lindo que me lo recuerden, aunque sea en una serie.

 

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