Edición 431 - abril 2018.
Yo fui inmortal. Fui inmortal a los siete años y más inmortal todavía a los veintiuno. Esas pequeñas apariciones de la muerte eran solo esporádicas espinas en el corazón. Espinas ajenas. Los demás morirán, nosotros nunca. Morir es una mala costumbre de los otros.
Hasta que pasa: ves una fotografía de hace tres años y descubres que eres otra. Y no es una arruga ni menos cabello ni algo distinto en el cuerpo. Eso es lo de menos. Es el brillo en los ojos. Eso que no es tangible, que no se puede nombrar, pero que ya no está.
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