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En un par de horas te desmadras con el Buitre, dijo un esquelético malandro, que se puso a mear al lado del Kinkón, y después se perdió entre los cuerpos hacinados en la penumbra. El Kinkón no entendió nada, mucho menos que era una orden del Madrino, sin cuyo designio nada se movía o se moría o se salvaba.
Dos días más tarde, el Kinkón se encontraba frente al Buitre, en un cuadrilátero rodeado de una compacta jauría de apostadores. El Buitre llegaba hasta el hombro del Kinkón, aunque eso no tenía importancia porque era fibra pura. En cambio, el Kinkón era un muchacho espantado, dentro de una mole que más bien le resultaba una carga. El Buitre se dio cuenta de ello, así es que entró al combate brincando, amagando y asestando un par de puñetazos de peso pesado en los pectorales del Kinkón. Al Kinkón no le asustaba el Buitre. Ni siquiera tenía conciencia todavía de que en ese infierno su cuerpo descomunal era un capital en oro, un arma de lujo. Solamente así se explicaba que, en la primera semana, un malandro —hueso pellejo y calavera— lo haya bautizado con un tajo que le quedó como otra boca, desde su nariz de Kinkón hasta la base de la oreja.
Por eso, por vivir en las nubes, el Buitre le estaba castigando con gusto y saña. Y, él, en lugar de concentrarse en la pelea, miraba a diestra y siniestra, atraído más por el ambiente de socavón oscuro, lleno de posesos. Fue necesario un cabezazo, que le abrió la ceja, para que reaccionara a medias y respondiera con un combazo en la nuca del Buitre. Este tambaleó algunos segundos, antes de encenderse del todo y lanzarse mugiendo a desmoronar la brillante mole negra. Un rodillazo en los testículos dobló en dos al Kinkón y un codazo en la sien lo tiró al suelo. Mientras el Buitre iniciaba el desmadre a punta de patazos, el Kinkón, aspergeando sangre por la boca y el párpado izquierdo, sintió que algo venía de virarse en su cabeza y, de manera súbita, cambió de pesadilla.
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