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Simón Cueva: la función pública fue su conscripción

por Ángela Meléndez

EDICIÓN 486

Simón Cueva.
Fotografía: Juan Reyes y Cortesía.

La honestidad, la noción del bien común y la tolerancia son tres principios con los que Simón Cueva Armijos creció; para él ninguna ideología puede estar por encima de lo correcto. Quienes han trabajado a su lado lo consideran brillante, aunque él prefiere definirse como curioso.

Su paso por la función pública se ha dado en dos momentos: a mediados de los noventa, como técnico en el Banco Central y testigo de la crisis financiera, y hace un año como ministro de Economía y Finanzas, cargo que dejó en julio.

Su vida ha sido bastante nómada desde niño: Ingapirca, La Tolita, París, Quito, Washington y La Paz han sido algunos de sus destinos. Prefiere el anonimato y no le gusta hablar de lo que no sabe. Sobre su legado, está convencido de que formar tres hijos buenos, que sean ciudadanos del mundo, será lo más importante que pueden hacer junto a su esposa Nicole.

—Quiero comenzar preguntándole si su gusto por las matemáticas empezó desde que era niño, ¿o cómo nació esta relación?

—Esta relación (risas)… A mí me gustan las matemáticas desde chiquito y no sé de dónde salió porque ni mi mamá ni mi papá eran muy matemáticos, y mi hermano tampoco, él es cineasta. Es raro, pero a mí siempre me gustaron las matemáticas. Me gustaba jugar ajedrez desde siempre. La verdad era buen alumno desde chiquito.

—Siempre se le dio bien los estudios entonces…

—La verdad es que sí. Entré tempranito a la escuela, a La Condamine, como a los cinco años. Mi mamá era profesora en el colegio, mi hermano Juan Martín ya iba al colegio y yo me quedaba llorando en la casa preguntando que por qué me quedaba solito, entonces creo que trataron de hacer lo posible para mandarme antes.

Me gradué en el año 85 del colegio y me puse a buscar becas y estudios. En Francia hay todo un sistema especial de clases preparatorias, hay la universidad normal y las “grandes escuelas” como las llaman, como un prepolitécnico de dos años de clases intensivas. Yo quería hacer eso porque eran clases de temas científicos, matemáticas, física, química… y apliqué. Yo no sabía qué quería estudiar, pero sabía que quería algo científico. Me aceptaron en una preparatoria y me dieron beca, y así fui a París.

familia simon cueva
Su hermano mayor Juan Martín, su mamá Magdalena Armijos, Simón y su perro Pluto, San Rafael, 1972.

—¿Cuántos años de su vida estuvo allí?

—De chiquitos habíamos vivido dos años, cuando papá fue agregado cultural en la embajada por los años setenta y luego, cuando fui a estudiar, estuve diez años más.

—¿Y cómo fueron esos diez años? ¿Qué es lo que más recuerda?

—Nunca he estudiado más que en esa época de mi vida. El preparatorio era bien intensivo. Era en pleno París, en el Barrio Latino, frente a la Sorbona, pero no había tiempo de conocer nada. Hice dos años de clases preparatorias, luego me aceptaron en la Politécnica Francesa, una escuela muy reputada en Francia que fundó Napoleón para formar a la alta administración pública francesa. Es muy científica pero muy generalista, uno sale de ingeniero, pero de ingeniero en nada (risas), ingeniero científico, pero era una escuela superinteresante porque era enciclopédica.

Luego de la Politécnica se hace una especialización, yo hice una que se llama Ensae en francés (Escuela Nacional de Estadística y Administración Económica), que es el equivalente al INEC francés. Y en paralelo uno podía hacer una maestría en la universidad en Economía. Después de eso hice un doctorado por cuatro años.

—¿Y le quedaron ganas de seguir estudiando?

—No, no, no (risas)… Luego del doctorado yo trabajaba también, daba clases en otras universidades en Francia y trabajaba en el Ministerio de Industrias francés. Además, empezamos a vivir juntos con mi esposa Nicole los últimos cuatro años en París.

—¿De dónde es su esposa?

—Mi esposa es mitad ecuatoriana y mitad alemana, de papá alemán. Nos conocimos en Quito cuando estábamos en el colegio, guagüitos, pero éramos amigos. Yo fui a estudiar a Francia, ella se fue a estudiar en Alemania y luego nos empezamos a ver más seguido estando allá, empezamos a ser enamorados y de ahí decidimos vivir juntos. Ella hizo una maestría y yo el doctorado, y terminamos juntos. Nos casamos después de eso, en Quito.

Simón Cueva y su padre Juan Cueva.
Con su papá, Juan Cueva Jaramillo, el día de su graduación del doctorado, París, 1995.

—¿Y la decisión de volver al Ecuador fue conjunta o por qué fue?

—Los dos estábamos de acuerdo; ella estudiaba Literatura y yo acababa mi doctorado. Estábamos muy bien en Francia, yo ya tenía trabajo, pero cuando acabamos los estudios dijimos: “O vamos ahora al Ecuador o ya no vamos nunca”. Entonces, decidimos volver y probar.

El paso por el banco central, la crisis del 99 y la dolarización

—¿Cuál fue su primer trabajo a la vuelta?

—Fue en el Banco Central, con mucha gente técnica. El gerente era Augusto De La Torre, yo no conocía a Augusto, pero entré por concurso y empecé en investigación, fui ascendiendo, cambiando… Me gustó bastante. El Banco Central era una linda institución, bien interesante, uno aprendía un montón. También fueron años difíciles, en esos cuatro años hubo como cinco presidentes, crisis financiera, la guerra… pero en medio de los líos uno aprende.

—Entonces usted trabajó justo hasta la crisis del 99…

—Exactamente. En ese entonces era director de Estudios del Banco Central y debía asesorar en temas de política monetaria y cambiaria. Yo firmaba los informes técnicos para devaluar, cosas terribles y difíciles también. Yo no estaba de acuerdo con la idea de salvar al Banco del Progreso, por ejemplo, había mejores soluciones técnicas. Cuando decidieron salvarlo fue un acuerdo político, porque implicaba emitir mucha moneda, mucha liquidez… Esa noche presenté mi renuncia al Banco Central, un par de semanas luego del congelamiento bancario, en abril del 99 más o menos. Yo ya no quería estar porque no estaba de acuerdo con las decisiones que estaban tomando políticamente.

—¿Cómo evalúa ahora ese momento?

—Fueron momentos complicados, uno veía la tentación de muchos Gobiernos de palear los problemas y así fue. Cuando llegó (Jamil) Mahuad de presidente, uno ya veía que la situación del sistema financiero era bien débil y la situación internacional tampoco era fácil. Había una discusión teórica sobre qué era lo mejor. Cuando renuncié, el dólar estaba como en 10 000 sucres y llegó a subir hasta 25 000, que fue cuando se dolarizó.

—Ahora que han pasado veintidós años desde la dolarización, ¿usted piensa que fue lo que se tuvo que hacer en ese momento?

—Hay mucha discusión técnica de si era bueno o malo, porque la dolarización tiene cosas buenas y malas, como todo en economía. En lo bueno, ha calmado mucho la inflación, ayudó a que los bancos piensen a largo plazo y que la gente empiece a recibir créditos de más largo plazo y eso permitió que mucha gente que antes no podía consumir bienes empiece a hacerlo; se amplió la capacidad de consumo de la clase media. Sin dolarización, cualquier ruido político ocasionaba mucha inestabilidad.

Pero hay otro lado, y es que el Ecuador decidió dolarizar a la fuerza, no es que fue una decisión meditada y con las condiciones listas, mentira. Se dio para evitar, posiblemente, una hiperinflación; fue a la mala, pero luego de dolarizar, el Ecuador tuvo algo de suerte porque por varios años el dólar se volvió una moneda barata a nivel internacional. El precio del petróleo subió bastante y eso le ayudó al país, entonces, el entorno también ayudó a que la dolarización funcionara bien.

Ahora, también tiene temas en contra de la dolarización: no hay cómo devaluar, por lo tanto es más difícil ser competitivo. Lo otro es que la razón de una moneda propia es tener una palanca más para la economía, la palanca cambiaria-monetaria. En el caso ecuatoriano se perdió porque durante muchos años no supimos manejar bien la moneda propia, la malgastamos.

—Pero si hubiéramos seguido con moneda propia, con los políticos que hemos tenido, el destino habría sido peor, ¿no lo cree?

—Una moneda propia, bien utilizada, puede ser muy útil, y una moneda propia, mal utilizada, puede ser un peligro, y el Ecuador históricamente fue más del lado del peligro que del lado del buen uso. Sí, puede ser que la dolarización sea una camisa de fuerza, pero como somos medio locos como país, nos hace bien tener esa camisa de fuerza.

El FMI y el regreso a la función pública

Simón Cueva y su esposa e hijos.
Con sus hijos, Tomás, David, el graduado en King College, Inglaterra; su esposa Nicole y su hija Sara, Inglaterra, 2022.

—¿El del Banco Central fue su último cargo público hasta que el año anterior aceptó ser ministro de Economía del presidente Lasso?

—Salí del Banco Central y me dediqué unos meses a construir mi casa porque quería olvidarme de tantos líos. También nació nuestra primera hija y era necesario volver a la familia. Después fui a trabajar en Washington, en el Fondo Monetario, estuvimos cuatro años viviendo en Washington y luego tres años en Bolivia, donde trabajé como economista senior en el FMI, de 2003 a 2006.

—¿Cuál la mayor lección aprendida de Bolivia?

—Estuve en años políticamente complicados: cinco Gobiernos en tres años; no sé si yo soy el culpable (risas). Pero la economía de Bolivia es mejor manejada históricamente. Es un país pobre, altamente endeudado, entonces fue todo un trabajo ayudar a Bolivia a fortalecerse, a tener menos deuda, una moneda sólida, reservas internacionales buenas y una situación fiscal ordenada. Bolivia guardó mucho de eso y ha preservado una historia fiscalmente más sólida que la del Ecuador.

—¿A qué cree que se debe esa carga de “cuco” que tiene el FMI?

—Creo que en todo el universo el Fondo Monetario no tiene buena prensa, pero en parte es por su trabajo. Tiene un rol de auditor económico, de alguien que hace seguimiento a las economías del mundo. El otro es la asistencia técnica en temas fiscales o monetarios. Y el tercero es que presta plata a los países cuando ya nadie más quiere hacerlo. Y presta plata barata, a largo plazo, pero a cambio exige orden y disciplina. Los países lo llaman cuando están en problemas y, por lo tanto, se lo asocia con los problemas, como se asocia al bombero con el incendio.

—¿Usted cree que esa relación que usted ha mantenido con el FMI hizo que lo convocaran para ser ministro?, ¿se lo pensó, le rogaron mucho?

—Yo salí hace años del Fondo, luego fui profesor, he estado en temas académicos, investigaciones, consultorías… Siempre me ha interesado la política pública, no la política activa, no soy político. El presidente Lasso me contactó a través de una tercera persona y yo le dije: “Presidente, el cargo de ministro de Finanzas es bien ingrato, es un cargo que no es popular en ningún país del mundo”. Es un cargo en el que para ordenar las cosas hay que decir que no muchas veces, y no por molestar, sino por tener las cosas mejor. Es un cargo complicado, pero también muy apasionante porque uno siente que hace cosas que pueden ser útiles para el país. Desde allí se tiene que pensar a largo plazo en un país que tiende a pensar a corto plazo. El Ecuador es muy de corto plazo, el populismo quiere que mañana todo se arregle y eso es imposible.

—¿Qué fue lo más complicado de estar en la función pública?

—¡Chuta, a ver! Lo uno es que el sector público es bastante más complejo de manejar que lo que la gente piensa desde afuera. Uno solo puede hacer lo que la ley le permite, entonces todo depende de temas legales, de procedimientos, de reglas… no todo depende del Gobierno central, a veces depende del gobierno local, de la justicia, del Legislativo, y eso es una cosa complicada en el sector público. Es muy fácil criticar desde afuera, sin querer mojarse el poncho.

Además, el Ecuador es un país muy rentista, todos creen que el Gobierno les debe todo y uno de los temas importantes del sector público es tratar de resistir ese rentismo.

—¿Pero no cree que esta lógica ahuyenta a los más capacitados? Porque es difícil que en un sistema así uno se arriesgue a estar en la función pública para luego ser vilipendiando…

—Yo creo que sí. En Francia tengo muchos excompañeros que trabajan en la Alta Dirección Pública francesa, que son funcionarios, tecnócratas, que no son de un partido, sino que están ahí porque mantienen una visión de Estado más allá del Gobierno de turno. Eso no hay en el Ecuador, falta mucho una burocracia sólida que vaya más allá de los Gobiernos pero, por eso mismo, hay que tomar el riesgo porque, si les deja a los malos, solo a los que entran por las malas razones, sería peor.

—¿Usted está desencantado?

—No. Yo creo que se hizo mucho en un año y creo haber sido útil. Yo me siento contento con lo que se ha hecho. Estoy seguro de que un montón de gente criticará, y está bien, es legítimo, pero yo creo que se hizo bastante, entonces no estoy desencantado, para nada. Pero es difícil, y una de las cosas más difíciles es tener un sistema judicial confiable; la justicia afecta hasta a la economía: hay gente que roba porque sabe que no le va a pasar nada. Por eso, un tema de fondo es cómo lograr una justicia imparcial y que funcione a largo plazo.

—¿Cree que le faltó tiempo en el ministerio o piensa que cumplió su misión?

—Siempre se puede hacer más cosas y siempre se es imperfecto. Creo que una buena parte de lo que había que hacer se hizo, y se hizo bastante en orden, se arreglaron muchas cosas, se transparentaron muchas otras, registrando deudas que no estaban, generando más ingresos, priorizando los gastos… Se encarrilaron los temas con el IESS, con China.

Simón Cueva.
Descansando un ratito en el ministerio.

Siempre se puede hacer más, pero al mismo tiempo creo que es sano cumplir ciclos. Soy de la opinión de que uno debe salir cuando las cosas están bien y creo que lo más sano es dejar un buen recuerdo. Es sano para cualquier Gobierno irse oxigenando de vez en cuando y también es sano para uno porque es una tarea desgastante e ingrata y es bueno que venga alguien con nuevos bríos para seguir peleándola.

—¿Volvería a la función pública alguna vez?

—Ya van dos conscripciones, paso, la verdad…

El bien común sobre la ideología

—¿Cuál fue la impronta que quiso dejar en su paso por el ministerio?

—Vengo de una familia bien variada, muy mezclada políticamente. He oído de política desde chiquito. Mi abuelo paterno, Carlos Cueva, era abogado de trabajadores de Cuenca, fundador del Partido Socialista, hombre de izquierda. Mi otro abuelo, el coronel Armijos, fue presidente del Partido Conservador durante años, contralor de la República… Pero si bien mi familia era de opuestos políticamente, era gente que sí compartía la idea del bien común, con visiones y puntos de vista distintos, pero con la noción de qué es lo correcto para el país.

—Quienes lo conocen o han trabajado con usted de cerca afirman que es una persona brillante, ¿usted se considera así?

—Yo me considero alguien inteligente, sí. Y curioso.

—La curiosidad va atada a la brillantez, entonces…

—Le obliga a uno cuestionarse. Algo que sí soy es detallista, o sea, no me gusta opinar, me gusta primero tomarme un tiempo para entender, que la gente me cuente y me explique; cuando ya entiendo puedo opinar. Por eso no me gusta tanto salir en la prensa, no es que me cueste, pero no me gusta mucho. A mí me gusta ser anónimo, me encanta estar en un lugar donde soy un don nadie.

—¿Y ahorita está en esa búsqueda?, ¿tratando de medio desaparecer y tomarse un tiempo?

—Vine un tiempo a Europa justo por eso y por otras cosas. También porque uno sale a la calle, es un don nadie y uno camina como si nada, eso a mí me gusta. Yo soy así, a mí no me gustan las luces, eso es lo que más me costaba (de estar en el ministerio).

—¿Cuáles son sus pasiones?

—Mis hijos dirían que comer bien, o sea engordarme es demasiado fácil (risas). Una de las mejores cosas del ministerio fue que enflaquecí, perdí como diez kilos. Aparte de eso, soy lector de periódicos, me gusta la política, no para hacerla sino para entenderla, me gusta leer, soy curioso, además, me encanta viajar. Mi esposa es más dada a lo artístico y literario, nos complementamos muy bien.

La comprensión de la pérdida y de la libertad

—Leí la carta que escribió su madre cuando su padre murió y me estremeció profundamente, se querían mucho… Eso que usted vio entre ellos, ¿le sirvió para su vida y su matrimonio?

—Mis papás eran muy complementarios entre sí. Mi papá era intelectual, curioso, era más antropólogo, arqueólogo, pero le gustaba la política, el periodismo, pero no sabía cocinar un huevo frito, no sabía calentar arroz y creo que quemaba el agua; mientras que mi mamá es muy de que todo esté ordenado, le encanta recibir invitados, le encanta la diplomacia, las tradiciones, la gastronomía… Tenían fortalezas mutuas que se complementaban bastante. Compartían muchos valores como la honestidad, el bien común… y eso sí me ha dejado huella.

Los abuelos paternos, Carlos Cueva Tamariz con Simón en brazos y Rosa Esther Jaramillo con Juan Martín, 1968.
Los abuelos paternos, Carlos Cueva Tamariz con Simón en brazos y Rosa Esther Jaramillo con Juan Martín, 1968.

—¿Qué figuras han marcado su vida?

—Mis dos abuelos, aunque eran lejanos. Mi abuelo paterno era una biblioteca grande, me mostraba libros y cosas… Yo nací en Cuenca y a los seis meses de vida nos fuimos a Quito, pero siempre íbamos en vacaciones de verano a Cuenca. Con mi hermano tenemos una relación muy buena, somos y pensamos distinto, pero nos queremos bastante, nos respetamos un montón. Al final estamos ahí cuando hace falta.

—¿Cómo vivió usted la muerte de su padre, en qué momento de su vida estaba?

—Mi padre, mi papá, el Juan como le decíamos, era un hombre superlindo y bueno de naturaleza, que le tenía mucho pánico a la enfermedad y a la vejez. Él quería vivir feliz y decía que no quería llegar a la edad en que ya no se vive feliz y se vive dependiente, y fue muy consistente. Cuando mi papá tomó esa decisión (de suicidarse) que fue compleja, yo lo recibí extrañamente bien. Yo era vicerrector en la UDLA y él daba clases ahí. Un día me fue a ver y me explicó sus cuentas de plata. Creo que lo hizo como para pedirme que me encargue, él ya tenía en su cabeza la idea de lo que quería hacer… pero a mí me ha dejado siempre la impresión de mucha tranquilidad, de mucha paz.

Yo creo mucho en la libertad plena de la gente y creo que él ejerció su libertad y es respetable. A nosotros nos dejó muchos valores, mucha tranquilidad, mucho equilibrio; mi papá era equilibrado como persona, era tranquilo y tenía mucho humor. Tomaba con buen humor las cosas y eso le hacía pasar bien la vida.

—¿Cuáles son los mejores recuerdos que tiene de él?

—Cuando éramos niños, como mi papá era arqueólogo, viajábamos… desde ahí éramos nómadas, él trabajaba para el Museo del Banco Central, entonces vivimos un tiempo en Ingapirca, yo aprendí a montar burro ahí, también vivimos en isla La Tolita, en el norte de Esmeraldas. Recorrimos bastante el Ecuador y eso es otra cosa que me dejó mi papá: el cariño por las culturas ecuatorianas, porque él era arqueólogo y antropólogo.

Ser ciudadano del mundo

—Simón, ¿cuál es el legado que le gustaría dejar?

—Nosotros, con mi esposa, no somos de lujos, yo no uso reloj, tenemos autos de 2005 y de 2008… somos de comer bien, de tratarnos bien en el día a día, hemos ahorrado para que los hijos estudien bien y tengan una formación mundial, de ciudadanos del mundo: abiertos y tolerantes, y eso es lo que queremos dejarles como herencia. También el lado humano creo que es bien importante. Al final uno duerme con uno mismo, con su conciencia, y tener la conciencia en paz y dormir bien es lo mejor que hay.

—¿Usted está contento con su vida, con cómo ha sido su vida hasta hoy?

—Sí, creo que he tenido oportunidades, suerte… se han combinado. Algo que me gusta, por ejemplo, es tener culturas distintas. Yo hablo español, francés, inglés, italiano y un poquitito de alemán porque mis mujeres (esposa e hija) hablan alemán, entonces para al menos saber cuándo me insultan (risas). Me gusta nutrirme y creo que las culturas distintas enriquecen muchísimo y dan visión.

—Aunque ha vivido en tantos lugares, ¿qué significa para usted su país?

—Después de estudiar en Francia, decidimos volver al Ecuador; después de estar en Bolivia, decidimos volver al Ecuador… Nosotros queríamos que nuestros hijos tuvieran raíces en el Ecuador, queríamos que tengan vida con primos, con abuelos, con familia… con ese lado que es bien bonito en el Ecuador. Creo que, mientras más se es ciudadano del mundo, más importante es tener raíces en algún lado. Eso ayuda mucho como persona, estar enraizado, tener buenas bases… Para mí el Ecuador es donde están mis raíces.

—¿Y usted quisiera envejecer en el Ecuador o no?

—Es una gran pregunta, no sé, no sé la verdad, sí soy medio nómada de espíritu, pero probablemente sí, una parte del tiempo. La vida es linda y hay que disfrutarla por momentos, ahorita estoy pensando en el próximo ciclo.

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Acerca de Ángela Meléndez

Editora general de Revista Gestión y directora política de Consultora Multiplica. Periodista profesional, editora de libros y colaboradora de Mundo Diners. Miembro del colectivo Periodistas sin Cadenas.
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