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Simeón: El hombre que se subió a una columna y nunca más se bajo

por Jorge Ortiz

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Simeón nació en Cilicia, la región del sur de Anatolia colindante con Siria.

Simeón el 'Estilita’ es considerado uno de los personajes más importantes del cristianismo. Su fama de hombre santo y piadoso se difundió desde el Asia Menor hasta Egipto.

Cristianismo

Era, y la mayoría de la gente de su época así la vio, una secta pequeña y sin destino, cuyos pocos integrantes estaban dispuestos a resistir opresiones y persecuciones con una estrategia dolorosa y peligrosa: poniendo la otra mejilla. Eso era lo que les había mandado su inspirador, un judío pobre, galileo, que fue llamado Cristo, hijo de un carpintero y una mujer sencilla, que en el año 33 había muerto en Jerusalén, crucificado, acusado de causar agitación y alboroto entre las multitudes. 

Desde la muerte del galileo y durante más de dos siglos, sus seguidores (personas humildes: pescadores, artesanos, labriegos, comerciantes, soldados…) habían creado una comunidad caracterizada por la fraternidad y la solidaridad, que difundía sus principios y celebraba sus ritos en la obscuridad de las catacumbas, porque su fe, el cristianismo, había sido declarada “extraña e ilícita” por el Imperio Romano, que por entonces dominaba territorios inmensos, desde las Columnas de Hércules hasta las fronteras de Persia. 

A pesar de la prohibición, las enseñanzas de Cristo de amor, reconciliación y perdón se difundieron con rapidez de asombro, al mismo tiempo que el eje del poder imperial se desplazaba hacia el este, hasta que, al comenzar el siglo IV, Constantinopla suplantó a Roma como la capital del Imperio. Y el veto al cristianismo fue levantado. Y en cada asamblea de los creyentes fue repetido la exhortación de Cristo de “vende todo lo que tengas, dáselo a los pobres y sígueme”. Y, en efecto, mucho le siguieron. 

Con la legalización de su prédica y la exaltación de la pobreza (que contrastaba con el esplendor de las ceremonias paganas), los monasterios proliferaron en el Oriente Medio, la Mesopotamia y las riberas europea y africana del Mediterráneo. Y muchos monjes adoptaron la vida de los ermitaños: se alejaron de las ciudades, se apartaron de la sociedad y vivieron en ascetismo y soledad, dedicados a la expiación y la oración. Uno de ellos fue Simeón. 

Simeón

Simeón

Había nacido en Cilicia, la región del sur de Anatolia colindante con Siria. De familia de pastores, a los 15 años vendió todo lo que tenía, se lo dio a los pobres y entró en un monasterio. Empezaba el siglo V, época de angustia y escasez en la que era muy difícil conseguir libros para rezar y enseñar. Por ello, Simeón aprendió de memoria los 150 salmos de la Biblia, 21 de los cuales rezaba cada día, en voz alta, mientras tenía atado a la cintura un bejuco espinoso que le hacía sangrar (ese instrumento de penitencia recibió, desde entonces, el nombre de “cilicio”). 

Su fama de hombre santo y piadoso se difundió desde el Asia Menor hasta Egipto, por lo que grupos de peregrinos llegaban cada día a la cueva en la que Simeón vivía, en busca de curaciones y consejos. No era esa la vida contemplativa de un eremita que se había alejado del mundo para huir de la tentación. Pidió, entonces, que le construyeran una columna de tres metros de altura, coronada por una pequeña plataforma, para vivir en ella, bajo el sol, la lluvia y la nieve, fuera del alcance de la gente. Pero siguieron buscándole y consultándole. Tuvo que elevarla a siete metros. Y después a diecisiete. 

En lo alto de esa columna, consagrado a la penitencia y la oración, vivió 37 años, hasta su muerte, en el año 459. Nunca pudo evitar que los peregrinos le rogaran bendiciones y milagros. Y Simeón ‘el Estilita’ (por “stilos”, “columna”, en griego) dirigía rezos, predicaba, consolaba y daba consejos. Sólo bajaba en cada amanecer, por una escalera lateral, a recibir pan, agua y la comunión.

Tal era su celebridad que el emperador bizantino se disfrazó de peregrino para oír sus homilías. Y cuando Simeón murió envió legionarios para rescatar el cadáver, que cada romería quería llevárselo a su pueblo. Fue sepultado en Antioquía. Y, con su ejemplo, a lo largo de los siglos siguientes otros estilitas, ‘ermitaños de columna’, surgieron en las tierras que se cristianizaban. La Iglesia Católica lo celebra el 5 de enero de cada año. 

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Acerca de Jorge Ortiz

Si bien la televisión ha hecho que el público lo conozca, su mejor faceta es la de la escritura, donde demuestra no solo un envidiable conocimiento histórico, sino un estilo terso e impecable. Él dice lo que piensa y lo que cree.
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