Skip to main content

Silvina, la bizarra

por Leisa Sánchez

Por Diego Pérez Ordóñez.

Edición 459 - agosto 2020.

Lucrecia Martel rodó en 1999 un documental sobre Silvina Ocampo, la genial y poliédrica escritora argentina. Se trata de una pieza visual melancólica y claustrofóbica, cuyo resultado final es el engrandecimiento de la figura de una creadora multidimensional, que por mucho tiempo estuvo acostumbrada a vivir al cobijo de la leyenda de otros. A Ocampo, por suerte, no le costó mucho hilvanar un tejido literario inigualable, personal e insólito.

Melancólica por cuanto evoca la imagen de Ocampo desde la perspectiva de la corrosión del paso del tiempo. De la decadencia de la propia crónica argentina. De la desaparición de una clase social. De lo irrepetible de la época dorada de las letras porteñas. De la certeza de que la directora estaba evidenciando los esplendores, pero sobre todo los avatares y las tribulaciones de una artista completa, pero por mucho tiempo alejada de las luminarias. Martel nos enseñó un genio discreto y sigiloso en Silvina Ocampo. También comparece generosamente Adolfo Bioy Casares, escritor de primera línea por derecho propio, marido de Silvina, en una de sus entrevistas finales (no estoy seguro de que esta haya sido en efecto, la última), todavía muy lúcido, con iguales dosis de amargura por la viudez que constantes destellos de brillo y alta cultura.

Las dependencias —que así se llama el trabajo de Martel— constituye también un rodaje claustrofóbico, porque se basa en los testimonios de dos de las colaboradoras de la familia Bioy-Ocampo, Elena Ivulich y Jovita Iglesias de Monti, irregulares tomas de los amplios salones, largos pasillos y amplias bibliotecas del departamento de la calle Posadas, antiguos testimonios del círculo literario de Silvina, notablemente Manuel Mujica Lainez y Jorge Luis Borges, acompañados de imágenes históricas de cuando Argentina tenía pujos de país de primer mundo.

[rml_read_more]

Así, el documental de Lucrecia Martel deviene en un testimonio algo enmohecido y triste, pero aun así celebratorio y reivindicativo, de un personaje complejo y lleno de aristas, de una escritora sin genealogía literaria conocida, de una novelista y poeta extraña, al tiempo que lúcida, de una cuentista sin parangón, audaz y original. Las dependencias, rodado y estrenado hace poco más de veinte años, ha cobrado vigencia recientemente por la reivindicación general de los talentos de Ocampo y por la maestría de Martel en versionar Zama, la nihilista y parsimoniosa novela de Antonio di Benedetto. De hecho, a pesar de las décadas de diferencia y propósito Las dependencias y Zama comparten ese aire lánguido y denso, esa suerte de presión atmosférica característica de la concepción estética de Martel.

Lo que interesa de Silvina Ocampo es su talento múltiple y cambiante, caleidoscópico. Su carácter de creadora única, sin rastros de una estirpe literaria y, aunque muchas escritoras actuales lo reclamen, de pocos herederas. Discípula de Giorgio de Chirico y de Fernand Léger, coqueteó con el surrealismo en París y con la idea de dedicarse a las artes plásticas antes que a la escritura. Educada en cuatro idiomas, inglés, francés, italiano y español, y en estrecho contacto con el servicio doméstico como era costumbre en las familias patricias, los altos vuelos culturales de su entorno, su espíritu cosmopolita y su obsesiva curiosidad por los mundos de empleadas domésticas, institutrices, palafreneros, choferes, peluqueras y otros apoyos caseros, constituyeron el magma de su silencioso pero metódico proyecto literario. Última de seis hermanas, vivió una infancia solitaria y aislada, por lo que su obra (en particular sus cuentos) debe ser entendida como una reinvención de una niñez peculiar, basada en fantasías y perversiones, más que en intentos de recuperar la infancia como patria perdida, en el sentido idílico de Marcel Proust o de paraíso confiscado por la política, como en el caso de Vladimir Nabokov.

“Gran parte de la literatura de Silvina Ocampo parece contenida allí: en la infancia, en las dependencias de servicio. De allí parecen venir sus cuentos protagonizados por niños crueles, niños asesinos, niños asesinados, niños suicidas, niños abusados, niños pirómanos, niños perversos, niños que no quieren crecer, niños que nacen viejos, niñas brujas, niñas videntes; sus cuentos protagonizados por peluqueras, por costureras, por institutrices, por adivinas, por jorobados, por perros embalsamados, por planchadoras… no hay período que le fascine más; no hay época que le interese tanto”, sostiene Mariana Enríquez, su biógrafa, y una de las voces más desafiantes de las letras argentinas en la actualidad. Con La hermana menor, a caballo entre un reportaje biográfico y un perfil ensayístico, Enríquez redondeó la figura de Ocampo, la dotó de autonomía y aportó nuevas pistas sobre su órbita artística.

Silvina 1
“He puesto todo lo que tengo en lo que he escrito. Porque para mí escribir es lo más importante que me ha sucedido”. Silvina Ocampo

Durante décadas los extraordinarios talentos de Silvina Ocampo quedaron algo oscurecidos por las pesadas figuras de su entorno y, como quedó dicho, por una incomparable época en la literatura argentina. En primer lugar estaba su matrimonio con otro monstruo, Adolfo Bioy Casares. Bioy, autor de la clásica Invención de Morel, según César Aira, “laboriosa invención fantástica, con una atractiva idea argumental (una suerte de cine tridimensional, anticipación de la holografía)” de 1940 y de Los que aman, odian, una suerte de novela policial escrita al alimón con Silvina y publicada en 1946, además de al menos una docena de otros relatos y novelas, y de sus colaboraciones con Jorge Luis Borges, con los sinónimos de H. Bustos Domecq y B. Suárez Lynch. Silvina no solo fue ensombrecida por la notoriedad artística de su marido, sino por los devaneos y conquistas amorosas de Bioy. También estaba la larga y constante estela de su hermana mayor, Victoria Ocampo, mecenas, dínamo y propagandista de la vida cultural argentina, fundadora, controladora y editora de la canónica revista Sur y escritora ella también por derecho propio. No le jugaron a favor, tampoco, las figuras que pasaban a menudo casi a diario (en el caso de Jorge Luis Borges) por su generoso departamento de la calle Posadas de Buenos Aires: José Bianco, secretario de redacción de Sur, Manuel Puig, Ernesto Schoo, por ejemplo. Silvina, mientras los demás discutían de literatura, observaba, intervenía solo de ser necesario y escribía en todo momento y bajo cualquier circunstancia.

Silvina Ocampo erigió paciente y meticulosamente un mundo literario estrambótico, independiente y soberano: sus cuentos, caracterizados por una crueldad que a veces puede invadir los territorios de lo perverso, son como rayos y truenos, incisivos artefactos literarios que gobiernan la jurisdicción de lo ilusorio. Un reino en el que lo “real” suele estar cubierto por un complejo mecanismo de pesados cortinajes. Cultora del arte de la brevedad, Silvina Ocampo concibió la literatura en trayectos cortos, armada con las palabras punzantes y exactas, con precisión de cirujano y con el objetivo de construir un mundo particular en el que destacan los abismos de las diferencias sociales, los esqueletos familiares, combinados con recuerdos irreales, de cuestionable fiabilidad.

Silvina 2
La obra de Silvina no tiene época; es sensibilidad, humor negro, perversión, juegos extraños y cierta radicalidad. Es un tipo de escritura que no perdió vigencia. Hay notas diversas de ironía, de humor. Su perspectiva es muy original en demoler, en dar vuelta, en invertir las formas más estereotipadas de lo social. Es una literatura que prevalece.

Se trata de una galaxia autónoma, en la que rotan planetas inciertos, quizá la infinita imaginación de Franz Kafka, con sus dotaciones de bichos, fantasmas, humanos carentes de alma y demás espectros. O quizá, de modo más remoto, los clásicos de la literatura gótica británica del siglo XIX. Es fácil encontrar un adjetivo para calificar su arte: bizarro. “Elabora un universo de sutil crueldad (apunta uno de sus críticos, Blas Matamoro) centrado en el ámbito de las relaciones sociales asimétricas y del amor. Niños de la burguesía que violan los tabúes, fiestas caníbales, fantasmas familiares, prácticas de elegante sadismo, van configurando un espacio en que alternan las convenciones del realismo costumbrista con las alucinaciones que permiten encarnar almas en objeto y animales, perfilando uno de los mundos más singulares de la moderna narrativa argentina”. Tiene razón porque, además, Silvina Ocampo explora con destreza la tensión de las pocas páginas, el lenguaje que acribilla y aprieta, la sensación de sofoco, la perspectiva de lo inusual.

Silvina Ocampo gozó de volar bajo el radar, de codearse con monstruos, de edificar un feudo literario sin parangón. “Soy como los animales, escondo lo que más me gusta”, le gustaba autodefinirse.

Silvina 5
Adolfo Bioy y Silvina Ocampo, con quien se había casado en 1940, estuvieron juntos durante 55 años, hasta que él murió.
Silvina 3
LOS QUE AMAN, ODIAN, la única novela policíaca escrita conjuntamente entre Adolfo Bioy y Silvina Ocampo.
Silvina 4
En 2017 el director Alejandro Maci realizó un thriller policial dramático y de suspenso basado en la novela homónima de Silvina y Adolfo.

Etiquetas:

Autor

Acerca de Leisa Sánchez

Su gran motivación e interés periodístico son los temas históricos y culturales.
SUS ARTÍCULOS