Edición 451 - diciembre 2019.
Después de casi un mes del paro nacional, mi esposo y yo no nos dimos cuenta de que era nuestro aniversario. Nos fuimos a ver Joker, de Todd Phillips. Con hot dog en mano fui testigo de una brillante crítica a un sistema exitista; una película que, como dijo Michael Moore, es “un retrato oscuro de la realidad estadounidense”, pero no solo a esa, porque a mí, como a muchos, me fue inevitable comparar el filme con la situación de nuestro país.
De hecho, parecía con dedicatoria. Arthur Fleck representaba, de alguna manera, a todas las minorías, era una metáfora del diferente, del pobre, del que está al margen de la norma; en otras palabras, el hijo bastardo rechazado por el poder, que de alguna manera —al menos en América Latina— somos todos. Pero tal vez más que la película misma, lo que más me sorprendió fueron los efectos que la cinta causó en mí: identificada con la herida de Arthur Fleck, quizá reviviendo algún sentimiento de rechazo personal, mi sangre hervía ante la injusticia.
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