Si la pandemia devasta la economía, el ‘nuevo mundo’ empezará muy mal
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Si la pandemia devasta la economía, el ‘nuevo mundo’ empezará muy mal

Por Jorge Ortiz.

Edición 456 – mayo 2020.

Foto: Shutterstock.

Estos años veinte serán tan trágicos como los veinte del siglo anterior.

En algún momento del primer trimestre de 2020 —un año que parecía ser como otro cualquiera, con sus tormentas y sus calmas— el mundo entero quedó fuera de control, trastornado por una pandemia que cambió ritmos, comportamientos y creencias: miles de millones de personas encerradas, la ciencia desbordada por un virus minúsculo pero voraz, la economía parada, las fábricas cerradas, las ciudades desoladas, los países de punta sin saber cómo reaccionar, China mintiendo con descaro sobre causas y consecuencias, las Naciones Unidas en un mutismo imperdonable, los pueblos pobres llenándose de malos presagios y, en fin, la humanidad reflexionando tardíamente sobre su desenfreno y su vulnerabilidad. Sí, un cisne negro había asomado su largo cuello cuando nadie lo esperaba. Todo había empezado en un mercado abarrotado y ruidoso en Wuhán, una ciudad abigarrada —once millones de habitantes—, ubicada en un cruce de caminos en el centro de China, a orillas del Yangtsé, el ‘río largo’ que divide al país en dos. Allí, en ese mercado, famoso por los animales de vida salvaje que se venden para preparar potajes exóticos, un pangolín (un pequeño mamífero originario de las zonas tropicales de Asia, que, dicho sea de paso, es muy codiciado en el Lejano Oriente por las presuntas propiedades medicinales de sus escamas) habría servido de ‘puente’ para que un coronavirus pasara de sus habituales huéspedes animales —sobre todo murciélagos— a los seres humanos. Y tras ese primer contagio (el de la persona que se comió el pangolín), el virus se replicó con una rapidez inusitada, hasta desencadenar una pandemia global. Y, por cierto, el mundo no estaba preparado para una crisis así. Tan poco preparado estaba que la única reacción de la especie humana para no ser diezmada por la epidemia —como lo había sido por la ‘Peste Negra’, de fiebre bubónica, en la Edad Media, o por la ‘Gripe Española’, hace un siglo— fue imponerse una cuarentena súbita, multitudinaria y sin plazo, para tratar así de que el contagio no fuera en avalancha, sino en deslizamiento, e impedir que colapsaran las estructuras sanitarias de todo el planeta. La cuarentena global paralizó la producción y, claro, la economía se desplomó. La recesión mundial fue inmediata. También la incertidumbre: ¿qué vendrá después de la pandemia?, ¿qué tan fuerte será el impacto?, ¿cuánto crecerán el desempleo y la pobreza? y, además, ¿cuáles serán las consecuencias políticas de tanta calamidad?

Algunos antecedentes

Parece probable que tras la pandemia y su impacto económico irrumpa algo así como un nuevo mundo, distinto, más prudente y cuidadoso que el anterior, sin sus excesos y vanidades. Y es que la especie humana, como con tanta crudeza la describió el historiador israelí Yubal Noah Harari, pasó —por el proceso de evolución— “de animales a dioses”, convencida de que gracias a la inteligencia, su atributo exclusivo y privativo, dispone de un derecho absoluto e irrevocable para apropiarse del mundo y emplearlo en su beneficio. La especie vencedora, al fin y al cabo. Y se excedió: dañó la naturaleza, la explotó, rompió el equilibrio del planeta y jamás se detuvo. Hasta que, de pronto, la mutación de un virus hizo que los seres humanos recordaran que son finitos, incluso bastante débiles y frágiles. Que no son dioses. Que son tan vulnerables que, según relata la historia, han sido doblegados una y otra vez por epidemias. Y que los nuevos mundos que han irrumpido después de cada mortandad no siempre han sido mejores que los que quedaron atrás. Tras la ‘Peste de Atenas’, de tifoidea, en el año 430 antes de Cristo, en plena guerra del Peloponeso, la primacía ateniense en el mundo griego se desvaneció (y con ella muchos de sus valores, empezando por la democracia), doblegada por el militarismo y el totalitarismo de Esparta. Y la ‘Peste Antonina’, de viruela, en el año 165 ya de la era cristiana, marcó el principio del fin del Imperio Romano de Occidente, el centro de cuyo poder fue moviéndose decenio tras decenio hacia el Oriente, hasta que en el año 330 fue oficialmente trasladado de Roma a Constantinopla, que no sólo se convirtió en la capital imperial, sino también en la sede mayor del cristianismo, mientras el viejo mundo, el romano, se hundía en la decadencia y la corrupción. No obstante, en el siglo V el emperador Justiniano I (autor, nada menos, del Corpus Juris Civilis, la compilación mayor del derecho romano, que aún es la base del derecho civil en el mundo latino) emprendió la restauración del Imperio Romano. Sus reconquistas fueron vertiginosas. Pero un brote arrollador de fiebre bubónica, la ‘Peste de Justiniano’, que empezó en el año 541, terminó con todos sus planes y, peor aún, dejó a Europa lista, por su debilidad y abatimiento, para las invasiones bárbaras y árabes que ocurrirían en los siglos siguientes. Cuando la fiebre bubónica reapareció con ímpetu devastador, a partir de 1347, la ‘Peste Negra’ arrasó con Europa y derrumbó los pilares de la economía medieval, lo que precipitó el final de la Edad Media y la llegada del Renacimiento. En ese caso el mundo surgido de la epidemia sí fue mejor que el anterior.

Pero el nuevo mundo que irrumpió tras la ‘Gripe Española’, hace exactamente un siglo, no fue mejor que el anterior. Y es que antes de la pandemia (y, sobre todo, de la Primera Guerra Mundial) el planeta había disfrutado de un siglo completo de paz global, en el que la Revolución Industrial le había dado a la humanidad niveles de prosperidad y bienestar jamás antes conocidos. A partir de 1920, la Europa despedazada por la doble mortandad se precipitó en un abismo de desempleo, pobreza y escasez que, a su vez, desencadenó una espiral de radicalización política y violencia callejera. Pocos años más tarde, con Hitler y Stalin en el centro del escenario internacional, estallaría la Segunda Guerra Mundial, que causó cincuenta y cinco millones de muertos.

La democracia irritada

Henry Kissinger, el estratega mayor de la política internacional estadounidense, vislumbra que, en efecto, tras la pandemia surgirá un mundo distinto que, en cierto sentido, implicará un rescate de formas pretéritas de gobierno. “La leyenda fundadora del gobierno moderno —dice Kissinger— es una ciudad amurallada, dirigida por poderosos gobernantes, a veces despóticos, otras veces benevolentes, pero siempre lo suficientemente fuertes como para proteger a las personas de un enemigo externo. Los pensadores de la Ilustración reformularon ese concepto, argumentando que el propósito del Estado legítimo es satisfacer las necesidades fundamentales de las personas, es decir seguridad, orden, bienestar económico y justicia. Pero la pandemia ha generado un anacronismo, un renacimiento de la ciudad amurallada precisamente en una época en la que la prosperidad depende del comercio mundial y del movimiento de personas”. Volver a la “ciudad amurallada” es, en efecto, la reacción instintiva a la epidemia. El confinamiento planetario es una expresión de esa reacción instintiva: el regreso a las villas cerradas del Medievo. Pero el cierre de las ciudades y de los países, como el que empezó a principios de marzo en tres cuartas partes del planeta, desbarrancó la economía mundial, que en pocos días perdió decenas de millones de puestos de trabajo. Y la caída sigue. Es una contracción que, por su rapidez y globalidad, no se parece a ninguna que haya ocurrido antes. A ninguna. Más aún, cuando termine la emergencia sanitaria, lo que se demorará varios meses pero que algún momento ocurrirá, legiones de personas en todas partes del mundo —y de manera muy especial en los países atrasados— no atribuirán la crisis a un acontecimiento inesperado, súbito y desconcertante (es decir a un cisne negro), sino que llegarán a la conclusión rotunda e inalterable de que la institucionalidad les falló y, por lo tanto, de que tanto el orden mundial liberal como las formas de gobierno de cada país han fracasado y, en consecuencia, deben ser trastornadas y transformadas de un solo golpe. Las ideologías absolutistas, aquellas que pretenden resolverlo todo y para siempre (el marxismo, por ejemplo), podrían renacer de sus cenizas con una fuerza devastadora. Incluso antes de la crisis actual, sin catástrofe sanitaria ni debacle económica, gran parte del mundo vivía ya lo que era descrito como una “democracia irritada”: la distancia entre la realidad y las expectativas que había despertado el proceso de globalización (paz mundial, libre comercio, democracia indisputada, prosperidad creciente…) se había vuelto excesiva, por lo que el planeta se llenó de “perdedores de la globalización”. La consecuencia fue un menoscabo de legitimidad de la política, que se escapó de las instituciones y se trasladó a las calles. El año 2019, con una cadena de algaradas y tumultos en las más variadas ciudades del mundo, fue una demostración evidente de esa “democracia irritada”.

El regreso a la tribu

Con el sistema democrático cuestionado y bajo sospecha, las consecuencias sociales de la emergencia sanitaria y el derrumbe económico podrían precipitar un colapso brutal del orden mundial, tal como ocurrió hace exactamente un siglo, tras la epidemia de ‘Gripe Española’. Fue así que, a partir de 1920, el escenario internacional fue copado por líderes poderosos, sin demasiados escrúpulos, que se aferraron a ideologías absolutistas y proclamas nacionalistas hasta seducir a sus pueblos y apoderarse de ellos. El regreso a la tribu derivó en dos largas décadas de radicalización política y violencia callejera, que desembocaron en la Segunda Guerra Mundial. Nada menos. Kissinger advierte: “Sí, ahora hay el peligro de que se incendie el mundo”. No es un peligro a largo plazo. Ni siquiera a mediano plazo. “Las decisiones que tomen los ciudadanos y sus gobiernos en las próximas semanas moldearán el mundo durante los próximos años”, de acuerdo con el diagnóstico de Yuval Noah Harari. Y es así, en efecto, porque las grandes crisis (guerras, colapsos económicos, desastres naturales mayores…) apresuran los procesos históricos y precipitan cambios que no siempre —o, más bien, casi nunca— llegan a ser duraderamente positivos. Y en la situación actual, con la democracia bajo asedio y la especie humana abatida por la crisis, el riesgo inminente es otro regreso en avalancha a la tribu. El peligro mayor es la propagación, como otra pandemia, del totalitarismo. Ocurrió hace un siglo, podría ocurrir otra vez ahora. Sí, los años veinte de este siglo podrían ser tan trágicos como los años veinte del siglo anterior. George Orwell, en su visionario 1984, ya advirtió en la primera mitad del siglo XX sobre el riesgo de que, con el desarrollo de las tecnologías de intrusión y vigilancia, podría aparecer un ‘Gran Hermano’ que desde el Estado controle a cada ser humano, hasta matar todo rasgo de individualidad y privacidad. Y lo que en los tiempos de Orwell era nada más que una pesadilla futurista —visionaria, pero pesadilla al fin— es hoy una realidad: la tecnología ya permite vigilar al mismo tiempo, y todo el tiempo, a millones de seres humanos. China lo está haciendo.

El pretexto para esa vigilancia incesante (24/7, en jerga contemporánea) podría ser la prevención de un rebrote mundial de la epidemia mediante la utilización de pulseras biométricas, una tecnología ya desarrollada y disponible. “Imaginemos —alerta Harari— un gobierno que exige a todos los ciudadanos que llevemos una pulsera biométrica para controlarnos la temperatura corporal y el ritmo cardíaco. Los algoritmos estatales almacenarían y analizarían los datos resultantes. De ese modo, el gobierno sabría que estamos enfermos antes incluso de que lo supiéramos nosotros mismos. Y sabría también dónde hemos estado y con quién nos hemos reunido. Sería posible, así, reducir drásticamente las cadenas de infección. Maravilloso, ¿verdad? El enorme inconveniente es que eso legitimaría un nuevo y espantoso sistema de vigilancia…”. El despiadado ‘Gran Hermano’, ni más ni menos.

¿Hay solución?

Es indudable que, por ahora, cada país debe dedicarse a detener, tal vez erradicar, la epidemia dentro de sus respectivas fronteras. Eso es, por supuesto, lo que cada uno está haciendo, aunque es probable que no todos lo consigan. Pero para recuperar la economía no bastarán los esfuerzos individuales, ni siquiera en el caso de las grandes potencias. Ya en 2008 se vio que la salida de la recesión requirió de esfuerzos conjuntos: los gobiernos coordinaron a sus respectivos bancos centrales para que amortiguaran el contagio financiero e impidieran el ahondamiento de la crisis. Pero, claro, eran otros tiempos, en que el mundo no estaba en manos de Donald Trump y Boris Johnson ni de Xi Jinping y Vladímir Putin. Hoy, con Estados Unidos y China engarzados en una disputa comercial recurrente, con Gran Bretaña rompiendo con la Unión Europea y con Rusia dedicada a sembrar insidia y desconfianza contra la democracia liberal en el mundo entero (para lo cual, además de su servicio secreto heredero de la temible KGB, cuenta con medios de alcance planetario como el canal RT y la agencia Sputnik y con operadores políticos asalariados, algunos de ellos muy conocidos…), la cooperación internacional para que el mundo se sobreponga del derrumbe económico parece improbable: cada país intentará sanar sus propias heridas. Con lo que, en lugar de superar pronto y bien la crisis actual, podría desatarse una sucesión de crisis que convierta a los años veinte en una de las épocas más obscuras de la historia de la especie humana.

Los primeros datos son desalentadores: en las tres semanas iniciales del confinamiento en Estados Unidos, su economía perdió 16,5 millones de empleos, mientras que en las 106 semanas de la recesión de 2008 (que se prolongó hasta 2010) se perdieron 8,8 millones de empleos. Es decir que a la emergencia sanitaria mundial seguirá un desmayo económico también mundial. ¿Cómo se podrá evitar, después, que un país tras otro, desde economías avanzadas de Europa —como Italia y España— hasta economías pobres de África y América Latina, caigan en suspensiones de pagos? Incluso Alemania, la mayor potencia industrial europea, ya anticipa que sufrirá este año una contracción de al menos cinco por ciento. Los siguientes serán (si no hay una especie de ‘Plan Marshall’, como lo hubo tras la Segunda Guerra Mundial, que detenga una caída en secuencia como fichas de dominó) los mayores países en desarrollo. Los expertos mencionan un gigante por región: India, Brasil, Nigeria e Indonesia, cuya población conjunta es de dos mil millones de personas. A todo esto es posible que los países petroleros ya hayan sufrido su propio síncope, víctimas de la disputa feroz —que no es económica, sino geopolítica— entre Rusia y Arabia Saudita, y que los precios que ya cayeron por debajo de treinta dólares por barril se mantengan en ese nivel durante largos y angustiosos meses. Y, por cierto, entre los afectados estará el Ecuador. Si todo esto ocurre, y no es descartable que así sea, las largas y crueles caravanas de refugiados reaparecerían más abigarradas que nunca, la gente desesperada otra vez se lanzaría al mar en busca de algún lugar donde volver a empezar, habría tumultos callejeros, golpes de Estado, revoluciones, tal vez incluso guerras. Reaparecerían, más tétricas que antes, las ideologías absolutistas y también los caudillos redentores, se recrudecerían el nacionalismo y todos los populismos y, una vez más, la historia se habría repetido circularmente. Pero también podría ser, desde luego, que de la crisis surgiera un mundo mejor, con la humanidad más responsable, sensata, tolerante y respetuosa de la naturaleza, menos convencida de que —como especie vencedora sobre todas las demás— tiene el derecho absoluto e irrevocable de apropiarse del mundo y emplearlo en su beneficio. Un mundo, en fin, de más armonía, equidad y libertad. ¿Cuál de los mundos prevalecerá? Harari, una vez más: “Las decisiones que tomen los ciudadanos y sus gobiernos en las próximas semanas moldearán el mundo durante los próximos años…”. Así será.

El silencio de China

El primer paciente contagiado con el coronavirus covid-19 en China se remonta al 17 de noviembre de 2019, según el diario South China Morning Post, que tuvo acceso a documentos del Gobierno de Pekín. A partir del 17 de noviembre se registraron de uno a cinco casos nuevos cada día. Los primeros nueve fueron cuatro hombres y cinco mujeres que tenían entre 39 y 79 años. Un mes después, el 20 de diciembre, el número total de casos confirmados había llegado a 60. Los médicos no reconocieron que estaban lidiando con una nueva enfermedad hasta finales de diciembre. El médico Li Wenliang (foto) fue de los primeros en alertar sobre la amenaza del virus, pero el Gobierno de Pekín lo silenció inmediatamente. El sanitario fue represaliado y murió infectado semanas después. Fuente: www.niusdiario.es

El Plan Marshall

Desfile en honor a la millonésima tonelada de comida del Plan Marshall para Grecia, 1947.

El Plan Marshall —oficialmente llamado European Recovery Program (ERP)— fue una iniciativa de Estados Unidos para ayudar a Europa Occidental, en la que los estadounidenses dieron ayudas económicas por valor de unos 14 000 millones de dólares de la época para la reconstrucción de aquellos países de Europa devastados tras la Segunda Guerra Mundial. El plan estuvo en funcionamiento durante cuatro años desde 1948. Los objetivos de Estados Unidos eran reconstruir aquellas zonas destruidas por la guerra, eliminar barreras al comercio, modernizar la industria europea y hacer próspero de nuevo al continente; todos estos objetivos estaban destinados a evitar la propagación del comunismo, que tenía una gran y creciente influencia en la Europa de posguerra. El Plan Marshall requirió de una disminución de las barreras interestatales, una menor regulación de los negocios y alentó un aumento de la productividad, la afiliación sindical y nuevos modelos de negocio “modernos”. Las ayudas del plan se dividieron entre los países receptores sobre una base más o menos per cápita. Se dieron cantidades mayores a las grandes potencias industriales, ya que la opinión dominante era que su reactivación sería esencial para la prosperidad general de Europa. Las naciones aliadas de la guerra recibieron algo más de ayuda. El mayor receptor de dinero del Plan Marshall fue el Reino Unido, que recibió el 26 % del total, seguido de Francia con el 18 % y la nueva Alemania Occidental con el 11 %. En total 18 países europeos se beneficiaron del programa. Fuente: www.wikipedia.com

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