Setenta años. Un minuto.
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Setenta años. Un minuto.

Por Ana Cristina Franco.

Ilustración Luis Eduardo Toapanta.

Edición 428 – enero 2018.

Firma---Ana-C-FrancoSe conocieron en el correo, enviando una carta. ¿Puede empezar mejor una historia de amor? Ella enviaba una carta a alguien que ya no recuerda; él, a una novia que dejó de ser su novia el rato en que la vio a ella. Ella era delgada, esbelta, tímida. Él alto, con lentes gruesos. Él se acercó y le preguntó si podía acompañarla a su casa y ella dijo que sí. Al otro día había un paseo de la oficina, ningu­no iba a ir, pero si tú vas, yo voy. Y fueron. Y bailaron. Ella no bailó con nadie más, dice él orgulloso. Luego llovió. Y salieron al patio y se metieron en una camioneta vieja y ahí le pre­guntó si quería ser su novia. Y dijo sí. Pasaron cuatro años y la mamá de ella llamaba todos los días a preguntar: ¿cuándo se casan? Un día, cansado de las llamadas, él dijo la próxima semana, la próxima semana nos casamos. La madre dijo que le parecía bien y que llevaría una torta. Y así fue. La madre trajo la torta y se casaron en la iglesia de El Belén. Luego vino la primera hija y luego el segundo, y el tercero… fueron seis; fue una vida, seis vidas, ocho vidas, setenta años; viajes, manzanas al horno, pasteles de naranja.

Setenta años o un minuto.

Cuando era niño comía chapo mientras escuchaba en la radio que Carlos Gardel ha­bía tenido un accidente de avión. Cuando era niña vivía en Esmeraldas y no había luz y todas las noches debían encender un farol. Cuando ambos eran adolescentes dijeron en la radio que los extraterrestres habían llegado a Quito. Y él tuvo que hacer de cura para bendecir a su familia porque el fin del mundo había lle­gado. Y ella vio como la gente corría por las calles llevando sus planchas. Eso lo recuerdan desde sus sillones. Porque ahora el tiempo ha pasado.

El tiempo que se lleva todo, el tiempo que no existe.

Ella, en el correo, a punto de que él le hable por primera vez, no mira todavía los sillones rojos ubicados al lado de la ventana. Esos sillones que son sus naves por las que viajan a todas partes. Parece que la vida en un punto fuera eso: sentarse en un sillón y mirar la vida como un casete que se puede retroceder o adelantar o poner pausa en las mejores partes. Como que la vida fuera eso: recordar la vida.

Él, en el correo a punto de hablarle por primera vez, no sabe todavía lo demás: el cuerpo envejeciendo, las noches de flema y pesadillas, las enfermedades, el acompañarse al baño, los ronquidos, el olor a Vicks Vapo­Rub. Ellos, a los veinte años, todavía no cono­cen el cuerpo del otro a fondo, el aliento, ese cuerpo que de tan cercano ya es raro, defor­me; ellos, que se han enamorado en el correo, todavía no conocen el amor.

El tiempo, el tiempo que se lleva todo, el tiempo que no existe, se deshace y otra vez son niños, ese niño que escucha la noticia de Gardel mientras come chapo, esa niña que ve encenderse un farol en Esmeraldas, las cartas que llegaban de Chile, los hijos, los viajes, los tangos, los chistes, sus carcajadas, su risa tími­da; todo se desvanece, un segundo, 70 años, un minuto. Pero los de los sillones rojos, ellos sí conocen el amor.

¿Qué somos?

Una foto la muestra con una sonrisa enor­me, embarazada; al lado está él diciéndole algo al oído. Ellos fueron jóvenes. Ellos fueron feli­ces. Ellos bailaron. Ellos hicieron el amor. Ellos tuvieron sueños. Ellos viajaron. Ellos se mara­villaron ante el mar. Ellos sintieron el vino en la sangre. Ellos son de carne y hueso. Ellos se llevarán historias que no conocemos.

El sillón de la izquierda está vacío. El dere­cho, en el que está él, se ha convertido en una sala de espera. En diez años o un segundo el sillón rojo volará y se convertirá en una sala de correo donde dos jóvenes se mirarán otra vez. Por primera vez. Siempre.

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