Sergio Moscona en el circo de la vida
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Sergio Moscona en el circo de la vida

Por Milagros Aguirre.

Fotografías: cortesía de Sergio Moscona.

Edición 459 – agosto 2020.

Contorsionistas y equilibristas, payasos, arlequines y magos, domadores de fieras, gimnastas, elefantes y cuerpos entrelazados, mimetizados unos con otros, emergen en tramas y sutiles líneas, en una de las últimas series del argentino Sergio Moscona, que pasa largas temporadas en el Ecuador.

Nació en 1979, bajo la dictadura militar y eso marcó su modo de ver la vida. Estudió Psicología durante dos años pero no fue lo suyo. “Soy bueno en lo único que sé hacer: arte”, dice Moscona, confinado por la pandemia en Puerto Quito, de donde es su compañera. “Soy un inútil en otras cosas, no he podido ser ni plomero ni electricista, así que cuando algo se daña en casa, no soy yo el que puede componerlo” (risas). Moscona es artista a tiempo completo. Pintor, dibujante y grabador; ahora también hace esculturas.

Le Cirque, una serie de dibujos y pinturas fechadas en 2019, indaga sobre lo tragicómico. El artista encuentra, bajo la carpa del circo, personajes desdibujados entre la algarabía y la tristeza, y los comparte con el espectador. Los circos son así, esa mezcla de espectáculo y desolación, divertimento y desarraigo, humor y desamor.

Sus series son como relatos en los que se cuenta algo sobre la condición humana. Los personajes que van poblando su obra adquieren vida propia y se agrupan. Sergio los crea y el diablo los junta. Una serie lleva a otra, y a otra. En 2014, por ejemplo, se editó Autres Arenes, en el que se reúne la obra que tiene que ver con la tauromaquia. Llegó a ella con una propuesta de un amigo suyo de ilustrar textos de Jean Cocteau sobre la confrontación entre el hombre y el animal. Verónicas y volteretas, capas, espadas, banderillas, rostros del torero y del toro, toros y minotauros, aparecen en sus papeles, unos en blanco y negro, y otros en color.

Antes había trabajado Paquito Laguna, medio centenar de entre dibujos y pinturas que hacen referencia al Juanito Laguna de Antonio Berni (ícono de la pintura argentina del siglo pasado) pero en el siglo XXI, en una realidad más dura y sin las esperanzas ni los valores institucionales. “He dejado crecer a este niño llamado Juanito Laguna y lo he llamado Paquito. Le he condenado a la villa Piolín, que su creador le otorgó como contexto, dejando también que esta villa miseria denote el paso del tiempo como reflejo de los cambios del país y de la realidad de América Latina”.

Paquito es un nombre que obedece a una droga conocida como paco, acá llamada base de cocaína. Barato y altamente adictivo, produce en corto tiempo un gran deterioro neurológico y, por ende, intelectual, así como alteraciones pulmonares y cardíacas, marcada pérdida de peso, estado de abandono de la persona, agresividad y alucinaciones. Paquito Laguna, el personaje de Moscona, busca señalar las grandes diferencias entre la vida de los Juanito (Berni) y los Paquito (hoy), luego de cincuenta años del llamado “progreso”. Paquito emerge de la marginalidad, de las esquinas de las ciudades y de las tinieblas.

A LOS BASTONAZOS, 2016.
PAQUITO EL FACHA Y ARRUGA ANTE LA VISITA INESPERADA, 2013.

Un artista errante

Sergio dio sus primeros pasos a los diez años en el taller de Silvia Kanonich. Luego estudió dibujo, acuarela, litografía y hasta filosofía con Gustavo Kovadllof. En 1998 ingresó en la Escuela Nacional de Buenos Aires y obtuvo licenciaturas en Pintura y en Grabado. En 2001 fundó, con Isabel Espinosa, el colectivo de arte El Kiebre. Fue curador de la muestra Manifestación sobre el malestar latinoamericano presentada en el Centro Cultural Metropolitano, en 2003, y en 2010 fue invitado de honor en la Triennale Mondiale de L’Estampe et de la Gravure Originale en Francia.

Desde entonces, su vida y su quehacer artístico transcurren entre París, Buenos Aires y Puerto Quito. La crisis en Argentina impide que cualquier artista con mínima carrera internacional pueda trabajar allí; sin embargo, dice: “Cada vez que me han invitado a una muestra en mi tierra, vuelvo”. En el Ecuador, en los últimos años ha participado en exposiciones en el Centro Cultural Metropolitano, donde Madeleine Hollander, en Arte Actual y en la galería de Iliana Viteri, en exposiciones individuales o colectivas.

Un primer libro con su obra se publicó en París, en 2007. A partir de ahí, una enorme puerta se abrió en su carrera artística: todos los años tiene exposiciones en Francia, Bélgica, Alemania, Suiza, Luxemburgo… exposiciones en instituciones y museos y en galerías con las que tiene exclusividad.

Con esa vida más errante, ha dejado el grabado —aunque formó parte de una exposición reciente con La Estampería Quiteña— por todo lo que implica: no es posible llevar en el equipaje todo lo que necesita un grabador y, por otro lado, en Europa no hay mayor interés por la gráfica. Ahora, en Puerto Quito, en pleno confinamiento, se ha dedicado a trabajar esculturas con trozos de madera que consigue en los aserraderos cercanos a su finca, desechos de roble y nogal destinados usualmente a la quema. Con ellos ha dado vida a una serie de singulares personajes de pequeño formato, un mundo caricaturesco, poblado de seres sonrientes que parecen haber salido de sus propios cuadros.

Además, se ha dedicado a la escritura e ilustración de un libro para chicos. “Pasada la cuarentena saldré a buscar editor”, dice entusiasmado con el proyecto que, según cuenta, ha sido ya revisado por una editora de Alfaguara especializada en libros infantiles.

QUIEN CONDUCE ESTE TREN, 2016.
GRAN TANGO GUERNICIANO, 2009.

Figuras curtidas por la vida

Sergio tiene siete libros publicados con su obra: un buen catálogo en el que se resume su carrera. El primero fue editado por la primera galería que le representó en Francia; luego, un coleccionista y curador franco-suizo editó otro libro. “Este hombre empezó a comprar toda mi obra grande, durante un año y medio se dedicó al libro y, gracias a él, expuse en varios museos y galerías de Europa”.

Su obra tiene seguidores también en el Ecuador. Coleccionistas como Daniel Klein o Simón Parra han estado pendientes de sus propuestas, cuenta.

Entre sus series se destaca una sobre el Guernica de Picasso, que la exhibió en la Flacso en 2009. Los dibujos de Sergio son muy sueltos. Siempre fui, dice: “muy seguro de mí mismo”. La línea, la transparencia, las figuras que no se descomponen como en el cubismo sino que más bien se entrelazan, unas forman otras, son la firma del artista.

“Antes de encontrar una serie, siempre voy titubeando”, cuenta. Hay trabajos que son una puerta a un universo desconocido. Cuando ingresa la propia obra lo lleva más y más adentro, hacia nuevos descubrimientos. A veces una idea lleva a otra y entonces aparece una nueva serie. “Es como ir caminando y encontrar un pozo, y meterse por ahí hasta encontrar su profundidad, hasta agotar todas las posibilidades”. A veces el pozo no se agota y una imagen, un concepto o una idea siguen. Trabaja ocho, nueve, diez horas.

En su vida citadina es más bien noctámbulo, pero en la finca de Puerto Quito se vuelve madrugador. Si bien su obra es bastante social y se nutre de la política y sus personajes, ha querido distancia emocional y aún no se le ha ocurrido la serie del coronavirus: “Uno tiene que darse el tiempo de vivir algo y luego el tiempo para contarlo”.

Sergio define su obra como expresionista: “Mis personajes son como curtidos por la vida, como que les ha pasado alguna historia… hay pocos niños en mis cuadros”.

Trabaja el color como punto de fuga de la tensión que existe en los personajes de sus cuadros. Su obra necesita de varias lecturas. No es posible verla así, a simple vista. Hay que recorrer sus dibujos, la yuxtaposición de sus personajes, y dar tiempo para que cada uno de ellos tome su lugar dentro del cuadro. Lo que parece, a primera vista, algo caótico emerge a los ojos del espectador. El cubismo, dice Moscona, es como ver un objeto desde distintos puntos de vista. En cambio su obra, su narrativa, va entrelazando líneas que forman uno y otro personaje. “Se necesita tiempo para ver las posibles narraciones que están en mis cuadros”.

Algunos de los personajes tienen dos o tres cabezas y cada una está contando, transmitiendo algo. Plano sobre plano, línea sobre línea, trazo sobre trazo, van dando lugar a los mundos e historias que Moscona tiene para contar. Siempre con esa carga de ironía con la que cuestiona a la realidad, a la política, a la condición humana que quiere desentrañar en sus cuadros. Hay personajes que comparten el tronco, la cabeza, las manos. En realidad son personajes de cuerpos transparentes que forman una unidad, que van tejiendo el cuadro.

“La mano sabe lo que la cabeza olvida”, dice recordando al violinista que primero necesita partituras y fijar la mano en el violín, pero que después, mientras va tocando, su mano vuela libremente creando preciosas notas musicales. Así sucede también con el dibujo, con el trazo, con la creación de personajes: ya no piensa mucho en ellos, aparecen en la tela o en el papel, en distintos formatos o materiales, sin encasillarse, adaptándose unas veces, rompiendo esquemas y normas, otras.

Moscona va de serie en serie, de exposición en exposición, de galería en galería, y los personajes que habitan su mundo son, cada vez, más complejos. Habrá que ver cómo les afecta la pandemia.

TODO PASA EN LA ARENA, 2014.
LA PESCA DE LA SARDINA, 2018.
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