Ser y tener: la economía del día a día
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Ser y tener: la economía del día a día

Aunque el mundo ya parecía plano, digitalizado e hiperconectado, es el acercamiento humano el que nos ha dado la resistencia necesaria y el coraje para permanecer juntos, uno al lado del otro, mientras todo esto no se termina de acabar.

Por Paulina Simon Torres

Una de las mejores cosas de mi vida de adulta y de madre ha sido formar parte de un grupo de mujeres, también adultas y madres. Nos conocimos cuando nuestros hijos eran recién nacidos, coincidimos en un espacio dedicado a hablar de la crianza. Queríamos aprender a ser madres y no morir solas en el intento. Estuvimos juntas y de cuerpo presente con nuestras criaturas durante una buena temporada, y después mantuvimos nuestra amistad a través de un grupo de WhatsApp que es el espacio mágico en el que se puede hacer cualquier tipo de pregunta y recibir siempre de una a diez respuestas. Nuestros temas de conversación son múltiples, van desde la educación de los hijos, que ya tienen todos entre seis y nueve años; de la vida sentimental, de los trámites, de la salud, de la vida en general y en particular.

Ilustración: Paco Puente

Hace poco tuve un llamado de atención sobre lo poco que sé sobre la administración del hogar en términos financieros. Han sido tiempos de mucho trabajo, pero de muy pocos ingresos, algo poco razonable a simple vista, pero lógico cuando te das cuenta de que el dinero es humo y se esfuma. Ese momento dramático de revisar los estados de cuentas, juntar facturas, retenciones, gastos para el mes más temido del año, ese en el que se declara el impuesto a la renta, y me doy cuenta que no entiendo nada de lo que ha sucedido con nuestras finanzas en todo el año anterior. Hemos salido del paso como hemos podido. Otro año y siempre al día sin saber cómo.

Entonces se me ocurrió pedir ayuda a mi grupo de amigas. Somos unas veinticinco mujeres, todas provenientes de oficios y profesiones muy diversas. Entre nosotras varias abogadas, algunas psicólogas, una barista, una estilista, una carpintera, un par de chefs, una mujer de negocios, una actriz y cineasta, una instructora de yoga, una doula y así: oficios, pasiones y activismos diversos. La pregunta era: ¿Cómo llevan la economía familiar? ¿Cómo lo logran?

Siempre he tenido la impresión de que el dinero y la economía son temas de los que no se deberían hablar. No sé si es un tema de buenos modales o si es algún tipo de cábala o simplemente es la vergüenza de tener o no tener que nunca he sentido. Y les dije: “Amigas, mi economía es un desastre, no sé la de ustedes. Pero me gustaría proponerles que hagamos una reunión para que compartamos información, ideas sobre nuestros hábitos en relación con el dinero, los presupuestos y cómo los maneja cada una en su familia”.
Mi propuesta tuvo acogida y así un jueves nos reunimos vía Zoom para charlar sobre la plata, el gran tabú. ¿Por qué si tienes no hablas de eso y si no tienes, peor? Entre nosotras hay personas que tienen relación de dependencia en sus trabajos, burócratas, freelancers, empresarias, cabezas de familia, mujeres que le han encargado todo el sistema financiero del hogar a los maridos y las que, al contrario, se lo han quitado.

Hablamos largamente sobre aquellos gastos innecesarios que nos han arruinado el Excel; sobre la necesidad de aprender a gastar, sobre nuestras prioridades vitales que tienen que solventarse de algún modo, sobre las emergencias que jamás están contempladas y que se vuelven el diferido infinito.

Empezamos revisando un par de formatos de Excel sobre los que empezamos a trabajar para entender lo más elemental del manejo financiero de una casa. Lista de ingresos, lista de gastos fijos, lista de gastos variables y el ítem más complicado, el porcentaje de ahorro. Hablamos largamente sobre aquellos gastos innecesarios que nos han arruinado el Excel; sobre la necesidad de aprender a gastar, sobre nuestras prioridades vitales que tienen que solventarse de algún modo, sobre las emergencias que jamás están contempladas y que se vuelven el diferido infinito.

Hablamos de cuentas separadas, de cuentas conjuntas, de pólizas, de sobrecitos guardados en una alacena en los que se divide el dinero justo y necesario para cada gasto, de criptomonedas, de bienes pasivos, de inversiones en el exterior. Entre nosotras, todas las posibilidades: las que no manejan un presupuesto, las que cotizan cualquier ítem hasta en cinco lugares antes de comprarlo, las que saben invertir y planificar, las que tememos al dinero y las que tratan de sanar su relación con él.

Lo más fascinante para mí es tratar de entender el modo en el que cada familia vive, sobrevive, ahorra, gasta, invierte, pierde y a veces gana. El modo en que cada familia es. Tenemos muchas diferencias entre nosotras, pero todas tenemos en común el Ecuador. El país querido y jodido. El temor, la inestabilidad, la precariedad laboral, la incertidumbre por el futuro son algunos de los temas que nos abruman cuando pensamos en cuál puede ser el modo de dejar de vivir el día a día, de enfocarse en ahorrar, en tratar de invertir, en pensar en el futuro de los hijos, en nuestra vejez.

¿Es realmente posible?

Nos preguntamos todas.

Tratamos de mantenernos en el lado positivo y, luego de varias horas de aprender unas de otras, llegamos a algunas conclusiones: Es importante aprender cómo funciona el dinero. El poder del ahorro es esencial. Es imprescindible tener presupuestos mensuales, semestrales y anuales. Es necesario siempre hacer balances (flujo de gastos e ingresos).

Y la parte más importante: es indispensable tener metas. Esta enseñanza es la que posiblemente más hondo caló en muchas de nosotras que descubrimos que vivimos al día; y vivimos el día a día como un estilo de vida que elegimos, más que como un sistema que se nos ha impuesto, como creíamos. Tener metas te mantiene enfocada. Tener metas te ayuda a visualizar lo que quieres y entonces trabajas para eso. Metas a corto plazo, a mediano plazo, a largo plazo. Metas que sostengan a toda la familia trabajando por una misma causa.

Esta conversación fue un punto de giro, siento que es posible seguir adelante y tratar de entender la adultez y, en este caso, la economía de otro modo. Primero sentí una enorme gratitud de saber que un grupo de mujeres juntas pueden cambiar el mundo con sus ideas y sus saberes. Que compartir conocimientos, ideas y planes nos hace fuertes y nos libera de esa sensación trágica de soledad e intrascendencia. La austeridad y la abundancia, presentes como dos conceptos que todas quisiéramos decodificar a nuestro favor.

Tener esta conversación, que pudo ser incómoda, pero que resultó sumamente educativa, nos puso a todas de cara al mundo que vivimos, que ya no es el de nuestros padres ni el de nuestros abuelos. No es ni el Ecuador ni el mundo en el que todos se jubilaban, en el que tener una casa hipotecada era una actitud noble que demostraba madurez y seguridad; en el que el dinero bajo el colchón era un chiste, certero; en el que el estatus se perseguía renovando el auto, en el que no hay plata para nada, pero nunca falta para una fiesta y en el que “chulla vida” es un lema que nos libera. En nuestro país la clase media cada vez es más una utopía y en el que las estadísticas muestran que la pobreza ha aumentado y la extrema pobreza se ha triplicado. ¿Cómo salir a flote? El dinero como una ola que, si sabes cómo, podrías surfear, pero que en realidad a la mayoría de nosotras nos revuelca y nos arrastra.

Tener metas parece ser la gran aventura. No he profundizado sobre el terror que siento frente a estas palabras: metas, objetivos. Quizás me golpeó más esta noción cuando me di cuenta que no vivo de mi pasión y que mi oficio no va a durar para toda la vida. Hace tiempo alguien con un espíritu emprendedor me preguntó: ¿Cuáles son tus planes para los próximos cinco años? Y yo me reí a carcajadas. ¿Quién piensa con tanta antelación? Eso de dejar que la vida te sorprenda a cada paso quizá es algo de ese espíritu “chulla vida” que muchos ecuatorianos tenemos arraigado en nuestro corazón no solo como lema, sino como una creencia. A veces disfrazada de modo zen de vivir, disfrutar cada segundo, vivir el presente. Este vivir el presente me ha llevado a lugares fantásticos, los he recorrido sola y acompañada por los míos. Hemos sido impulsivos, tomando el sol en la cara sin pensar en las arrugas. También un día pensamos que éramos adultos grandes y fuertes, y nos hipotecamos a veinticinco años; pero ese gran plan falló y debimos retroceder y perder, o ganar, nunca sabremos.

Planes de vida, planes de ahorro, metas y objetivos, un aquí y un ahora que se torna nebuloso cuando los hijos crecen, y una crece y envejece; con arrugas y sin seguro, y entonces improvisar ya no rinde frutos. Vivir del sueldo, cuando el sueldo es un numerito que aparece y desaparece. Crecer y haberse empeñado en estudiar, en comprar muchos libros, bastantes helados, atardeceres en lugares lejanos del Ecuador; comprar experiencias, fundir todos y cada uno de los electrodomésticos y parcharlos con crédito, curarse con hierbas, fingir que el zapato no está tan roto, pero que sí alcanza otro libro en el librero. Ser soñadores y soñar con que esa planificación, la de ser feliz, es todo lo que se necesita para serlo, mientras dure el ser. Dejar de ser un adolescente en términos financieros.
El gran temor y la vergüenza de ser adulta, de tomar el toro de la adultez por los cuernos mirarlo a los ojos y decirle: Deja de cobrarme multas e impuestos, deja de exprimirme con tu show de microempresa, con tu patente, con tus cientos de trampas y laberintos que no me dejan ahorrar ni invertir ni hacerme grande ni tener un negocio dedicado a cosechar la felicidad de estar viva.

Quiero vivir para escribir, para documentar, para enseñar. Es una meta a corto, mediano y largo plazos. Pero también quiero que mis hijos se eduquen, que vean el mundo con sus propios ojos y que no deban cargar con mi cuerpo anciano que todavía paga otro numerito más de la patente. Quiero/debo armar ese presupuesto fatídico, apretarme el cinturón, ahorrar, diversificar, creer. Quiero creer que el universo está lleno de prosperidad y que alcanza para todos. Quiero soñar que entre todos incendiamos las instituciones financieras, y de pronto somos felices, retomamos el trueque, mandamos al diablo la noción de comodidad y seguridad; y que volvemos sobre nuestros pasos pensando: la meta tiene que ser la dignidad. Eso y una vez más, ser feliz mientras dure, mientras alcance. Y por supuesto, celebrar que tenemos amigas acá en las nubes que saben por dónde aterrizar.

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