Sello ecuatoriano en Hollywood
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Sello ecuatoriano en Hollywood

Por Elisa Sicouret Lynch
Fotografía: Mino Reis y cortesía
Edición 456 – mayo 2020.

Es quiteño de nacimiento, pero “hollywoodense” de corazón porque ha sido el director de fotografía de éxitos taquilleros como Bumblebee, Deepwater Horizon o 127 horas. Su más reciente reto fue la cinematografía de la versión live action de La dama y el vagabundo, para la plataforma Disney+.

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Es curioso cómo funciona el mundo a veces. Realizas una actividad con un fin específico, pero en ocasiones terminas obteniendo un resultado diferente del que esperabas. Fue lo que le ocurrió a Enrique Chediak. De su costumbre de salir a hacer excursiones por la naturaleza, exclusivamente como una vía de esparcimiento con sus amigos, surgió su afición por la fotografía: en cada recorrido solía capturar con su lente la majestuosidad del Cotopaxi o de los Ilinizas, de Same o de su amada Amazonía, el epicentro de casi todas sus vacaciones de la universidad. Al poco tiempo la toma de fotos terminó siendo igual, o más importante, que los viajes. Y ese oficio, cultivado entre selva, playa y nevados, eventualmente le abriría posibilidades insospechadas en una de las industrias más difíciles, competitivas y ambiciosas del mundo: Hollywood.

Enrique (Quito, 1967) nunca buscó de manera intencional forjar una carrera en la meca del cine, pero quizás era un destino inevitable ya que desde niño los únicos productos que consumía llevaban ese sello por la sencilla razón de que no había nada más disponible: “Al Ecuador solo llegaban películas de Hollywood, o por lo menos a mí solo me llegaba este tipo de películas. Entonces, yo consideraba que el cine era mero entretenimiento, algo para divertirnos; una cosa irreal, vana”, afirma “Quique”, como lo llaman sus allegados.

Hoy es reconocido por ser director de fotografía de superproducciones que revientan la taquilla a nivel mundial, como Bumblebee (de la franquicia de Transformers), 127 horas (a órdenes de Danny Boyle), la primera entrega de la trilogía de Maze Runner o Deepwater Horizon (con Mark Wahlberg). Pero tuvo una etapa previa completamente divorciada del cine, en la que estudió Finanzas, trabajó para una empresa agrícola e incluso lavó platos en una cafetería. Su padre, Enrique, quería que se hiciera cargo del negocio familiar y cuando se graduó del colegio, en 1986, lo matriculó en una universidad de Boston. Allí una profesora vio sus fotografías y lo animó a cambiar las Finanzas por el arte, algo que él ya sentía que se tenía que dar tarde o temprano y por eso había ido ahorrando todo lo que ganaba en la cafetería con el plan de viajar, cámara en mano, por el mundo.

“Decidí cambiar. Fui un tiempo a España a estudiar fotografía, y viajé seis meses por el sur de ese país y por Marruecos. Luego regresé al Ecuador y trabajé para una compañía que sembraba espárragos. Y después, cuando fui a Chile a visitar a unos amigos, encontré un instituto que era, digamos, casi clandestino, debido a la dictadura de Pinochet; una institución muy pobre, pero intelectualmente fantástica: el Instituto Arcos. Estudié ahí por cuatro años y fue cuando empecé a interesarme por lo que era el cine, el videoarte. Hice algunos videos a los que le fue bien en algunos festivales. Así fue cómo me di cuenta de que quería ser director de fotografía”, explica.

En Arcos fue una revelación cuando, de la mano de su amigo Guillermo Cifuentes, descubrió el cine europeo de autor. Nada más distante de los grandes filmes de Hollywood de su niñez y adolescencia. “Guillermo me guio a través de esta epifanía y cuando empecé a ver este tipo de cine, dije: ‘¡Guau! Esto ya no es entretenimiento, esto es literatura, esto es interesante, es otra cosa’. Vi Aguirre de (Werner) Herzog, su narrativa, la fotografía, la naturaleza y esa increíble pasión que se juntan en la película, y fue ahí que dije: ‘Yo tengo que trabajar en esto’”.

Ya para entonces tenía muy clara la película de su vida. Así que de Chile se fue directamente a la Universidad de Nueva York (NYU), para seguir un posgrado en Cine durante cuatro años (1992-1996). En esa etapa filmó en 16mm la cinta El río, que incluso dirigió, como un homenaje a sus vivencias con la comunidad secoya en la Amazonía. Después llegaría Hurricane Streets, que lo cambió todo, porque ganó varios reconocimientos en el Festival de Sundance, uno de los más prestigiosos del circuito independiente. Enrique fue galardonado por su trabajo tras cámara.

“Esos premios fueron superimportantes porque fue el reconocimiento de que mi decisión de estudiar Cine fue la correcta y de que las cosas estaban yendo bien. Mi nombre se abrió al cine independiente americano, a los directores, productores, etc., de ese tipo de cine. Sundance me lanzó y le tengo un agradecimiento enorme”, asegura.

Efectivamente, luego de alcanzar este premio, Enrique pudo abrirse paso en el difícil laberinto de los estudios de Hollywood. Primero, con un proyecto pequeño, The Faculty, realizado por Miramax, la empresa del productor Harvey Weinstein, quien hoy enfrenta veintitrés años de prisión por cargos de acoso y abuso sexual. “Conocí brevemente a Harvey y a su hermano (Bob, socio de su compañía), pero prefiero no ir por ahí por cuestiones ya sabidas. Además, es algo que no tiene nada que ver con mi perfil”, expresa.

Poco a poco fue llenando su filmografía con títulos como Boiler Room, con Ben Affleck; The Good Girl, con Jennifer Aniston; 28 semanas después, con Jeremy Renner; Repo Men, con Jude Law; Red 2, con Bruce Willis, entre muchos otros. Trata de combinar las grandes producciones con cintas más pequeñas, como un documental sobre el Buena Vista Social Club que rodó en 2017 con la cineasta Lucy Walker. Sin dejar de lado, por supuesto, su aporte al cine ecuatoriano con Crónicas, Rabia y Europa Report de Sebastián Cordero.

Un rodaje que jamás olvidará fue el de 127 horas (que cuenta la historia real de un excursionista atrapado en una montaña y por el que estuvo nominado al Premio Bafta de la Academia de Cine Británica): “Para muchas escenas tuve que estar colgado de un arnés por horas. Todos los que trabajamos en esa película fuimos custodiados por grandes escaladores. A mí me custodiaba un chico joven, especialmente porque estábamos fotografiando en precipicios. En una escena donde James Franco hace rappel para bajar a una laguna, decidimos hacer rappel los dos para lograr la toma. Así que estaba yo con la cuerda en una mano y la cámara en la otra. Fue fantástico, y Danny Boyle (el director) lo único que hizo fue ponerse un arnés, bajar a rappel hasta donde estábamos y darnos besos a James y a mí de tanta felicidad que tenía (risas)”.

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Se ganó, además, el honor de ser elegido por Disney para fotografiar la versión live action (mezcla de personajes reales y animados) de La dama y el vagabundo, con la cual los estudios inauguraron en diciembre pasado su plataforma de streaming denominada Disney+: “Fue una experiencia fantástica porque los entrenadores y los perros eran espectaculares. Debido a que los perros pueden hacer un máximo de tres tomas, ya que se aburren, entonces tienes que estar seguro de que esas tres tomas te salen bien. Esa fue la tensión que tuve. Pero los animales eran maravillosos; las locaciones, divinas; el diseño de producción, increíble; así que fue una película muy agradable. El único problema fue que, debido a un par de huracanes, debimos cambiar el plan de rodaje algunas veces”.

De aquí y de allá

Desde hace dos años, Enrique reside entre Salvador de Bahía (Brasil), de donde son oriundas su segunda esposa, Alice, y la hija de ambos, Sofía (trece años); y Miami, sitio que le permite desplazarse hasta Washington para estar también cerca de su hija Rafaela (diecinueve de su primer matrimonio), quien cursará la universidad en la capital estadounidense.

Pese a ser un ciudadano del mundo, que ha residido en diferentes naciones y que pasa cerca de seis meses al año viajando alrededor del globo por trabajo, no pierde su esencia latina. Una identidad que, al menos en un par de ocasiones, le ganó la discriminación del personal con el que ha trabajado. “Una situación muy fuerte la viví en Londres durante el rodaje de 28 semanas después. En esa película percibí realmente que el equipo técnico sentía odio porque un ‘cafecito’ les dijera qué hacer, ya que en esa época era una ciudad un poco más cerrada en relación con lo que es ahora. No les gustó que yo estuviera a cargo de ellos y tuve que despedir a muchas personas”, explica.

Esas experiencias, en todo caso, no suelen verse mucho en Hollywood —a criterio de Enrique— por razones que tienen que ver más con el arte, que con el color de la piel: “Desde la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ha sido un imán para artistas e intelectuales, así que ellos son superabiertos al talento, venga de donde venga. Cuántas veces le ha pedido Hollywood a Almodóvar, por ejemplo, que haga una película con ellos y nunca se ha dado. Hace poco ganó la surcoreana Parasite en los Óscar, que es otro ejemplo. Por eso, cuando tienes un talento especial, en Estados Unidos son absolutamente abiertos a recibirte. La discriminación viene más hacia los inmigrantes que, desgraciadamente, van allá para trabajar porque se están muriendo de hambre en sus países. Ahí es donde entra la discriminación fuertísima”.

Hollywood por dentro

En un medio que tiene fama de ser hostil, como Hollywood, a Enrique no le ha costado adaptarse y hacer amigos, si bien con ciertas particularidades: “Con los actores yo la paso muy bien: conversas, sales a cenar, compartes cosas por muchos meses de filmación. Pero después ya no los ves más porque se van a otro proyecto y tú también. Yo hice una película con Colin Farrell hace mucho, que se llama A Home at the End of the World (2004), y con él salíamos todos los fines de semana y al menos tres noches a la semana a tomar cerveza por ahí. Nos hicimos muy amigos y fue una relación muy linda. Después no lo vi más. Pero en el set de Voyagers, una película pequeña de ciencia ficción que se estrenará este año, Colin llegó y solo preguntaba: “¿Dónde está Enrique?, ¡dónde está Enrique!”. Cuando me vio, me dio un abrazo enorme después de tanto tiempo. Él ya no bebe, solo toma café, pero fue muy bonito vernos. La mayoría de gente de Hollywood, sobre todo la gente que se ensucia las manos, como los técnicos, directores de producción, etc., es fantástica. Pero, como en todo lado, hay gente mamona y gente maravillosa”.

Su truco para mantener los pies sobre la tierra es no tomarse nada demasiado en serio. Ni los éxitos ni los fracasos. Eso lo aprendió de un cineasta al que prefiere no nombrar, pero que le enseñó una gran lección: “Trabajé con ese director, que es ganador del Óscar, y me quedé a vivir en su casa durante la etapa de colorización del proyecto. Volvíamos en el metro después de que él ganara otro premio muy importante, un Emmy, y yo le pregunté: “A propósito, ¿dónde tienes tu Óscar?”. Me dijo que me lo mostraría en la casa. Cuando llegamos, me llevó al cuarto de su hijo, abrió la sábana de la cama para poder ver debajo, se agachó y entre los juguetes estaba el Óscar esparcido por ahí. Le pregunté por qué lo guardaba ahí y me respondió: ‘Mira, yo lo tenía en mi sala, pero cada vez que bajaba para tomarme un café o salir, veía a ese hombrecito que lo único que hace es sacar lo peor de mí. Así que lo exilié debajo de la cama de mi hijo’. Aunque no lo he visto en mucho tiempo, ese director es una persona supremamente especial para mí y ese gesto me pareció fantástico”.

Aprender a “domar” a los grandes estudios no se da de la noche a la mañana porque hay muchos factores en juego, especialmente el económico. Así que lo que Enrique aconseja para sobrevivir en esa selva es tener firmeza y no temer a equivocarse: “Cuando te enfrentas a una película de Hollywood tienes que ser muy rápido, muy abierto para saber cómo solucionas ciertos problemas; y también ser muy seguro de ti mismo. No puedes dudar porque hay mucho dinero de por medio y mientras más dinero hay, más firme tienes que ser. A pesar de que tomes una decisión errada, la debes tomar con convicción porque no puedes dejar ver debilidad en ese sentido”.

En el horizonte

En octubre próximo se estrenará Voyagers, el último trabajo de Enrique, con Colin Farrell y Lili Rose Depp en los protagónicos. Al momento, su agente Pete Franciosa de la United Talent Agency (UTA), está en conversaciones y negociaciones para concretar sus siguientes proyectos.

Algo que le gustaría hacer es volver a filmar con Sebastián Cordero en el Ecuador. Y quizá retomar un viejo amor, siempre y cuando no le provoque la sensación de estar llevando el trabajo a casa: “Tengo ganas de volver a la fotografía, sobre todo viviendo en un lugar como Salvador de Bahía, donde la parte visual es fantástica. Pero cuando entro en un guión y en una película, toda mi vida se centra alrededor de eso y no cabe nada más. Cuando no estoy filmando prefiero vivir todo a plenitud, así que no quiero que una cámara se interponga entre mi realidad y yo”.

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