Seis obras fundamentales de la Galería Uffizi
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Seis obras fundamentales de la Galería Uffizi

Recorremos la Galería Uffizi, uno de los primeros museos modernos, y descubrimos algunas de sus obras más importantes.

La fotografía muestra una de las sesenta y dos salas de la Galería Uffizi en Florencia, Italia. Fotografías: Shutterstock, Wikimedia.org., y Alamy Stock Photo.

En la cabeza de muchos Italia es un paraíso artístico y culinario en cuyo territorio coexisten desde el Coliseo y los canales venecianos, hasta las bulliciosas calles de Nápoles y las interminables colinas y viñedos de la Toscana. Y es probable que justamente esta última imagen haya sido la más romantizada en la literatura y el cine a lo largo de la historia: una americana encuentra su felicidad bajo el sol de la Toscana, un hombre hace renacer un viñedo que hereda a las afueras de Florencia y recupera la inspiración, una enfermera cuida en un hospital de la zona a un famoso paciente inglés, mientras una joven visita a amigos de su familia y pierde la inocencia en medio de un paisaje de belleza arrobadora.

El caso es que cuando soñamos con ese bello país la luz florentina parece iluminar nuestras fantasías. Florencia, la capital de la Toscana, lo fue también de Italia entre 1865 y 1871. Durante la Edad Media se convirtió en un importantísimo centro financiero, comercial y cultural, siendo una de las ciudades más ricas y con mayor influencia de aquellos tiempos. Su historia de poder siempre ha estado estrechamente conectada a una familia: los Médici. Mediante sus conexiones con el papa y su gran patrimonio, consiguieron controlar la ciudad hasta mediados del siglo XVIII. Uno de sus miembros más famosos fue Lorenzo, un gran mecenas del arte que permitió que la cultura floreciera como lo hizo en la ciudad (y en el continente), comisionando algunas de sus obras más famosas a artistas como Michelangelo Buonarroti, Leonardo da Vinci y Sandro Botticelli.

Cuando el reinado de la casa de los Médici llegó a su fin en 1737, sus colecciones de arte fueron cedidas a Florencia mediante un famoso pacto familiar negociado por Anna María Luisa, la última de las herederas de la familia.

Pero el edificio que acogería estas invaluables obras de arte ya había sido construido por orden de otro de los Médici (Cosimo I), con la intención de albergar las oficinas —en italiano uffizi— judiciarias y administrativas de la ciudad. Fue solo en 1769, doscientos años después de que comenzara su construcción, que los Uffizi abrieron sus puertas al público con una de las colecciones de arte más importantes del mundo. En 1865 se convirtió oficialmente en uno de los primeros museos modernos del mundo.

Aunque el turismo parece estar recuperando su ritmo prepandémico, aún es posible visitar con cierta calma algunos enclaves que en tiempos anteriores estaban abarrotados. Este es el caso de Florencia y su magnífica Galleria degli Uffizi —que contiene una de las colecciones de pintura más importantes del planeta—, a la cual nos dirigimos un día de otoño para descubrir algunos de sus grandes tesoros.

“La cabeza de Medusa” de Caravaggio

Sin duda una de las piezas más emblemáticas del museo, Michelangelo Merisi da Caravaggio pintó dos versiones de en 1596 y 1597 (siendo esta segunda la que encontramos en la pinacoteca). En ambos casos el artista retrató el momento preciso en el que la famosa Gorgona es decapitada por Perseo, que se sirvió de un escudo reflejante para engañarla. En la obra el rostro de Medusa es reemplazado por el del pintor quizás como un gesto simbólico de su inmunidad ante la mirada de ese ser mitológico, que había petrificado a tantos otros.

En directo esta pintura de violento realismo está realizada con un inteligente juego de cóncavos y convexos sobre una esfera que recuerda el escudo de Perseo. Teniendo en cuenta todas sus variables, es un cuadro que no deja indiferente al espectador, mientras observa recelosamente a este poderoso ser en el momento justo en el que se encuentra con el fin de su trágico destino.

“El ángel músico” de Rosso Fiorentino

En la esquina de una de las salas de la galería parece esconderse —aunque es imposible que eluda la mirada— esta fantástica obra del pintor italiano Rosso Fiorentino. La gestualidad del ángel que toca un laúd casi más grande que él, con una mezcla de concentración y nostalgia, es lo que hace que este singular cuadro sea uno de los más visitados de los Uffizi.

En una obra de Francesco Vanni, actualmente conservada en la iglesia de Santa Ágata en Asciano, se puede contemplar a este mismo ángel como parte de una composición más compleja conocida como “La Virgen entronizada entre san Barnardino de Siena y santa Ágata”. En este cuadro, que parece ser una especie de zoom in, Rosso Fiorentino regaló al espectador la posibilidad de observar a este tierno ser alado, retratado con un inteligente juego de luces a partir de delicadas pinceladas que guían el ojo hacia los principales detalles de esta obra naturalista.

“El nacimiento de Venus” de Boticelli

Este cuadro captura el momento en el que la diosa del amor y de la belleza nace desde la espuma del mar y, empujada por los vientos, llega a la isla de Chipre. Boticelli se inspiró en modelos clásicos para retratar la modesta pose de Venus, que intenta cubrirse con su largo cabello. De pie sobre una concha, como si fuese una perla perfecta, la diosa es recibida en la isla por una joven que lleva un manto florido en sus manos y se dispone a colocarlo sobre ella.

Los naranjos que se avistan en segundo plano permitieron especular que este cuadro fue encargado por algún miembro de la familia Médici (cuyo emblema era justamente ese árbol). Tal es la belleza de esta imponente pintura, que en 2018 un espectador sufrió un infarto mientras la contemplaba: aunque el hombre sobrevivió al síndrome de Stendahl que le ocasionó la obra de Boticelli, el incidente sirvió para enfatizar que el nacimiento de Venus es, sin duda, uno de los tesoros más valiosos de Uffizi.

“La Anunciación” de Da Vinci

Este cuadro del gran maestro retrata el momento en el que el arcángel Gabriel se anuncia a la Virgen María en el jardín de un elegante palacio renacentista. El ángel, que en ese instante es un ser tangible, proyecta su sombra sobre el césped, y sus grandes y realistas alas están realizadas a partir de los meticulosos estudios que realizó Da Vinci sobre el vuelo de los pájaros. Algunos detalles, como el brazo excesivamente largo de María, se esfuman cuando uno observa la pintura desde el ángulo inferior derecho y esto se debe a que la pintura estuvo pensada para el lugar original en el que se encontraba: un altar lateral en la iglesia de San Bartolomé Monteoliveto en Florencia. “La Anunciación”, que fue realizada por el artista cuando tenía alrededor de veinte años, es la primera comisión que se le hizo y en ella se reconocen detalles que luego serían consistentes en su pintura, como el esfumado y la perspectiva atmosférica.

“El duque y la duquesa de Urbino” de Piero della Francesca

Este singular díptico ocupa el centro de una sala de la galería y se trata de uno de los retratos más celebrados del Renacimiento. Inspirado en el diseño de las monedas antiguas, Piero della Francesca retrató al duque y la duquesa en relieve, lo cual permitía mayor verosimilitud con los detalles reales de sus rostros, sin tener que recurrir a gestos evocativos. En efecto, ambos sujetos parecen indiferentes a lo que sucede en su entorno y lo único que se distingue en ambos es quizás un aire autoritario. El contraste de los tonos ocres usados para el duque Federico y la palidez de la duquesa es particularmente llamativo y parece aludir a la muerte temprana que sufriría. En el lado contrario del díptico hay otras dos pinturas que muestran a estos aristócratas en sus carruajes acompañados de virtudes cristianas.

Piero della Francesca mantenía una relación cercana con los duques de Montefeltro y quizás el esfuerzo que puso en esta pintura, una de sus obras maestras, se deba al vínculo que tenía con los sujetos retratados.

“Judit decapitando a Holofernes” de Artemisia Gentileschi

Gentileschi fue la primera mujer en convertirse en miembro de la Accademia di Arte del Disegno de Florencia, en un momento histórico en el cual las oportunidades estaban reservadas a los hombres y el mundo del arte formaba parte de ello. Así, esta fue una de las poquísimas artistas que consiguió respeto y reconocimiento internacional, pues su talento fue capaz de atravesar las barreras patriarcales. Reconocida hoy en día como una pintora feminista, las protagonistas que aparecen en los cuadros de Gentileschi demuestran tener coraje y fuerza física, resistiéndose de una u otra forma al control de los personajes masculinos que forman parte de sus obras. “Judit decapitando a Holofernes” es uno de los cuadros más famosos de esta pintora.

En una habitación donde reina el claroscuro, la heroína bíblica y su doncella sostienen al enemigo mientras la primera lo decapita con una espada. Esta escena, retratada con una impresionante crudeza, parece haber estado inspirada en la experiencia personal de la artista, quien a sus diecisiete años fue violada por el pintor Agostino Tassi. En el cuadro Judith tiene un brazalete que evoca a Artemis, la diosa que ponía fin a las vidas de aquellos hombres que no la respetaban, y cabe pensar que la artista se proyecta en la imagen de la heroína retratada en la obra, mientras busca justicia por mano propia. Por todas las historias que confluyen en este simbólico cuadro y la potencia que hay en cada una de sus pinceladas, para mí esta es la gran joya de la Galería Uffizi.

Quedan pocos rincones vacíos en los pasillos y las salas de este museo. Los amplios ventanales de los puentes que conectan un ala con otra también hacen a su vez de marcos para el paisaje que encierran: distintos ángulos de la bellísima Florencia son visibles desde lo alto. El sol comienza a caer, iluminando con tonos dorados el río Arno y el Ponte Vecchio, mientras el guardia anuncia que la galería cerrará pronto. En el último vistazo que doy al museo antes de salir la inmortalidad de las obras que acoge se me hace evidente y, antes de que me dé un Stendahl, escapo de ahí y me pierdo en las calles —que parecen a su vez salidas de un cuadro— de esta fascinante ciudad.

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