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La segunda vuelta

por Verónica Coello Moreira

Segunda vuelta.
Ilustración: Shutterstock

Hay un grupo grande de gente que mira el matrimonio como un destino. Están convencidos de que, al firmar el papel, el compromiso y la vida juntos será para siempre. Esta frase siempre me hará ruido, buscar la eternidad cuando ni nosotros lo somos es casi un ejercicio de soberbia.

Recuerdo el día que me casé por la iglesia, todo iba bien en la ceremonia hasta que el padre Raniero empezó la parte en la que lee un montón de cosas y una un poco nerviosa solo acierta a decir “sí acepto” a todo. Yo había entrado en esa dinámica hasta que escuché “para siempre”, no pude evitar detener el tema con un “¿cómo para siempre, padre?”. Vi sus ojos abrirse como si fueran a desorbitarse, mientras quien se estaba convirtiendo en mi esposo hizo una sonrisa nerviosa y escuché el silencio que se hizo entre la gente que llenaba la iglesia.

El sacerdote con mucha paciencia me dijo “para siempre es un día a la vez” y, aunque no resolvió por completo mi duda, fue lo suficiente para dejar que la ceremonia continuara. Estuve dentro de un “para siempre” durante veinte años y veinte días, pero las cosas no siempre fluyen como uno desea; además, creo firmemente en la libertad de elección y la necesidad de ser feliz no como un concepto romántico, sino como una sensación de paz y bienestar de manera recurrente.

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