Sin darme cuenta de la dimensión de mis palabras, como siempre sin pensar, muy suelta de huesos dije: “La editorial me manda a Manta por trabajo”. Apenas terminé la frase supe el error que cometí, pero ya era tarde, los ojos de borrego ahorcado de Santi lo decían todo.
“Ah cierto, no me había acordado que fuimos a Manta de luna de miel”, acoté tratando de hacerme la indiferente, pero como dije: “¡Ya era tarde!”, el romántico empedernido, vitalicio y militante de mi marido se había colado al viaje. Y bueno, tampoco soy tan mala, insensible, de maldad absoluta, una vez abrochados los cinturones, puse el teléfono en “modo avión” y yo me puse en “modo romántico”.
Al llegar a Manta nos topamos con una enorme ciudad, llena de cemento, con grandes avenidas y edificios y hoteles y todo. Santi tenía la intención de recoger los pasos, en cambio yo tenía la sensación de estar investigando un crimen al pretender recorrer palmo a palmo el lugar de los hechos, a mí me daba pavor porque parecía que iba a haber hasta levantamiento de cadáver; sin embargo, asumí con estoica bondad el hecho bochornosamente cursi de una segunda luna de miel, ya no había vuelta atrás.
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