Se viró la tortilla (española)
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Se viró la tortilla (española)

se viro la tortilla

Por María Fernanda Ampuero

            Babean.

Frente a las estanterías de vinos, las botellas de aceite de oliva y ante los escaparates de quesos importados de los supermercados de Quito, ellos babean. Entonces se ven. Se reconocen.

            —¿Español?

            —Sí, ¿tú?

            —También.

Se calcula que desde 2011 han salido a trabajar fuera unos 150 mil españoles, un porcentaje tal vez pequeño si consideramos que el país tiene 40 millones de habitantes. Pero las cifras nunca importan tanto como esto: hoy, en 150 mil casas de España falta un miembro, normalmente el mejor preparado, al que le auguraban el futuro más brillante. Conozco a algunos: Elsa, Pablo, Manolo, Xemein. Son profesionales extraordinariamente jóvenes y extraordinariamente talentosos que han tenido que emigrar —¿debería decir escapar?— del hoyo en el que su país cayó y sigue cayendo a diario, sin control.

Esto no llamaría la atención de no ser porque hace apenas diez años los emigrantes éramos nosotros. Los ecuatorianos partimos al sueño ibérico como se parte a un banquete: frotándonos las manos, anticipando glorias. Al llegar allá, en la ventanilla del aeropuerto, es decir, antes siquiera de entrar, ya éramos unos apestados. “Otras nacionalidades”, decía nuestra fila y esa fila era como una guillotina. Si lograbas pasar con la cabeza en tu sitio, alguien, algo, en la espalda te pegaba un enorme cartel: “inmigrante”. Entrar no era, oh no, ni mucho menos, lo más difícil.

—Al principio lo pasé mal —solía decir mi amigo manaba en Madrid—, pero después lo pasé peor.

Tras inviernos e infiernos, pasaron los años perros y un día, casi sin darnos cuenta, ya teníamos papeles, casa, acento español (hostias colega), hijos españoles, un carro con placas europeas y billetes crepitantes en los bolsillos. Ya no éramos sudacas, sino nuevos ricos y al grito de ¡chúpatelaplata! nos pegamos al último del trencito y venga cadera para allá y vaya cadera para allá. Gastamos porque todo el mundo gastaba y así, tan ricamente, se vivía con el euro de nunca acabar. Pero la prosperidad nos duró menos que un matrimonio adolescente y con un chuchaqui papal después de tantos despiporres, despilfarros y desmadres caímos en la cuenta de que éramos más pobres que cuando llegamos, que estábamos endeudados para ocho vidas y que la maquinita de hacer trabajos —la industria constructora— se había fundido y no tenía garantía.

Hoy, ahora mismo, decenas de familias extranjeras (y ya tan españolas a la vez) están haciendo sus maletas para volver, como en el tango, a sus países. Pero hay más: ahora los españoles son los extranjeros. El mundo dio la vuelta tan rápido que aún estamos mareados, entontecidos: ¿Ah? ¿Ellos ahora son los trabajadores emigrantes? ¿En Latinoamérica están las oportunidades laborales que en España se esfumaron? ¿Es el mismo mundo en el que hace poco los ecuatorianos llegábamos como náufragos a las ostentosas orillas de Madrid?

Es un delirio: Jesús y Marta, dos amigos madrileños, me han mandado su currículo desesperado para que lo reparta entre mis conocidos en el Ecuador y recuerdo esas conversaciones que tuve con españoles xenófobos, deseando que sus hijos o nietos nunca tuvieran que emigrar. Es de locos: voy a la oficina de legalizaciones y me encuentro con españoles en lugar de extranjeros legalizando sus documentos, homologando títulos, poniendo apostillas, todo lo que sea necesario poder largarse. Es demencial: los españoles envidiando la oferta laboral de México, Argentina, Marruecos, India o, sí, sí, del Ecuador.

Y aunque aquí maldicen el precio del vino, del aceite de oliva y del queso manchego y extrañan hasta con los dientes lo suyo y los suyos, los españoles inmigrantes están felices de poder trabajar, aunque el trabajo esté a diez mil kilómetros.

            Con los españoles estamos hermanados más que nunca. Nosotros con el feriado bancario, ellos con la crisis, hemos tenido que hacer las maletas y huir. Lo triste no es irte de tu país, sino no poder quedarte y que ellos, los desgraciados que nos exilian, sean los que se queden.

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