Se va Merkel y… ¿se rompe Europa?
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Se va Merkel y… ¿se rompe Europa?

La carencia de grandes líderes y el auge populista amenazan con liquidar el proceso de integración

Angela Merkel, la canciller alemana abandonó en septiembre el poder. En sus 16 años en él, descubrió que Alemania estaba condenada a liderar la Unión Europea, lo quisiera o no. Fotografías: Shutterstock.

Las luces de los despachos de los jefes de gobierno permanecieron encendidas toda la noche, mientras las llamadas y las consultas iban y venían, con indignación, primero, y con desconcierto, después: “y ahora, ¿qué hacemos? Y es que lo ocurrido en Varsovia ese día, jueves 7 de octubre, no tenía precedentes en la historia de la Unión Europea. Era una rebelión frontal y brutal, porque demolía uno de los pilares fundamentales del proceso de integración política y económica más exitoso jamás emprendido: la primacía del derecho comunitario sobre el nacional. Era, jurídicamente, algo así como una declaración de guerra.

En efecto, el tribunal constitucional de Polonia había dictaminado que los artículos 1 y 19 del Tratado de la Unión Europea son inconstitucionales, tal como lo demandaba el gobierno nacionalista y populista del primer ministro Mateusz Morawiecki. No era tan sólo un tecnicismo jurídico, un asunto de abogados y leguleyos sin ninguna repercusión práctica. No. Todo lo contrario. Ese dictamen era un desprecio a la decisión expresa y voluntaria de los países comunitarios de supeditar sus leyes nacionales al derecho europeo, una decisión de la que dependen la cooperación leal, la asistencia mutua y el estado de derecho, que son las bases de una unidad que cobija a cuatrocientos cincuenta millones de personas, habitantes de veintisiete países con altos niveles de vida y con democracias impecables.

Ese dictamen —inesperado, demoledor— fue anunciado al mismo tiempo que en la Gran Bretaña se sentían con dureza los primeros efectos negativos del ‘brexit’ y en Alemania terminaba la era de Ángela Merkel, dos hechos impactantes en el ánimo europeo porque implican no sólo la primera ruptura de la unidad continental sino también el alejamiento de la gobernante más talentosa de las últimas décadas, en una época en que Europa (y, tal vez, el mundo entero) carece de los líderes con visión y decisión que a lo largo del siglo XX moldearon el mundo contemporáneo y, después de guerras terribles y convulsiones tremendas, inauguraron el período de mayor progreso y bienestar que haya conocido la especie humana.

Después de esa primera noche en vela, en que los teléfonos no dejaron de sonar, las reacciones fueron sólidas y rotundas: “el ingreso voluntario en la Unión conlleva el cumplimiento de todas sus normas y el acatamiento de todas sus sentencias”, según la severa declaración de la presidenta de la Comisión Europea, Úrsula von der Leyen, quien advirtió que “usaremos todos los poderes que nos conceden los acuerdos y tratados”. Acuerdos y tratados que, por cierto, Polonia cumplió con esmero desde su adhesión a la comunidad, en 2004, pero que comenzó a cuestionar en 2015 con el retorno al poder de Ley y Justicia, el partido de derecha, católico y proteccionista que con cada año que pasa se ha inclinado más hacia el populismo, con un nacionalismo agrio y combativo que ha terminando colisionando con sus compromisos europeístas.

Momento crucial

No es esta la primera vez que la Unión Europea sufre una convulsión capaz de resquebrajar sus cimientos. Ya ocurrió en 2009, cuando la crisis de la deuda soberana de Grecia (cuyos títulos se desplomaron hasta el nivel de “bonos basura”) desnudó el contraste entre los países del norte del continente, con manejos fiscales austeros y disciplinados, y los países del sur, empeñados en el gasto público deficitario y excesivo, y derivó en una ayuda financiera caudalosa y urgente, a cambio de lo cual el gobierno griego adoptó un programa de ajuste muy riguroso y restrictivo. Y ocurrió también en 2016, cuando la Gran Bretaña resolvió, en un referéndum insensato y apresurado, romper con Europa, un ‘brexit’ irreflexivo cuyas consecuencias negativas empezaron ya a sentirse.

Fue así que a finales de septiembre, cuando nadie lo esperaba, los combustibles empezaron a faltar en las estaciones de servicio, una escasez que se agudizó a principios de octubre, cuando cientos de gasolineras en todo el territorio británico tuvieron que cerrar porque no tenían qué vender. Lo que, por supuesto, elevó un clamor ciudadano de ira, al que el gobierno del primer ministro Boris Johnson respondió con proclamas nacionalistas inflamadas, según las cuales el desabastecimiento de una serie de productos de consumo masivo, empezando por la gasolina y el diésel, fue causado por el “sistema productivo roto” de la Unión Europea. “A ese modelo económico fallido no volveremos”, aseguró.

Si bien muchos países están sufriendo dificultades de abastecimiento por la rotura de las cadenas mundiales de suministros durante los meses peores de la pandemia, la Gran Bretaña es el único de los países desarrollados en el que la escasez de combustibles llegó a niveles críticos. El motivo es inaudito: la nueva ley británica de inmigración, concordante con la situación que creó el ‘brexit’, impidió el ingreso de mano de obra extranjera, lo que derivó en que miles de camiones cisterna se quedaran inmovilizados porque no había quién los manejara. Por la falta de choferes, Johnson tuvo que poner a los soldados a conducir los camiones para reanudar la provisión de gasolina. Todo lo cual sirvió para que muchos británicos comprobaran que tenían razón quienes les advirtieron que sería su país, y no los veintisiete que siguen en la Unión Europea, el perjudicado mayor por la ruptura.

En definitiva, la crisis griega y el ‘brexit’ causaron temores y turbulencias en la Unión, pero no fueron cargas de dinamita colocadas en sus cimientos. Lo de Polonia sí lo es, porque pone en entredicho la supremacía de la legislación europea sobre las leyes nacionales. Y esto ocurre cuando una serie de partidos populistas, por lo general ultranacionalistas y con frecuencia xenófobos, objetan la función preponderante de las instituciones comunitarias, que tienen su sede en Bruselas, en el diseño y la aplicación de políticas nacionales. Por ahora es Polonia el único país que confronta a la Unión Europea. Hungría molesta, pero no ha llegado a la rebelión. Pero, ¿qué ocurrirá si la Agrupación Nacional de Marine le Pen gana en Francia, o el Partido de la Libertad en Holanda, o La Liga en Italia, o Aurora Dorada en Grecia, o Vox en España, o Alternativa por Alemania?

Del ‘brexit’ al ‘polexit’

A pesar de todo, no es probable que Polonia termine saliendo de la Unión: su economía (que todavía padece los rezagos dolorosos de cuarenta años de socialismo) no tiene la fortaleza de la británica y, más aún, gran parte de su financiamiento sigue atado a las ayudas de sus socios europeos. Las cifras son contundentes: del fondo para la recuperación pospandemia de las economías comunitarias, a Polonia le fueron asignados —pero todavía no entregados— 41.400 millones de dólares, de los que 27.500 millones son a fondo perdido. La entrega está condicionada a que el gobierno de Varsovia acate varias resoluciones pendientes del tribunal europeo de justicia y detenga la regresión democrática en que está embarcado el régimen del primer ministro Morawiecki.

Polonia ya fue, durante el período comprendido entre 2014 y 2020, el país más beneficiado por los fondos europeos. Y eso lo saben los polacos que, según el más reciente Eurobarómetro, confían más en la Unión Europea que en su gobierno (49,5 frente a 37,2 por ciento), además de que 81,3 por ciento se sienten “ciudadanos de Europa”. Faltando menos de dos años para las elecciones legislativas, no parecería lógico que el partido Ley y Justicia rompiera con sus socios continentales y dejara de recibir esos 41.400 millones de dólares de ayudas: su derrota en las urnas sería casi inevitable y acaso catastrófica. Ya en 2020, el presidente Andrzej Duda logró la reelección por tan sólo cuatrocientos mil votos de diferencia, en un país con 39,3 millones de habitantes. Está claro que no tiene mucho margen de maniobra.

La Unión Europea defiende la adhesión de los Balcanes pero insiste en las reformas y evita fijar plazos. La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, ha respaldado este septiembre en Tirana el proceso de ingreso de Albania a la Unión Europea, fijándose como meta arrancar las negociaciones de adhesión antes de que acabe el año.

Sin embargo, ocurra lo que ocurra con Polonia, es evidente que la Unión Europea está viviendo una temporada difícil, como reflejo del desorden geopolítico que está caracterizando al mundo desde el comienzo del siglo XXI, con un desmoronamiento de la supremacía de los Estados Unidos (un fenómeno agravado durante los cuatro años de la presidencia errática de Donald Trump), el ascenso vertiginoso de China, el agravamiento constante de una guerra comercial planetaria, la aparición —o reaparición— en el escenario político internacional de potencias intermedias (Rusia, India, Irán, Arabia Saudita…) y, como telón de fondo, la parálisis económica global que causó el coronavirus.

Consciente de lo complicado del momento, la Unión Europea congeló sin plazo el ingreso de los seis países balcánicos que están en proceso de asociación: Albania, Serbia, Montenegro, Macedonia del Norte, Bosnia-Herzogovina y Kosovo. Eso sucedió, también, a principios de octubre, en medio de los tumultos del ‘brexit’ y de la rebelión polaca. Todo lo que recibieron, “por ahora”, fue el ofrecimiento neblinoso de un acercamiento económico progresivo que, aunque no les sentará nada mal en medio de esta crisis generalizada, no es lo que los llamados Balcanes Occidentales querían. Esa renuncia a la ampliación rápida de la Unión Europea es, en el fondo, un síntoma más de los tiempos de perturbación que está viviendo el planeta, tiempos caracterizados por una inestabilidad política severa y una lucha agresiva por la cima del poder mundial.

Y todo eso sucede cuando Alemania, el país más poderoso e influyente de Europa y motor de su estabilidad y desarrollo, está cerrando una época y abriendo otra, con todas las incógnitas que eso implica. Con el retiro de Ángela Merkel, la líder mundial más esclarecida en lo que va transcurrido del siglo XXI, los intereses y valores occidentales se quedan sin su mejor dirigente (Joe Biden demostró errores substanciales de juicio en la crisis de Afganistán y Emmanuel Macron podría no ser reelegido en abril del año próximo). Al otro lado del mundo, mientras tanto, Xi Jinping está reconduciendo a China hacia el totalitarismo y el radicalismo maoístas, y Vladímir Putin persiste en soñar con una nueva Rusia imperial. Sin Merkel, ¿Europa se mantendrá unida? La pregunta es angustiosa. Y no sólo para Europa.

Nadie quiere ser chofer

La escasez empezó a sentirse a mediados de septiembre: decenas de productos de consumo masivo comenzaron a faltar en las tiendas y los supermercados, mientras algunas estaciones de servicio cerraban porque no tenían gasolina y diésel para vender. Algo, por supuesto, insólito en un país tan desarrollado como la Gran Bretaña. La situación se agravó al llegar octubre. Y, claro, el descontento estalló y arrinconó al gobierno conservador del primer ministro Boris Johnson, que se enredó en una serie de explicaciones para tratar de convencer de que el ‘brexit’ no era el culpable de lo que estaba ocurriendo.

Bombas de gasolina cerradas en Lóndres.

Sn embargo, sí lo era, al menos en parte. Y es que todo proceso de expansión económica rápida (que, en el caso actual, es de recuperación después de la parálisis de la pandemia) obliga a reponer los inventarios y a rellenar las bodegas para atender el crecimiento de la demanda. Y en la Gran Bretaña, donde el consumo estuvo escuálido durante un año y medio, la demanda saltó de golpe. Había que poner en movimiento flotas enteras de camiones para llevar mercancías y combustibles a ciudades y pueblos. Pero… ¡no había choferes!

Y es que los británicos no quieren manejar camiones: es un trabajo rudo, rutinario y aburrido, de obrero no calificado, en que el chofer está solo muchas horas, metido en una cabina de tres metros cúbicos, luchando contra el sueño, comiendo cualquier cosa y oyendo una música espantosa de arrabal tercermundista. Para colmo, al llegar a su destino tiene que ayudar a cargar y descargar. Todo eso por un salario escaso, en un oficio sin horizonte de ascenso o promoción. Y como los británicos no quieren ser choferes, son los inmigrantes quienes por lo general han manejado los camiones.

Pero la nueva ley de inmigración, preparada en concordancia con la realidad creada por la salida británica de la Unión Europea, restringió la llegada de extranjeros. Y, cuando se los necesitó, no hubo choferes que repartieran mercancías y combustibles por todo el país. Los supermercados quedaron desabastecidos y las estaciones de servicio cerraron. Fue entonces cuando el gobierno tuvo que recurrir a los soldados para poner en marcha las flotas de camiones que estaban inmóviles en sus estacionamientos.

Según un estudio del grupo de investigación Transport Intelligence, la Gran Bretaña tiene un déficit de noventa mil choferes. Los incentivos creados de urgencia para tratar de conseguir choferes británicos lograron resultados escasos: ni jóvenes ni mujeres se presentaron, y la edad promedio de los hombres que lo hicieron fue de cincuenta años. Pero, según advirtió Boris Johnson, el ‘brexit’ sigue…

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