Salvador Rueda, un hombre necesario
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Salvador Rueda, un hombre necesario

Salvador Rueda

Uno de los urbanistas ecológicos más efectivos del mundo estuvo en el Ecuador para hablar de la sostenibilidad y el futuro de las ciudades. Mundo Diners lo entrevistó y encontró en sus respuestas una biografía comprimida y la forma correcta de mirar el espacio público.

Por Juan Fernando Andrade

El hombre está de pie en medio de la tarima y lleva un micrófono en la mano. Estamos en el Coliseo General Rumiñahui de la ciudad de Quito, a finales de noviembre de 2012, y hay 3 500 personas escuchándolo decir esto:Más del 90% de nuestro comportamiento tiene una raíz netamente animal. Cosas que a nosotros nos pueden parecer muy sofisticadas, no son más que maquillaje de algo que está intrínseco en nuestro cerebro reptiliano. Por ejemplo, el territorio. Para llegar a tener una casa, se pasan una cantidad de trámites increíbles, pero al final uno tiene que defenderla con uñas y dientes… al final lo que nosotros necesitamos es un territorio, y lo defendemos como cualquier animal, os lo aseguro, lo mismo que un gato va marcando el territorio con su orina para decir esto es mío”.

Las 3 500 personas que escuchan asisten a la XVIII Bienal de Arquitectura y quien lo dice no es un arquitecto sino un español llamado Salvador Rueda, biólogo, psicólogo, diplomado en Ingeniería Ambiental y Gestión Energética, que ha sido presentado al público como el director de la Agencia de Ecología Urbana de Barcelona. Lleva traje, pero no corbata, el pelo corto echado hacia delante, barba espontánea y contenida.

Rueda la tiene clara, ha dado más de 500 conferencias en distintos países, ha escrito libros con títulos tan verdes como Ciudades más sostenibles: la ecología y la estrategia empleadas por la naturaleza, o tan ciencia ficción como El código genético de los sistemas urbanos, y recibió un premio mundial de gestión urbana otorgado en Dubái. ¿Qué tiene que hacer un hombre para que una de las urbes más nítidas del planeta le dé un premio de gestión urbana?

            ¿Quién es este Salvador Rueda que suena tan autosustentable y futurista?

¿Qué sabe él que nosotros no?

Investigo. Escucho su máxima varias veces: “Soy pesimista en el pensamiento y optimista en la acción”. Veo una entrevista de 2009 en la que le preguntan si los intereses económicos pueden conciliarse con el medioambiente. Dice que no, que la lógica económica está basada en el consumo de recursos, en organizarse para consumir más y así cobrar posición competitiva; mientras que la lógica de la sostenibilidad se basa en reducir la presión que ejercemos en el ecosistema, o sea, ser más eficientes gastando menos energía. Me gusta lo que escucho. Salvador dice que las características de la democracia representativa no permiten que la gente se implique en procesos que son de carácter colectivo, o sea, tenemos voto pero no voz. Salvador dice, literalmente: “Al final, lo importante va a ser que cada cual sea dueño de su propia existencia, eso quiere decir tomar decisiones en todo, eso es democracia participativa. Está más cerca del anarquismo que otra cosa, ¿eh?” Quisiera poner esto último en una camiseta.

En noviembre de 2011, Salvador Rueda y su equipo de investigación ganaron el ya prestigioso Premio Iniciativa BMW, por su proyecto de Supermanzanas, algo que, aplicado a las características de cada ciudad, podría mejorar la vida de todos, no solo de los catalanes. Las supermanzanas me intrigan, ¿demasiado bueno para ser verdad?, tal vez. Son las cuatro de la tarde y nos encontramos en el Hotel Colón, frente al parque El Ejido. Llueve, el tráfico está pesado y los pitos a todo volumen. Después de todo, pienso, no hay mejor escenario para hablar con un urbanista ecológico. Nos encontramos en la recepción, Salvador está de vuelta en Quito, tras varios días en Galápagos, posbienal, y está encantado. En el ascensor, de subida, me dice: “Galápagos es el momento en que cambia la concepción de la humanidad y de su origen. Pasa de ser una visión estática, de un ser superior que lo ha creado todo, a ser un proceso dinámico donde desde las moléculas primigenias se va armando una serie de organizaciones cada vez más complejas, pasando por los primates y llegando a la especie humana. ¿Y el séptimo día creó al hombre? ¡No! Es de abajo hacia arriba, no al revés”.

Nos acomodamos en el Club Room, en el piso 17, mientras un mesero vestido de esmoquin ordena los bocaditos dispuestos en la mesa de café. Salvador Rueda lleva, de nuevo, traje sin corbata: esto de que no use corbata me relaja, me hace pensar que es de fiar. Lo que he podido averiguar hasta ahora son cosas del Rueda, por así decirlo, público, así que partimos desde el origen, desde su infancia en Lleida, una ciudad de Cataluña no muy lejos de Barcelona, donde nació hace 59 años.

—¿De dónde vienes, cómo era tu primer barrio?

—Nací en un barrio popular, tan popular que la mayoría de nuestras casas ya no existen, las tiraron por falta de habitabilidad (Salvador ríe y su risa es escalonada, a ratos una serie de cortos y felices ahogos). Mi casa estaba en la calle de La Palma, en el casco viejo de la ciudad. Era un barrio de obreros. Yo no conocí a nadie que estudiara, de mis amigos todos se dedicaron luego a trabajos manuales, de electricista, de lo que fuera, no llegaron ni a bachillerato.

—Tú, evidentemente, escapaste a ese destino.

—Tuve la suerte de tener un gran maestro en la primaria que identificó en mis hermanos y en mí una capacidad de aprendizaje que estaba por fuera de lo normal. Él mandó a llamar a mi padre, y le dijo que hiciera lo posible y lo imposible para que estudiásemos, que, por favor, no nos hiciera trabajar. Entonces, mi padre dijo que sus hijos sí valían, estudiaban. Si lo aprobabas todo, ibas para adelante, si no, para atrás, ¡para afuera!

—¿A qué se dedicaba tu padre?

—Mi padre estuvo en la Guerra Civil con “La quinta del Biberón”, a los 16 años. Luego emigró a Cataluña e hizo mil cosas, transportar mercadería, trabajar en una fábrica de harinas, fue cambiando de trabajos, pero siempre muy autónomo.

—¿Alguna vez te pidió que trabajes con él?

—Cuando él era fotógrafo ambulante me pidió que hiciera una boda, ¡una boda! A los 14 años fui el fotógrafo de un acto importantísimo para dos personas. Mi padre tenía otra y esta me la encargó a mí. Esa misma tarde me dio un curso casero: esto funciona así, cuando tengas que cambiar los carretes es asá, cuando estés dentro le cambias la velocidad al diafragma, cuando estés fuera…

—¿Qué cámara era?

—Una Leica con flash de aluminio y fogonazo.

—¿Y cómo te fue?

—La boda quedó perfecta. Lo más delicado fue cuando el novio le puso el anillo en el dedo a la novia, al flash le costaba mucho cargarse y en ese momento no funcionó. Yo les dije perdonen, vuelvan otra vez a ponerse el anillo (ríe), vuelvan ustedes a iniciar la ceremonia del anillo. Desde ahí empecé a pensar que tenía una gran sangre fría.

—¿Volviste a trabajar con tu padre?

—Nunca me encomendó nada más, hizo lo posible y lo imposible para que estudiásemos. Hasta la universidad, a nosotros mi padre no podía pagarnos la carrera, teníamos que buscarnos la vida.

—¿Dónde la buscaste?

—Mi hermano mayor, José María Rueda, me abrió el camino hacia la universidad, él ya murió, pero fue muy inteligente, en España hay un premio de investigación sobre psicología social que lleva su nombre. Mi hermano tenía una beca-salario, o sea un dinero importante en aquella época para un estudiante. Yo conseguí otra beca, pero claro, en una misma familia no podía haber dos becas-salario, con lo cual la mía era un desastre.

—¿Te alcanzaba?

—Hice dos carreras a la vez, me alcanzaba para muy poco. Trabajaba en el verano recogiendo fruta, cargando y descargando camiones. Recogía mi dinerito y luego me mantenía como un espartano, con lo mínimo para sobrevivir, alimentarme y pagar el piso donde dormía. Tenía 17 años, viajaba en auto stop.

—Esas dos carreras, asumo, eran Biología y Psicología, ¿por qué?

—Para estudiar el cerebro. Yo iba para investigador, de hecho tenía palabreado un puesto en un centro de investigación de Barcelona para trabajar en neurotransmisores (la molécula que transmite información de una neurona a otra), pero me dijeron que vuelva en un mes porque estaban mudándose de edificio. En eso me llama mi hermano José María, que en aquel momento dirigía una experiencia pedagógica alternativa a la enseñanza en nuestro país, una escuela autogestionada por los vecinos de un barrio, y me pide que sustituya a un profesor. Le dije que cuando acabara la suplencia empezaría como investigador, pero cuál sería el impacto de esa experiencia que ya no volví más al centro de investigación. La cosa fue decantándose hacia el conocimiento de la ciudad. El método pedagógico que utilizábamos era la resolución de conflictos que se vivían en el lugar donde estábamos, cómo se podían resolver con conocimiento y acción. Eran chicos de origen humilde como yo, nos entendíamos perfectamente.

—Dame un ejemplo práctico.

—Uno de ciencias: geología, una asignatura árida para los alumnos. En el barrio donde estaba la escuela, al suroeste de Barcelona, las casas se resquebrajaban porque eran construidas con materiales pobres, sin bases, sin fundamentos, y estaban asentadas en el delta de un río. En determinada profundidad, las capas que tenían debajo se hinchaban y deshinchaban de acuerdo a la cantidad de agua, apretaban sobre la superficie y rompían las bases de las casas. El conflicto en el barrio era muy importante, ¿qué iba a pasar con sus casas? Así aprendieron cómo se forma un delta. Los alumnos aprendían muchísimo en muy poco tiempo.

—Y tú también.

—Sí. En el año 76 construimos con los padres y los alumnos una placa solar térmica con materiales reciclados. Reciclado era una palabra súper novedosa, los primeros movimientos ambientales de Estados Unidos son de principios de los setenta. Sacamos todo lo que necesitábamos de las calles, reciclamos y reutilizamos. Luego monté un laboratorio para la escuela, con donaciones de universidades: microscopios y esas cosas, pero el agua caliente venía de esa placa. También monté el primer grupo de medioambiente urbano en España, un grupo ecologista, a través de la escuela que permitía tener influencia en como tenía que ser el barrio, de hecho, si vas a Barcelona, te invito a pasearte por la rambla Prim, ese espacio iba a ser una autopista y lo convertimos en una rambla preciosa.

—¿Fue entonces cuando empezaste a “intervenir” la ciudad?

—Yo fui el primer biólogo que contrató la democracia en un ayuntamiento español, en el 79, fruto de los trabajos que había hecho en el barrio. Empecé como director de medioambiente en ese municipio, Sant Adrià de Besòs. Teníamos condiciones medioambientales horribles, ahí se quemaba la mitad de todo el suelo de la provincia de Barcelona, se quemaban 1 100 000 toneladas de combustible para generar electricidad, allí había lluvia ácida y allí comencé mi andadura para los temas ambientales en serio, como profesional.

—Hablabas de ecología cuando la ecología no era un tema.

—El medioambiente me ha llevado a que me insulten; no te puedes imaginar cómo. La pelea es constante, con empresas, con instituciones, con la comunidad. Yo cuando comencé era solo, solo contra el mundo.

—¿Es más difícil enfrentar a las instituciones o la comunidad?

—La comunidad siempre te entiende, cuando uno argumenta a su favor, terminan entendiendo, la gente no es tonta. En el 81 organicé las primeras jornadas de ecología urbana en España, nadie sabía lo que era ecología urbana, todavía no lo saben, pero hicimos acciones prácticas, medimos la contaminación atmosférica, los residuos tóxicos, las plagas, entonces la gente entiende lo que le estás explicando. Antes había organizado el departamento de control ambiental y el de parques y jardines, allí le dimos trabajo a chavales con capacidades especiales, ellos eran los jardineros; fue entrañable. Cambiamos la faz verde de ese municipio.

—Y las instituciones, ¿también entienden?

—Encontré la forma de cambiar la emisión de contaminantes en barrios donde había centrales térmicas, redacté un informe con datos medidos para que se declarara esa área zona de atmósfera contaminada según la ley. Eso tenía que aprobarlo el concejo de ministros en España y lo aprobó de buenas a primeras, alucinante.

—Has tenido suerte con los políticos.

—Nunca estuve por el politiqueo, estaba para transformar y resolver las cosas. Una vez trabajé en un barrio donde había una fábrica y se generaba una cantidad de partículas tan bestial que todas las casas aledañas tenían que vivir con las persianas bajadas, no podían ni colgar la ropa, era un desastre. Además, todos tenían la voz rota, hablaban ronco. Solucionamos ese problema y luego quise hacer lo mismo en otro barrio donde me lo pidieron. El alcalde me dijo: “No, esos son comunistas”. ¿Eso qué tiene que ver con la educación ecológica?, ¡que sean lo que quieran! Pero no me dejaron trabajar en ese barrio. Entonces me di cuenta de que yo ahí ya no hacía nada. Luego pasé a dirigir los servicios de medioambiente del ayuntamiento de Barcelona. Ellos entendieron que, ¡ostras!, si este tío allá solo es capaz de hacer eso, qué no hará con cien personas en Barcelona.

—Más políticos a la vista.

—Cuando yo entré, hacía año y medio que había sucedido el problema político más importante que tuvo la región catalana: el rechazo de la población a un plan de residuos tóxicos peligrosos para el país. Hubo manifestaciones, secuestraron a un ministro, la presión fue tan dura que tuvieron que retirar el plan del Parlamento. El próximo plan lo hice yo y en buena medida lo pacté yo. Hubo oposición institucional, una guerra con todo el mundo, pero al final llegamos a un pacto total con los grupos que se habían opuesto.

—A ratos suenas como un antisistema, pero me parece que lo que haces es manipular ese sistema para que sirva para lo que debería servir.

—Yo siempre buscaba la intersección de intereses con los otros, incluso con aquel que estaba generando un impacto, buscaba la manera de que él también saliera beneficiado.

—¿Cuál es el secreto?

—Yo siempre digo lo que pienso. A lo máximo que estoy dispuesto es a no manifestarme, pero nunca a decir una cosa por otra. No voy a favor o en contra de nadie, voy a favor de determinadas ideas. Nunca podría ser ministro de un equipo de Gobierno, por ejemplo, no tengo esas aspiraciones.

—¿Te han propuesto que seas ministro?

—No, eso no, pero me han hecho otras propuestas.

—¿Alguna que se pueda mencionar?

—No.

—Ok, sigamos. ¿Qué es lo más importante en una negociación?

—Creerse lo que haces, ¿eso sabes cuánto vale?, es casi un 90% de todo. Si estás convencido, convencerás.

—Ahora estás convencido de que las supermanzanas funcionan, ¿cómo convencerás al resto?

—Una manzana, una cuadra, es lo que estructura la ciudad físicamente, pero en el momento en que ponemos los coches a circular por todos los tramos de las calles, se genera un conflicto. El que quiere ir lo más rápido posible de un punto a otro se encuentra con otro que quiere hacer lo mismo, pero en sentido contrario, con lo cual alguien tiene que pararse cada X tiempo, eso es un desastre. El objetivo del vehículo es correr lo máximo posible para cubrir distancias, para eso se creó, entonces es un absurdo que tenga que pararse cada 20 metros, o en un trancón, es una locura.

—En esa locura vivimos ahora mismo, incluso en ciudades relativamente pequeñas como esta, ¿cómo lo solucionamos?

—Para solucionarlo se ha hecho uso de las autopistas, pensadas para que no tengan que pararse, pero en la ciudad son un desastre, las remiendan, las destruyen. Tenemos que buscar una nueva célula urbana que trascienda la cuadra, para que la funcionalidad del sistema también se acomode a este objetivo de ir lo más rápido de un punto a otro de la ciudad.

—Y esa nueva célula es la supermanzana.

—La supermanzana es una cuadra de unos 400 o 500 metros, ¿por qué?, porque la velocidad de un coche es seis o siete veces la velocidad del que va a pie, y la idea es que el coche dé la vuelta a la manzana en el mismo tiempo que el peatón. Con esto, te permites hacer una red de vías básicas, donde las supermanzanas vienen definidas por el perímetro de esas vías. El vehículo de paso, que tiene su propio objetivo, solo debe circular por esas vías, no al interior de la supermanzana.

—¿Qué pasa con los residentes de esas supermanzanas?

—Ahí estarán permitidos todos los vehículos menos los de paso, son zonas de diez km por hora, máximo, esa velocidad te permite controlar el carro de todas las maneras. Cuando haces eso los vehículos son compatibles con el que va a pie, los niños pueden jugar a la pelota en la calle y no pasa nada, el residente ya ha llegado al destino, lo mismo el que carga y descarga, incluso en caso de emergencia. Esto permite liberar espacio público y el espacio público es lo que hace una ciudad, lo que hace que el ciudadano vuelva a serlo y pueda hacer todo lo que no podía con los carros pasando por todas partes. Esa es la diferencia.

—Dices que el ciudadano puede volver a serlo, ¿qué somos ahora?

—Cuando manejamos somos un medio de transporte, no somos ciudadanos. El espacio público es la casa de todos y hay que conseguir que lo sea de día y de noche. No es espacio público cuando está restringido, cuando tú le pones unas barreras y un guardia de seguridad a un condominio. Cuando vas a una urbanización de casas familiares no estamos hablando de ciudad, hablamos de urbanización, porque no tiene ni espacio público ni actividades.

—Por lo menos en esta ciudad, el espacio público es un lugar al que le tenemos miedo, a cierta hora de la noche, te aseguro que nadie va a cruzar el parque que tienes en frente.

—Lo sé, se masca la tensión. Deja de ser espacio público un lugar donde no puede hacerse una vida que sea democráticamente aceptada, donde tú tengas miedo, donde tú tengas inseguridad. Hay que conseguir que el espacio público sea garante de todos los usos que la ciudad nos proporciona y, por descontado, eso tiene una resultante en forma de convivencia. Todo eso de alguna manera es lo que hace ciudad. Cuando en el espacio público el derecho que manda es el derecho de paso del vehículo, eso ya no es ciudad.

—Además, el carro tiene un peso social absurdo, es un supuesto símbolo de éxito y entre más grande, mejor, es casi como medirse el paquete.

—Fíjate que esto es como el engorilamiento. Un gorila se da golpes en el pecho (aquí, Salvador se da golpes en el pecho y pone un gesto primate) para que lo vean, para que retumbe, para hacerse notar. Nosotros no hacemos eso: peor, compramos autos grandes que consumen muchísimo combustible. Mira, yo he hecho el plan de movilidad de Barcelona y estamos generando un cambio revolucionario, un cambio radical, pero radical porque va a las raíces, porque lo que quiere es buscar, de nuevo, la calza en la naturaleza del ciudadano, y a la vez que sea accesible toda la ciudad. Hemos diseñado una red de transporte por bus que permite que todo el territorio de Barcelona, y parte de la metrópolis, esté con frecuencias de paso de cuatro minutos y menos. Hemos diseñado una nueva ciudad, más lógica, más eficiente, con una ganancia de más de 10 millones de horas laborales. Todo eso para que la ciudad pueda liberar espacio para los peatones.

—¿La gente terminará entendiendo que debe usar menos el auto?

—La gente entiende muy bien que en el plazo de cuatro días, cuatro días contados, no podrá andar en su auto. El precio del barril de petróleo se va a poner por las nubes, no lo digo yo, lo dicen las agencias internacionales de energía. Cuando se ponga a tres o cuatro dólares el litro de gasolina, ¿quién va a poder?, no tiene sentido, te gastas todo el dinero que tienes en moverte. Luego, cómo mantendremos organizada la ciudad, los empleos, el ir al trabajo, al estudio; tenemos que prepararnos y buscar transportes más ecológicos, ahí es donde tenemos que poner el acento.

—Ahí tienes el comportamiento animal del que hablabas en tu conferencia: cuando no puedas pagar la gasolina dejarás de usar el auto. Es radical.

—En Barcelona ya veremos qué pasa con la crisis, pero ahora podemos pasearnos por todo el espacio urbano, sin carro, sin miedo, de día y de noche. Mi hija tiene 18 años, sale todos los fines de semana hasta las cuatro, cinco de la madrugada, y yo no tengo miedo, ella tampoco, es perfecto, eso sí que es un indicador. Con la crisis, ya veremos, cuando aparece como la base de la vida la supervivencia, la gente tiene que buscársela como sea, si no tengo cómo darle de comer a mi hijo, qué hago. Ojo, ¿eh?

—Al comienzo decías que empezaste a estudiar porque querías entender el cerebro, ¿lo entiendes mejor después de todos estos años?

—El cerebro es el gran desconocido, no sabemos casi nada, balbuceamos sobre el mismo. Igual que con la ciudad, el sistema más complejo que ha creado el hombre, y sabemos lo que sabemos, unas cuantas cosas, pero necesitamos mucho más, necesitamos hacer ciencia sobre ello, y se hace poca. Estoy empeñado de manera muy activa y muy optimista en mi acción, aunque la información que tengo no me permite ser optimista en el plano general.

—Hablas como alguien que sigue en la escuela.

—Yo siempre he estado en la escuela, no voy a dejar de estar. Trabajo todos los días y me la paso de coña, soy una persona con suerte.

—Si tu padre, hace más de 50 años, hubiese decidido retirarte de la escuela, ¿habrías aceptado?

—Yo habría podido aceptar tranquilamente cualquier cosa. La curiosidad ya de chico la tenía, permanece, no la he perdido. Por eso, soy una persona muy, muy joven, que vivo de ilusiones y no de recuerdos. No cambiaría mi vida por la de nadie.

—¿Ni por la de Mick Jagger?

—¡Que se la empaquete!

Nos reímos. Los ejecutivos del Club Room le roban medio segundo de atención a sus smartphones y a sus tabletas para vernos. Salvador mira su reloj, debe salir para el Museo de Arte Contemporáneo dentro de un momento, intuyo que solo me queda tiempo para una última pregunta.

—¿Tienes auto?

—Tengo, pero lo utilizo solo en contadas ocasiones. Es que es un artefacto fantástico, ¿tú sabes la cantidad de investigación que tiene detrás?, ¡es fantástico! Ahora, pero para lo que tiene que servir, ¿eh? Para utilizarlo de forma estúpida, sin sentido y todos a la vez, es que al final cada vez se rueda menos. Primero porque es estúpido. Segundo porque genera una contaminación horrible. Me gustaría saber a cuántas personas mata prematuramente la contaminación en Quito; en Barcelona hay menos contaminación que aquí, porque está al nivel del mar, y en el área metropolitana de la ciudad mueren 3 500 personas cada año, prematuramente, consecuencia de la contaminación. ¿Aquí?, no quiero saber lo que será, debe ser bastante más.

—¿Qué auto tienes?

—Un Volvo, un auto, lo eligieron mis hijos. Antes tenía un station wagon de cilindrada pequeña que me servía muy bien, pero por mala suerte ahí murió mi mujer. Fue en el 84… no, en el 94… no, en 2004, hace poco (Aquí, pienso que si Salvador confunde los años es porque ha tratado de olvidar lo que pasó, pero me equivoco). Fue una situación terrible, nos entró una tapa de alcantarilla por el parabrisas. Impactó en mi mujer, en la cabeza, y mis niños iban detrás. A mi niña no la mató porque estaba durmiendo, así (junta las manos haciendo una almohada, inclina la cabeza, cierra los ojos, los vuelve a abrir), y le pasó por encima. Ella tenía 10 años y mi hijo 15. Él quedó en shock, tuve que llevarlo a recorrer España para poder hacerlo hablar. (Aquí su voz es casi un susurro). Era un lugar en el que no había mucho tráfico, un lugar bello y que él no conocía. Yo sí lo conocía, por tanto, me sentía seguro en el sentido de que no tenía más que pensar en él. Hice 5 000 km dando vueltas. Yo me dedicaba a tenerlo sentado al lado, que no se pudiera mover, que tuviera que hablar y hablar y hablar, y sacarlo todo. Vamos, nos enfrentamos a una muerte horrible, y yo creo que la ganamos.

—Otro de tus vínculos con la naturaleza.

—Yo soy psicólogo y sé cuándo puedo atrapar a alguien, y cómo.

 

Ojalá nos atrape a todos, pienso.

Antes de despedirnos, Salvador sacó su smartphone y me mostró las fotos de su nueva vida, reconstruida como una ciudad después de un temblor, una smartcity, autosostenible. Volvió a casarse y ahora tiene dos hijos más, dos apuestos chavales. En el ascensor, ahora de bajada, me pidió que incluyera lo siguiente: “Quiero destacar de la Bienal la humanidad inminente que ha sido capaz de organizar eso, el nivel de organización, de lo mejor que yo he conocido. Y luego, la humildad. Es decir, perfecto. Sin estridencia, sin estrellitas, sin nada. Una cosa bien hecha”.

Salí del Hotel Colón pensando que Salvador sí es una estrella, no una estrella de rock, pero casi, aún mejor, una estrella necesaria. Caminé por la Patria rumbo a la estación de la Ecovía en la avenida 6 de Diciembre. Seguía lloviendo, el tráfico se había puesto más pesado. Recordé una de las frases que Salvador dijo durante su conferencia: “El problema es que los usos y las funciones potenciales en el espacio público son de un artefacto, el vehículo privado”. Al abordar el bus de la Ecovía, casi me sentí orgulloso, apretado, húmedo, viciado, pero orgulloso. Iba pensando en el futuro. Iba para mi casa, un edificio que no fue diseñado por Gaudí, pero igual es mi casa. Mal que mal esta ciudad es la casa de todos. Iba pensando: esta entrevista va a estar buena.

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