Edición 441 - febrero 2019.
Aparte del periodismo, mi hermana Ligia practica una especialidad macabra: ser la portadora de las peores noticias familiares. Por eso, después del susto de abrir su e-mail, me agradó sobremanera encontrarme con la nueva de que ella y Pepe, su nuevo marido, tan simpático, tan epicúreo, tan representante de la ya extinguida estirpe de los contadores de chistes, vinieran a visitarnos.
Siete años vivíamos en Múnich y jamás habíamos recibido visitas de la familia. Naturalmente los chicos se pusieron felices. Manos a la obra, dijimos con Eugenia y empezamos el arreglo de la casa. No nos explicábamos cómo habíamos vivido sin un aparador para la vajilla, sin cortinas, sin siquiera una pantalla para el foco principal de la sala. Tampoco habíamos advertido que el espacio y la luz, ya de por sí mezquinos, eran usurpados por una caterva de muebles vetustos, aparatosos, incongruentes, todos heredados de amigos que se iban o renovaban su casa, o recuperados de la calle.
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