Sagrada familia.
Share on facebook
Share on twitter
Share on whatsapp

Sagrada familia.

Por Huilo Ruales.

Ilustración: Miguel Andrade.

Edición 441 – febrero 2019.

Firma--16---Huilo

Aparte del periodismo, mi hermana Ligia practica una especialidad macabra: ser la portadora de las peores noticias familiares. Por eso, después del susto de abrir su e-mail, me agradó sobremanera encontrarme con la nueva de que ella y Pepe, su nuevo marido, tan simpático, tan epicúreo, tan representante de la ya extinguida estirpe de los contadores de chistes, vinieran a visitarnos. Siete años vivíamos en Múnich y jamás habíamos recibido visitas de la familia. Naturalmente los chicos se pusieron felices. Manos a la obra, dijimos con Eugenia y empezamos el arreglo de la casa. No nos explicábamos cómo habíamos vivido sin un aparador para la vajilla, sin cortinas, sin siquiera una pantalla para el foco principal de la sala. Tampoco habíamos advertido que el espacio y la luz, ya de por sí mezquinos, eran usurpados por una caterva de muebles vetustos, aparatosos, incongruentes, todos heredados de amigos que se iban o renovaban su casa, o recuperados de la calle. Precisamente nuestra enorme cama la habíamos salvado del inevitable reciclaje municipal. Por primera vez sentimos que del wc, incluso cuando lo ocupaba nuestro pequeño Mateo, se expandía en todo el apartamento un tufo a deposición de borracho. La humedad, de pronto, era evidente, pues, el papel tapiz de los dormitorios aparte de haberse ondulado estaba invadido de manchas musgosas propias de las pocilgas. Retapizamos todas las paredes y cambiamos ciertos muebles por otros nuevos, incluida la alfombra de la sala comedor, pero el maldito apartamento seguía oscuro, enano, frío. Y eso no era todo, pues, bastaba acercarse a la ventana para darse cuenta de que vivíamos en un gueto. Basureros colectivos vomitando desechos de tan llenos, desvencijados electrodomésticos y muebles esparcidos en la acera. Y, para colmo, el gato de la vieja vecina, habituado a esperar que alguien abriera la puerta del edificio para cumplir sus necesidades en el exterior, ahora andaba diseminando sus miserias en el pasillo. Teníamos los nervios como agujas y por primera vez los chicos presenciaron varias de nuestras disputas. La última se convirtió en un infierno, con florero nuevo en añicos, leve herida de uña esmaltada en mi pómulo y una crisis de asma de nuestra frágil Luna, que requirió la atención médica domiciliar. Faltando apenas dos días, Eugenia y yo estábamos despiertos en la madrugada, cosa nada rara en mí pero algo totalmente insólito en ella que duerme como en estado de coma. Lalo, me dijo con la voz de su extinta madre, mañana en la noche tomo un tren para Leipzig. ¿Qué?, le pregunté, sobresaltado, volteando mi cara hacia su lado. No respondió ni yo tampoco tuve el valor de decirle otra cosa. Continuamos despiertos e inmóviles, con los ojos abiertos en plena oscuridad, escuchando el bramido lejano de los autos. De pronto, se oyó un estrépito lento y alargado como un choque múltiple, seguido más que de silencio de un abismal vacío que se fue poblando con el lastimero sonido de las sirenas, todo tan remoto. Lalo, me dijo con una voz que no era suya, me voy para siempre. Patrulleros y ambulancias seguían aullando a la distancia y yo, con la boca abierta, sentía que me faltaba el aire. ¿Y los niños?, alcancé a decir. Me los llevo, respondió y dándome la espalda empezó a sollozar durante un siglo, hasta que se quedó dormida. Entonces, caminando en puntillas fui hasta mi escritorio, marqué el número de Ligia, para decirle que no viniera, que Eugenia venía de morir.

Comparte este artículo
Share on whatsapp
WhatsApp
Share on facebook
Facebook
Share on twitter
Twitter
Share on linkedin
LinkedIn
Share on email
Email

Más artículos de la edición actual

En este mes

Literatura viajera

En los libros cobran vida aventuras, travesías e historias. “La literatura viajera es la más antigua del mundo”, afirma Paul Theroux, el destacado novelista estadounidense

BOCATA Bienestar

¿El frío puede sanar?

Respiración, meditación y exposición al frío son los tres elementos de un método desarrollado por el holandés WIM HOF para mejorar la salud. La capacidad

Columnistas

Birus

Por Huilo Ruales Ilustración: Miguel Andrade Edición 457-Junio 2020 Finales de invierno, 2020 Hola, Birus, le digo al abrirle la claraboya por donde accede a

En este mes

Mientras embalo mi librería

Por Karina Sánchez. Fotografía: cortesía. Edición 457 – junio 2020. Tolstói, en el centro-norte de la capital, ha sido muchas cosas durante los últimos diez

En este mes

El hombre que fue otros

Por José Luis Barrera Edición 457 – junio 2020 Un nombre a la medida Incluso antes de trasladarse a Francia, la madre de Roman Kacew

También te puede interesar

Columnistas

La desmemoria.

Por Milagros Aguirre. Ilustración: Adn Montalvo E. Edición 444- mayo 2019. Me aterra cuando me encuentro con al­guien, me saluda y no sé su nombre.

Columnistas

Personas tóxicas.

Por Milagros Aguirre. Ilustración: ADN Montalvo E. Edición 439 – diciembre 2018. En las redes sociales aparecen varios artículos y videos pseudocientíficos en los que

Columnistas

La izquierda.

Por Salvador Izquierdo. Ilustración Diego Corrales. Edición 451 – diciembre 2019. Cuenta la leyenda que con tres trotskistas ya hay dos tendencias. Una de las

Columnistas

Camarones Ingapirca

Por Gonzalo Dávila Trueba Ilustración: Camilo Pazmiño Edición 457-Junio 2020 A los cocineros de vez en cuando se nos corre alguna teja de la cabeza.

Columnistas

¿La comida ecuatoriana es de medio pelo?

Por Gonzalo Dávila Trueba. Ilustración: Camilo Pazmiño. Edición 440 – enero 2019. Si somos objetivos podemos asegurar que la popular carece de equilibrio nutricional, adolece

Ana Cristina Franco

Hijos y libres.

Por Ana Cristina Franco. Ilustración: Luis Eduardo Toapanta. Edición 443 – abril 2019. Un amigo me cuenta que, después de haber pasado meses bloqueado, entendió