El sacrificio de ser sagradas

Hingonia, el refugio para vacas más grande del mundo

Fotografías Óscar Espinosa.

Las vacas son consideradas sagradas por el hinduismo y son veneradas en muchas celebraciones religiosas de India.

La vaca, sagrada para unos y necesaria para otros, sin duda, es el animal más polarizador de India. Para los hindúes, que representan el 80 % de los más de 1300 millones de habitantes del país, las vacas son sagradas. Son símbolo de riqueza, fuerza, abundancia y prosperidad, por lo tanto, su sacrificio es considerado un sacrilegio. Pero para los musulmanes, los cristianos y las castas más bajas de India, la carne de vaca, más barata que la de pollo y el pescado, es un alimento básico. Para muchos musulmanes, además, el ganado bovino ha representado durante años su sustento de vida ya que han comercializado con su carne, siendo propietarios de la mayoría de mataderos y carnicerías del país.

Desde que llegó al poder en 2014 Narendra Modi, el actual primer ministro de India, ha llevado a cabo una política de exaltación de los valores tradicionales hindúes, como la veneración por las vacas, que fue una de sus principales bazas para conseguir el apoyo de la mayoría hindú. Modi, que fue reelegido en las últimas elecciones de 2019, pertenece al partido nacionalista hindú Bharatiya Janata Party (BJP), brazo político del hindutva, una red de grupos fundamentalistas hindúes que quieren que India sea un Estado hindú, proclamando la hegemonía del hinduismo sobre el resto de religiones.

La política agrícola es competencia de los estados, que han desarrollado legislaciones diferentes al no haber leyes centrales sobre el sacrificio de ganado. En la mayoría de estados indios ya existían leyes que prohibían el sacrificio pero, desde la llegada del BJP al poder, muchos han enmendado sus legislaciones, criminalizando más el sacrificio de vacas, el transporte y la venta de la carne de res; aumentando las sanciones, y trasladando al acusado la carga de la prueba, que tiene que demostrar su inocencia al establecer la presunción de culpabilidad en este tipo de delitos. Además, algunos estados han ido un paso más allá y han facultado a grupos privados la autoridad para velar por el cumplimiento de la normativa, lo cual ha hecho que en los más radicales surjan grupos de vigilantes de vacas que se extralimitan al hacer cumplir las leyes, con varias acusaciones de ataques y linchamientos.

Según el Censo de Ganadería de 2020, realizado por el Ministerio de Pesca, Ganadería y Lechería, la población de vacas en India, siendo el segundo productor mundial de leche por detrás de Estados Unidos, es de 192,49 millones, de las cuales 22,2 millones son improductivas. El destino habitual de muchas de estas que se volvían improductivas, antes del endurecimiento de las sanciones y de la aplicación más estricta de las leyes que protegen a las vacas, eran los mataderos musulmanes o el vecino Bangladesh adonde eran exportadas. Pero con la actual coyuntura, los ganaderos ya no pueden vender las vacas cuando dejan de producir leche y se ven obligados a abandonarlas ya que no pueden seguir manteniéndolas. Como consecuencia cada vez hay más vacas que deambulan a sus anchas por carreteras, pueblos y ciudades; ocasionan accidentes, arrasan los campos ante la desesperación de los agricultores o se alimentan de basura y plásticos en las ciudades. Y paradójicamente, ante la supuesta protección que se les brinda, el animal más sagrado y venerado por la religión hindú termina sus días desorientado y abandonado a su suerte.

Vacas abandonadas en el centro de Siliguri, en el estado indio de Bengala Occidental. Muchas vacas son abandonadas cuando dejan de ser productivas, puesto que sus dueños no las pueden seguir manteniendo ni pueden llevarlas al matadero para venderlas al tratarse de un animal sagrado.

Para intentar paliar el problema que genera el abandono de las vacas, han proliferado en el país las gaushalas, que literalmente significa el hogar de las vacas. Entidades que se remontan al período védico (el más remoto de la civilización hindú, comprendido entre los años 3000 a. C. y 2000 a. C.), dedicadas a velar por la protección y el bienestar de las vacas. Actualmente hay más de cinco mil gau-shalas en India, la mayoría está gestionada por instituciones de caridad que reciben subvenciones del Estado, aunque no son suficientes y deben complementarse con donaciones privadas.

En Jaipur, la capital de Rajastán, se encuentra el refugio de vacas callejeras más grande de India. La gaushala de Hingonia, creada en 2004 por el Gobierno de Rajastán y actualmente gestionada por la asociación sin ánimo de lucro Sri Krishna Balram Seva Trust, es un centro de rehabilitación de vacas en un terreno de más de 260 hectáreas que acoge a trece mil vacas, de las cuales solo 150 son productivas. La mayoría son vacas viejas, abandonadas cuando han dejado de dar leche y llegan a la gaushala escuálidas, enfermas y algunas medio moribundas después de haber sido atropelladas. “En Jaipur está prohibido dejar las vacas sueltas en el interior de la ciudad”, explica Radha Gopal Dasa, mientras espera que llegue el camión con las primeras vacas del día. Radha, de veintiséis años y miembro del movimiento Krishna, llegó a la gaushala en marzo de 2019, tras terminar sus estudios de Ingeniería Agrónoma. “Tenemos seis camiones que salen a recorrer las calles de Jaipur, que cada día recogen entre 35 y 50 vacas abandonadas vagando por la ciudad”.

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La gaushala cuenta actualmente con cuatrocientos trabajadores, de los cuales unos 150 viven en las mismas instalaciones, algunos incluso con sus familias. Una de las partes más importantes es el hospital veterinario, que puede llegar a atender aproximadamente a cuatrocientas vacas, con diferentes áreas en función de la gravedad o de la etapa de rehabilitación del animal. Y donde muchas son operadas para poder extraerles los kilos de residuos que taponan su estómago (plásticos, madera, trozos de cristal e incluso algún zapato). “Con la mejora del hospital veterinario hemos podido frenar las muertes excesivas de ganado, a pesar de haber duplicado el número de vacas en tan solo cuatro años”, aclara Radha. “Aunque recibimos una ayuda del Estado de 1470 rupias (aproximadamente dieciséis euros) al mes por cada vaca y generosas donaciones, intentamos ser más autosuficientes, generando ingresos con la venta de productos lácteos, aprovechando la leche de nuestras vacas productivas”.

La gaushala de Hingonia es el refugio de vacas callejeras más grande del mundo, con una superficie de más de 260 hectáreas que alberga a 13 000 vacas y que se encuentra en la capital de Rajastán, Jaipur.

Llega un camión con las seis primeras vacas del día encontradas vagando por el centro de Jaipur. Después de cortarles las cuerdas y amuletos que cuelgan de sus cuellos y ponerles la identificación correspondiente, pasan a una extensa zona de campo donde pasarán dos días antes de ser segregadas por edad, sexo y raza. “Este es un momento muy estresante para las vacas que llevan tiempo vagando a su aire por las calles”, comenta Radha, mientras de fondo por el hilo musical de toda la finca se oye el mantra Hare Krishna, “por lo que intentamos transmitirles paz para que el proceso sea lo menos incómodo posible”.

Una vaca moribunda recibe cuidados paliativos en la gaushala Shree Pinjrapol en Jaipur, Rajastán.

Otras gaushalas más pequeñas, con menos recursos e instalaciones más precarias, terminan desvirtuando la razón de ser de estos refugios y terminan convirtiéndose en pequeñas lecherías. A tan solo dieciséis kilómetros de Hingonia, y en una de las arterias principales de entrada a Jaipur, se encuentra Shree Pinjrapol que acoge a 2500 vacas, cuatrocientas de las cuales son productivas. Shree Pinjrapol es privada y se fundó hace 120 años para dar cobijo a las vacas sin hogar. “Sobrevivimos mayoritariamente de las donaciones, de la venta de productos  lácteos y de las subvenciones que recibimos del Gobierno”, explica Narayan Lal Aragwal, presidente de la gaushala, sentado frente a un improvisado escritorio a modo de recepción, con una pequeña urna para las donaciones. “Cada día llegan entre ocho y diez vacas abandonadas que derivamos a Hingonia ya que no tenemos espacio para acoger a más animales”.

En el pequeño espacio reservado para el centro veterinario se encuentra el Dr. R. G. Vashistha, médico jubilado del Gobierno de Rajastán que trabaja desde 2009 como voluntario. “Sé que esto no es la solución al gran problema que suponen las vacas abandonadas”, explica con resignación, “pero algo hay que hacer. En este momento tenemos veinte vacas en tratamiento, la mayoría llega en un estado muy deteriorado, víctimas de accidentes de tráfico y con pocas posibilidades de sobrevivir”.

Estos asilos para vacas donde son curadas, alimentadas y rehabilitadas, a la espera de que mueran, parecen la mejor solución para un problema exacerbado aún más por un Gobierno que hace bandera del hinduismo más radical a la vez que promete promover el crecimiento económico. Aunque el paso previo a la muerte es un espacio semicubierto, al que llaman UCI, donde un centenar de vacas yacen en el suelo, inmóviles, algunas ya totalmente ciegas, consumiéndose poco a poco, y donde el silencio apenas se rompe por un bramido cuando alguna de ellas es atendida por el grupo de trabajadores que les hacen cambios posturales e intentan levantar a las que todavía pueden ponerse en pie.

Vacas raquíticas en un campo vallado en la gaushala Shree Pinjrapol en Jaipur, Rajastán, después de haber sido rescatadas de la calle.
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