La Rusia de Vladímir Putin quiere llegar a ser ‘Eurasia’…

Un solo imperio, de Dublín a Vladivostok

La algarabía del festejo, con bandas de música, estruendo de bocinas, gritos de entusiasmo y carcajadas de felicidad, se oía por todas partes: eran millones de personas que habían empezado la noche anterior una celebración inesperada y jubilosa y que estaban dispuestas a seguir la fiesta hasta caer exhaustas.

Era una alegría exultante, sin excepciones. O casi. O casi, sí, porque en una oficina obscura, poco visible desde la calle, un joven teniente coronel, de 37 años, llamado Vladímir Putin, estaba dedicado a una labor ingrata, que agravaba su tristeza: quemaba documentos y destruía archivos, ante la incertidumbre de lo que vendría.

Ilustración: Shutterstock.

Era el 10 de noviembre de 1989, y en el ánimo del oficial de la KGB se mezclaba su desconcierto por lo ocurrido la víspera con un enojo que no sabía cómo desahogar. Y es que a la caída del Muro de Berlín, que llevaría a la desintegración de su país, la Unión Soviética, se sumaba su indignación porque en Moscú nadie respondía las llamadas que había hecho todo el día para pedir instrucciones.

Se le había ocurrido, entonces, que para evitarse algún susto posterior debía eliminar los rastros de sus dieciséis años de agente encubierto, en especial de los últimos cinco, cuando —con una identidad falsa de traductor— había trabajado para la Stasi, el diabólico servicio secreto de Alemania Oriental.

Para entonces, el entristecido ‘kagebeshnik’ ya se había labrado una reputación sólida de trabajador incansable, que a los diecisiete años de edad intentó enrolarse en la KGB, seguro de su vocación de espía y conspirador. Lo logró en 1975, con veintitrés años, después de haber leído con devoción las obras de Marx y Lenin y de haberse graduado de abogado en la universidad de su ciudad natal, que por aquellos tiempos era llamada Leningrado.

Ese mismo año se afilió al Partido Comunista. Ascendido a “oficial de inteligencia exterior”, fue enviado a comienzos de 1985 a Dresde, en el este alemán, desde donde día tras día contempló el derrumbe del mundo soviético por el fracaso del socialismo.

En 1990 volvió a Leningrado, renunció a la KGB y empezó a trabajar en el municipio de la ciudad, que por entonces ya había recobrado su nombre original de San Petersburgo. Cuando en agosto de 1991 los comunistas intentaron dar un golpe de Estado, en un empeño desesperado por retener el poder, Putin —según aseguró varios años después— repudió el intento y se puso “del lado de la democracia”, porque había comprendido que el socialismo es “un callejón sin salida, lejos de la corriente principal de la civilización”.

Incluso se afilió al NDR, un partido liberal que apoyaba al primer ministro Víktor Chernomyrdin, gracias a lo que en 1996 consiguió un cargo en el gobierno y se fue a vivir a Moscú. Allí su carrera política fue vertiginosa: en 1998 fue director del SFS (el organismo heredero de la KGB), en 1999 fue sucesivamente viceprimer y primer ministro y el 1° de enero de 2000 ya fue presidente de Rusia. Y se quedó para siempre.

Aparece su ideólogo

En el proceso de desintegración de la Unión Soviética, cuando las quince repúblicas que la conformaban (Rusia una de ellas) volvieron a ser países independientes, el saqueo de los despojos del Estado socialista fue descarado y brutal. Los jerarcas del Partido Comunista y algunos avezados operadores políticos se apropiaron de bancos e industrias, con lo que se convirtieron en oligarcas de fortunas súbitas y astronómicas.

Putin, según afirman quienes vivieron el proceso desde dentro, no fue ajeno a la rapiña, pero prefirió la política a los negocios, por lo que estableció con esa flamante oligarquía una alianza de apoyo mutuo que le sirvió para consolidar su poder. Y se volvió un gobernante sin límites ni contrapesos, que encarcela opositores (o, si hace falta, los envenena), controla la justicia y la prensa, cambia la ley para perpetuarse en el mando, despliega sus legiones por países vecinos y termina invadiendo Ucrania y demoliéndola a cañonazos.

Desde sus fases iniciales en el poder, Putin acusó a las potencias occidentales de los peores males rusos: “en 1991 nos dividimos en doce países, pero eso todavía les parece insuficiente”. Y abundaba: “Rusia, en su opinión, es demasiado grande, porque los países europeos se han convertido en Estados pequeños”. En aquellos años ya circulaba entre las élites nacionalistas la sospecha —de fundamentos dudosos— de que el Occidente quiere fragmentar Rusia en cuatro países.

Frente a ese “peligro”, Putin se dedicó a exaltar los símbolos del antiguo esplendor imperial (como el águila zarista y la música del himno soviético) y a asegurarse el control absoluto de todos los espacios de poder (como las grandes empresas, que quedaron en manos de sus socios políticos y de sus amigos de la juventud en San Petersburgo).

Y si bien descartó siempre el regreso al socialismo, Putin hizo de la democracia liberal el enemigo al que hay que vencer, entendiéndola como la encarnación de lo que siempre describió como “la decadencia de Occidente”. Su gobierno adoptó, entonces, un culto férreo al Estado como el garante de valores superiores: la familia tradicional, la obediencia a las autoridades, el patriotismo y el amor inconmovible a la nación. Con ello consiguió dos apoyos significativos: dentro del país, la jerarquía de la Iglesia Ortodoxa y, fuera de él, los partidos de la extrema derecha europea e incluso de un sector de los republicanos estadounidenses capitaneados por Donald Trump.

En ese tránsito del joven lector de Marx, Engels y Lenin que llegó a ser agente de la KGB al gobernante concentrador, conservador y nacionalista influyó decisivamente (pues hacia allá convergen todos los indicios filtrados del círculo hermético en torno a Vladímir Putin) un profeta fascista del maximalismo imperial ruso, que en 1997 publicó un libro, Fundamentos de la geopolítica: el futuro geopolítico de Rusia, devenido en un manual imprescindible del nacionalismo radical ruso y, en especial, de la cruzada mundial contra la democracia liberal, que le dio a Putin otro apoyo resuelto: el de la extrema izquierda internacional, en sus diferentes versiones. Ese ideólogo se llama Aleksandr Dugin.

Centro comercial que fue dañado por el bombardeo del 21 de marzo por un ataque ruso en Kiev. Fotografía: Shutterstock.

De Rusia a Eurasia

Desde el comienzo de la invasión rusa a Ucrania, el 24 de febrero, el nombre de Dugin reapareció entre los estudiosos de la historia y de la geopolítica. Su frase más citada, dicha en 2007, fue su elogio sin fisuras al líder: “Ya no hay opositores a su rumbo y, si los hay, son enfermos mentales, porque Putin está en todas partes, Putin lo es todo, Putin es absoluto, Putin es indispensable…”. Un año más tarde, cuando ya había empezado el despliegue militar ruso (Chechenia, Moldavia), Dugin vaticinó que “nuestras tropas ocuparán Georgia y tal vez incluso Ucrania, y también la península de Crimea, que es históricamente rusa”.

Ese año, en efecto, Rusia atacó Georgia, asumió el control de los enclaves de Abjasia y Osetia del Sur y, después, replegó sus fuerzas, repliegue que indignó a Dugin: “Putin no se atrevió a dejar caer la otra bota y restaurar el imperio”.

Aleksandr Dugin tiene una visión geopolítica global, con una Rusia grandiosa en el centro del escenario mundial, convertida en “Eurasia” (como la de George Orwell en 1984): “un Estado que se extienda desde Dublín hasta Vladivostok y que se expandirá hacia el sur, porque necesitará un puerto en el océano Índico”.

Para llegar a esa “Rusia renacida”, Dugin tiene su propia versión de la historia, que parte de un pasado fuerte y glorioso, caracterizado por el misticismo, el patriotismo y la obediencia a la autoridad, un pasado que debe ser arrebatado a este presente liberal, mercantil y cosmopolita que impidió al pueblo ruso cumplir con su destino, porque en su camino se cruzó un imperio marítimo, de individualismo, codicia y corrupción, abanderado por la Gran Bretaña y los Estados Unidos.

Para neutralizar a esos adversarios, Dugin planteó tan lejanamente como 1997 ejecutar operaciones sicológicas para exacerbar las fisuras históricas entre británicos y europeos continentales y alentar los movimientos separatistas de Escocia, Irlanda y Gales, de manera que el declive de la Gran Bretaña facilite el acercamiento de Europa Occidental a Rusia, para lo que, de paso, propuso intensificar la dependencia europea del petróleo, el gas y los cereales rusos.

Frente a los Estados Unidos, a su vez, recomendó alentar su aislacionismo, el “America First”, y atizar los conflictos internos, de manera que los estadounidenses, agobiados por sus propios problemas, pierdan protagonismo internacional.

Alexander Dugin, el pensador que inspira a Putin. Fotografía: Shutterstock.

Aunque nunca repitió las proclamas de Dugin (como aquella de que “Rusia tendrá un fascismo rojo y sin fronteras, genuino, verdadero, radicalmente revolucionario y consecuente”), Putin acogió lo fundamental de su ideario y lo puso en práctica, sobre todo cuando vio que las profecías de Dugin se cumplían con una precisión de asombro.

Fue así que la Gran Bretaña rompió con la Unión Europea, a la vez que Irlanda y Escocia daban pasos hacia la secesión, Europa —en especial Alemania— se encadenó al gas ruso, las turbas asaltaron el congreso de los Estados Unidos poniendo bajo asedio a su sistema político y, por último, la extrema derecha europea y la extrema izquierda latinoamericana arreciaron sus respectivos combates contra la democracia liberal.

Y cuando Rusia se apoderó por la fuerza de la península de Crimea, el Occidente se quedó pasmado, inmóvil. Estaba claro que Dugin había acertado y que los planes iban viento en popa. Era el momento de dar el golpe siguiente.

Y el golpe siguiente fue la invasión a Ucrania. Si todo iba bien (y no tenía por qué ir mal), Kíev caería en pocos días, el “nazi” Zelenski sería expulsado y substituido por alguien sumiso y obediente, las provincias de Donetsk y Lugansk serían reconocidas como repúblicas independientes como primer paso para su incorporación a Rusia, la franja costera al mar de Azov y al mar Negro (desde el Donbás hasta Crimea o, incluso, hasta Odesa y la frontera con Rumania) también saldría de la soberanía ucraniana y, por último, si el Occidente no reaccionara (y no tendría por qué reaccionar pues está dividido y con la voluntad doblegada), Rusia podría fijarse nuevos horizontes.

Como, por ejemplo, unir Kaliningrado (Recuadro) con el territorio ruso por medio de un corredor que se le podría arrebatar a Lituania o a Polonia. En fin. El retorno al imperio estaría ya en marcha. Al fin. Rusia llegará a ser Eurasia, de Dublín a Vladivostok. A menos que algo falle en Ucrania…

Allí, donde caminaba el filósofo

Rusia - Vladímir Putin.

El anuncio fue sorpresivo: soldados de diez países serían desplegados en el flanco este de la OTAN, porque “nos preocupa el aumento de la actividad militar cerca de nuestras fronteras”. Esa “actividad militar” se refería a las demostraciones rusas de fuerza efectuadas a lo largo de los últimos años, en concreto desde su anexión de la península de Crimea, en 2014. Y, por lo tanto, la creación de esa brigada multinacional estaba dirigida contra Rusia. Lo que no debe haberle causado ninguna gracia al presidente Vladímir Putin.

El anuncio fue hecho el 9 de octubre de 2017 y, al hacerlo, el secretario general de la alianza militar occidental aseguró que se trataba de una acción “defensiva y proporcional”. Putin, siempre frío y hermético, no respondió de inmediato. Ni le hizo falta: para entonces, Rusia ya tenía instalados misiles y había reforzado su flota del Báltico en un lugar que es estratégico pero que, además, es emblemático: Kaliningrado.

Sí, Kaliningrado es un enclave, un trozo de territorio ruso alejado de Rusia. Son quince mil kilómetros cuadrados a orillas del mar Báltico, entre Polonia y Lituania, con un millón de habitantes. Un pedazo de Oriente en Occidente. Así, hoy Kaliningrado es el epicentro de la ya vieja y siempre áspera rivalidad entre los Estados Unidos y Rusia. No es, sin embargo, una ciudad nueva: fue fundada en 1255 y durante siete siglos, hasta 1945, se llamó Könisberg. En la Edad Media fue parte de la Liga Hanseática. Allí nacieron Federico I de Prusia, en 1657, e Inmanuel Kant, en 1724.

Kant, el gran filósofo de la Ilustración, nació, vivió y murió en Könisberg. Nunca se alejó más de doscientos kilómetros de su ciudad, por cuyas calles céntricas caminaba todos los días, sin falta ni retraso. Tal era su puntualidad que los vecinos ajustaban la hora de sus relojes al paso exacto del ilustre pensador. Kant sabía que su paseo diario reforzaba las rutinas de la villa y, haciéndolo, ahuyentaba las desdichas del caos.

En 1871, el reino de Prusia —al que pertenecía Könisberg— se integró al naciente Imperio Alemán. Y como ciudad alemana permaneció hasta 1918, cuando al terminar la Primera Guerra Mundial quedó bajo soberanía polaca. Y en 1945, al concluir la Segunda Guerra Mundial, Könisberg se convirtió en parte de la Unión Soviética. Stalin ordenó su rusificación drástica: el nombre le fue cambiado a Kaliningrado y sus habitantes alemanes fueron expulsados y reemplazados por rusos. Pero en 1991, al finalizar la Guerra Fría, la URSS desapareció, con lo que Kaliningrado, que quedó en poder de Rusia, se convirtió en un enclave lejano, a casi mil trescientos kilómetros de Moscú, caja de resonancia de todas las tensiones entre Oriente y Occidente.

Y, así, la vieja Könisberg quedó en el centro del conflicto, con aviones de los dos bloques cruzándose a diario en su cielo, con Rusia instalando misiles y con la OTAN desplegando una fuerza multinacional. Si algún día las tensiones en Europa llegaran a un punto de quiebre, la guerra también ocurriría aquí, precisamente aquí, donde Inmanuel Kant, con sus pasos infaltables y exactos por las calles céntricas, quería ahuyentar las desdichas del caos…

(Recuadro originalmente publicado en Mundo Diners de noviembre de 2017)

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