Rumores
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Rumores

En todas partes las vecinas se cuentan chismes y se transmiten rumores.

Two women talking, 1874. Carl Bloch.

Arrimada a la puerta de su casa, la Mujer no quiere creer lo que le está diciendo su Vecina. No la mira de frente: con la cabeza ladeada, tiene un gesto de inconfundible escepticismo, pero es probable que, en la noche, cuando ya todas las luces se hayan apagado, transmitirá a su marido las novedades del barrio. Solo entonces podrá dormir tranquila. Ella no es de esas mujeres que van de puerta en puerta divulgando secretos ni publicando intimidades; pero está bien que hable con su marido, ¿no? ¡Para eso es su marido! ¿A dónde iríamos a dar si una mujer decente no tuviera confianza en su marido? Claro que él irá mañana a la taberna y comentará las novedades con sus amigos, pero eso es cosa de él. Ella no se presta para difundir rumores infundados. Otra cosa es que piense en lo que le está contando su vecina. No lo quiere creer, pero no puede dejar a la Vecina con la palabra en la boca. Por eso, se ha cruzado de brazos, como si quisiera construir un muro para defenderse de las murmuraciones, y ha ladeado su rostro, pero sin dejar que sus ojos se aparten de la Vecina. No lo quiere creer, pero, en secreto, para que ni su marido lo descubra, la verdad es que ese chisme le produce un delicioso placer que, como todos los placeres, deberá quedar oculto a todas las miradas, disfrazado. 

Pero la Vecina ya ha intuido que la Mujer no le cree y está repitiendo los pormenores de la historia más fresca del barrio. Gesticula con énfasis para que su gesto subraye sus palabras, y en el movimiento de sus manos se puede advertir que está a punto de perder la paciencia. Sí, tampoco ella quiso creer cuando se lo contaron, pero pensó que, después de todo, no había razón de que no fuera como se lo estaban diciendo. Claro que no le gusta estar con habladurías por aquí y por allá, pero esto que le contaron es algo que ninguna persona decente puede permitir. Por eso, ha venido a hablar con la Mujer, cuya casa está junto a la suya con pared de por medio. Sabe muy bien que la Mujer es una persona muy discreta, digna de toda confianza, de modo que es conveniente que lo sepa. No solo porque debe estar advertida para decidir bien con quien saluda, sino porque incluso puede proponer una buena idea para resolver entre todas este desa-guisado. Por eso, le molesta ese gesto de la Mujer; es un gesto que podría hacer ante un extraño, pero no ante quien ha compartido tantas experiencias desde hace tantos años…

Esta escena fue captada por Carl Bloch en Copenhague, pero pudo haber sido captada en Nueva York, en Cuenca o en París; también en Nueva Delhi, en Quito o en Shanghái: en cualquier parte. Es probable que Bloch haya creído que las suyas eran estampas populares de su ciudad natal y que en ellas se expresaba la particularidad de sus costumbres, pero estaba equivocado: por debajo de la apariencia local, en sus bellas estampas, trabajadas minuciosamente hasta en los mínimos detalles, emergen los rasgos propios de la más irracional de las especies: la vanidosa especie humana. 

Son rasgos universales, desde luego, tan ligados al código del Homo sapiens-sapiens como pueden ser los gestos y movimientos que expresan nuestras emociones primarias. ¿Quién no levanta los brazos para expresar un súbito entusiasmo, una alegría desbordante o una protesta? Los chimpancés, nuestros primos, suelen hacerlo también: lo nuestro no es más que uno de los muchos residuos que conservamos de nuestro pasado más remoto. Alguna vez, hace ya mucho tiempo, vi en el zoológico de Praga una escena increíble:

En un amplio espacio natural, cercado sin embargo, estaba una familia de chimpancés africanos. Adormilado por el calor del verano, el macho estaba recostado sobre la hierba fresca, a la sombra de un árbol, y la hembra se acercaba insinuante, pero él volteaba la cabeza. Ella insistía y, en algún momento, buscó la boca del macho con su boca. Pero el macho, insensible ante la coquetería de su pareja, sabiéndola segura y sintiéndose su dueño, la apartó de un manotazo. Entonces la hembra fue a sentarse lejos y empezó a llorar. Lloraba y se enjugaba las lágrimas con un pedazo de lechuga que encontró a mano, y era la viva imagen del amor no correspondido. 

Un murmullo unánime se levantó entonces alrededor de la espaciosa jaula natural. Todos los espectadores sintieron lo mismo que yo. En su mayor parte, eran checos, desde luego; pero había también alemanes, un grupo de suecos, algunos rusos, franceses, estadounidenses, japoneses… y cuatro ecuatorianos. Pero todos sentimos el mismo dolor que la hembra de aquel chimpancé verdaderamente aborrecible —tanto, al menos, como puede ser cualquier humano que tiene tiempo para sus amigos el viernes por la noche y al amanecer del sábado rechaza con un manotazo a su pareja—.

Con todo lo cual quiero decir que ningún relativismo cultural tiene bases muy sólidas. Con sus armas suele defenderse el fetichismo de la identidad, trastrocando los valores, y andando por esa vía se llega fácilmente hasta el nacionalismo y el racismo. Hitler era partidario del relativismo: admiraba a Spengler y a Nietzsche. En el discurso que pronunció en el VIII Congreso del Partido Nazi, insistió en la “incomunicabilidad” de las culturas: “Ningún ser humano puede tener relaciones íntimas con una realización cultural si no emana de los elementos de su propio origen”.

Claro que cada sociedad tiene rasgos diferenciales que la vuelven inconfundible; pero por sobre ellos, y por debajo de ellos, inscritos profundamente en nuestra memoria genética, están los rasgos comunes a la especie, que es una y la misma en cualquier parte del planeta. Por eso, en todas partes, las vecinas se cuentan chismes y se transmiten rumores; por eso, cruzamos los brazos cuando queremos defendernos de ellos; por eso, no podemos evitar que, aunque de lado, nuestros ojos sigan mirando los labios que nos transmiten la insidia. Por eso, debajo de la piel de todos los colores, debajo de los mitos locales y las variadas costumbres, siempre está el mismo ser humano, heredero de todos sus ancestros hasta más allá del primer hombre, siempre solo y desamparado, inventándose a sí mismo al inventar su mundo.

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