Edición 425 - octubre 2017.
Ni con palo de romero se puede encontrar dos hinchas de equipos distintos que hayan podido ser amigos, pese a luchar durante años no por ideología alguna —pensábamos de manera similar— y peor por racismo —jamás tuve nada en contra de los negros—.
La rivalidad era por el fútbol: yo sigo siendo hincha del Deportivo Quito, el mejor equipo del mundo; él, de la Liga. Que nuestro respectivo equipo ganara significaba tener la dicha, el argumento y la razón suficientes para mofarnos hasta la saciedad del otro.
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