¿Para qué quiere el poder “un hijo de nadie”?

Fotografías Juan Reyes.

Vendiendo periódicos, Rodrigo Llambo, un indígena ambateño, aprendió cómo funciona el mundo. Tenía que ser poderoso si quería hacer algo por los suyos. Hoy, a sus 41 años, es el gerente de una cooperativa cuyos activos bordean los cuatrocientos millones de dólares.

Es un hombre liviano de contextura y amable de trato. No tiene poses, pero sí una gran sonrisa, siempre. Su poncho es signo de elegancia, de identidad, de orgullo… No tiene miedo de hablar de racismo, pobreza o discriminación. Aunque ha vivido el significado de esas palabras, no hay sombra de resentimiento.

Tiene una maestría en Administración de las Organizaciones de la Economía Popular y Solidaria y varios diplomados; uno de ellos en el Incae de Costa Rica, en Alta Gerencia, Toma de Decisiones y Liderazgo.

Ha formado una familia con una esposa que es una figura política importante en Ambato, de hecho es candidata a alcaldesa. “La que mejor va en las encuestas”, asegura Rodrigo, quien no descarta seguir los pasos de su compañera.

Fundó la Cooperativa Chibuleo cuando tenía veintidós años y ni un centavo en el bolsillo. Empezó con diecisiete personas y hoy tiene 430 empleados y sedes en dieciocho provincias del país.

Rodrigo Llambo es audaz. Y él lo sabe.

Un salto a la infancia

“Rodrigo es un niño vivísimo”, así decían sus padres y las personas de su comunidad de Chibuleo. Soñaba con ser millonario para componer los dientes de su mamá. Tenía habilidad para los números y, por eso, fue testigo de una injusticia que recuerda con absoluta claridad:

Mis padres veían que yo era hábil con los números y cuando tenía unos siete años, o sea a finales de los años ochenta, me traían a Ambato, desde Chibuleo, para que les ayudara a hacer las cuentas de un crédito de un millón de sucres que iban a pedir en el Banco de Fomento. Pero no fue mi padre el que gestionó el préstamo, porque ni él ni yo podíamos ingresar al banco por ser indios. Tuvimos que hacer todo con un tramitador mestizo. Nosotros esperábamos en la vereda frente del banco que llegue el momento de firmar los papeles, porque mi papá, aunque era analfabeto, sí firmaba.

Al día siguiente, el tramitador llevaba el dinero a la casa y nosotros le pagábamos y le dábamos un mediano de papitas y cuy.

Paula Chalán (madre de Rodrigo), Marcelo Masabanda (padrino), Rodrigo e Hilario Llambo (padre).

—¿Qué pasaba por su cabeza?

—Me preguntaba qué había ahí dentro del banco, ¿por qué no le dejaban entrar a mi papá? Y yo veía gente importante de la ciudad que entraba y salía fácilmente. Cuando yo vi eso dije: algún rato yo quiero entrar así de fácil como ellos entran. Un poco creo que eso me ha motivado.

—Lo que usted describe es una segregación ¿Qué ocurría en esa sociedad que no reconocía a su población indígena?

—El indio había sido desplazado de la ciudad a la periferia. Entonces quienes estaban en los centros urbanos creían que nosotros, los indígenas, no existíamos. Por eso, cuando bajamos de nuestras comunidades al primer levantamiento indígena que hubo en los años noventa no sabían de dónde habíamos salido tantos.

—En esa época usted tenía diez años, ¿qué expectativas tenía?

—El levantamiento fue una explosión para decir: ¡basta! Porque, por ejemplo, los indígenas teníamos que cederle el asiento del bus a los mestizos. Y cuando había asientos teníamos que colocar tablas para sentarnos en el medio, en el pasillo. Los cobradores nos quitaban el sombrero, que para nosotros es lo más sagrado, y lo botaban lejos.

Rodrigo Llambo en tercer curso del colegio Pilahuín, 1996.

Veíamos cómo el canal de agua potable pasaba al pie de nuestra casa y nosotros no teníamos agua potable. El agua iba a Huachi y Ambato. Mientras tanto, nuestras tierras estaban secas, y mi padre y otros de la comunidad tenían que ir a trabajar de peones en los sitios donde sí había agua.

¿Cómo podía ser posible? Entonces fue tal la bulla que hicimos que la Fundación Visión Mundial nos dio las tuberías y fue la primera vez que vimos la magia del agua potable.

Cuando Rodrigo habla de este capítulo sus ojos parecen saltar de sus cuencas y sus manos se mueven como si estuviera reviviendo el espectáculo de ver el agua correr a través de una llave. “Ya no tenemos que caminar una hora para lavar la ropa o bañarnos. Ya no tenemos que poner col en los charcos de agua para limpiar las impurezas y poder beber”, dice.

—¿Su padre fue líder indígena?

—Mi padre nunca ha sido dirigente. Por eso es que nosotros no tuvimos ese respaldo o esa representatividad dentro de la comunidad, cosa que sí tenían los hijos de los líderes. Yo era un hijo de nadie. De ahí que cuando ven que el hijo de nadie aparece como un joven con otros criterios se asombran. Fui dirigente de una de las organizaciones de jóvenes más grandes de aquel entonces, la Unopush. También fui presidente del consejo estudiantil del colegio, porque hablaba directo. Mientras unos iban de aula en aula diciendo las cosas, yo aprovechaba los recreos para llegar a todos.

—Tenía una voz poderosa…

—Sí, desde muy niño jalaba gente. A los siete años ya quería trabajar. Veía que mi papá era peón y quería hacer lo mismo. Entonces me iba a la casa de un padrino a cortar hierba. Y como me pagaban, empecé a llevar a mis amigos y les decía: “Vamos que ahí están pagando por cortar hierba”. Al poco tiempo ya éramos una tropa de quince o veinte trabajando de peones.

Desde niño Rodrigo le tomó gusto a las matemáticas, porque Guadalupe, una profesora mestiza, le regalaba dulces a cambio de las sumas y restas bien resueltas. Él aún saborea esos chocolates y caramelos. Los compra cuando tiene tiempo, en la fábrica “del cóndor”.

Chacarero: el hombre que nunca descansa

De lunes a viernes, Rodrigo empezaba el día caminando 45 minutos para llegar a la escuela. Los sábados acompañaba a su hermana a vender ajos y cebollas en los cantones aledaños y los domingos trabajaba la tierra. Pero la escuela era una cosa sagrada. De hecho, cuando llegó el momento en que Rodrigo debió pasar a la secundaria, su padre se enfrentó a su comunidad. “Eso de estudiar es de vagos”. “Los verdaderos hombres no estudian, trabajan la tierra”. Eso y más tuvo que escuchar Hilario Llambo.

—¿Su padre tenía claro que la educación era lo principal para sus siete hijos?

—Él era analfabeto, mi madre también. Pero todos sus hijos tenemos una profesión, excepto una de mis hermanas a la que ya le estamos insistiendo que vuelva a la universidad. Mi padre no escuchó las críticas de las personas de la comunidad y nos dio estudio. Salí del colegio graduado en Informática, una carrera nueva; éramos la segunda promoción. Y ni siquiera las empresas tenían computadoras en esa época. No conseguí trabajo y me tocó bajar (a Ambato) a vender periódico, porque mi padre ya no pudo pagar la universidad.

Fue difícil porque tenía dieciocho años, era joven y tenía que aguantar la burla de la misma comunidad. Decían: “Elé, el Hilario hizo estudiar a sus hijos para que vayan a vender el periódico. Era mejor que les deje trabajando en el campo, porque cualquiera puede vender periódico”. Para mí era complejo estar en la calle y ver a mis compañeros del colegio que estaban estudiando en la universidad. Algunos de ellos se iban riendo en la cara. Yo me decía a mí mismo que algún rato iba a seguir estudiando. Siempre tenía en la mente: “Yo voy a ser mejor que ellos”.

—¿Continuaba en la dirigencia de Unopush?

—Sí, y ayudé a conseguir siete becas universitarias, pero se repartieron entre los hijos de los líderes y yo no pude aspirar a ninguna. Ahí me di cuenta de que estaba en el lugar equivocado. Fue entonces cuando empecé con el proyecto y el sueño de que tenía que hacer algo, porque no podía vivir esperanzado de que una tercera persona me reconociera lo que yo puedo valer.

—Cuando dice proyecto, ¿se refiere al primer intento de crear la cooperativa?

—Sí, tenía dieciocho años cuando lancé la primera convocatoria, pero solo asistió una persona. Me di cuenta de que aún no era el momento, que debía hacer cosas concretas para que me creyeran.

—¿Qué cosas concretas?

—No solo vendía el periódico, también tenía quinientos cuyes y conejos. Además, hacía abono de lombrices que vendía a la gente que venía de la Costa, de las bananeras. También hice un préstamo de diez millones de sucres y con eso construí mi primera casa en Chibuleo.

—¿Cuándo vino el segundo intento de fundar la cooperativa?

—A los veintidós años. Ya tenía cosas para que la gente confíe en mí. Dos personas me siguieron desde el principio, mi amigo mestizo de la infancia, Daniel Zurita, y mi primo Cristhian Chalán. Además, cambié mi discurso para llegar a los socios.

En este segundo intento les decía que, aunque no tenía dinero ni experiencia, eso tenía que decirlo porque era cierto, era el momento de los jóvenes que, siendo hijos de nadie, íbamos a llegar lejos. Por eso la cooperativa era para mí la vida y la muerte.

—¿Por qué una cooperativa?

—Porque entendí cómo funciona el mundo y dónde tenía que estar para ayudar a los míos. La forma era tener algo de poder para transformar la vida de los pobres. Y, por eso, se tomó la decisión de la cooperativa, porque el poder económico siempre será el poder económico y quería estar en el centro de ese poder.

Chirisiques, sin dinero, indígenas

“Estábamos completos porque éramos guambritos, no teníamos dinero y éramos indígenas”, confiesa Rodrigo sin remilgos y con una carcajada de por medio. Las condiciones no estaban dadas para la siembra, pero ellos —testarudos y vivísimos en iguales dosis— querían una cooperativa y no iban a desistir.

—¿Cómo tomó esto de la cooperativa la sociedad? ¿Seguía siendo tan racista como la de su niñez?

—Cuando estaba vendiendo el periódico era el chico trabajador, el que tenía buenos ideales, porque también estudiaba. Pero cuando hice la cooperativa me criticaban, que cómo la persona que está vendiendo el periódico va a hacer la cooperativa. Me dolía porque me conocían de todos los días y jamás les fallé. Algunos pensaban que tenía dinero mal habido. La realidad era que no tenía un centavo, pero sí muchas aspiraciones y estábamos apostando por un proyecto.

Incluso cuando nos veían por la calle en los trámites de la cooperativa decían: “Ahí va Rodrigo Llambo, ese guambra mocoso”.

—¿Cómo fue el proceso de constitución de la cooperativa?

—Se nos reían en la cara. Las autoridades no nos daban paso, nos tenían de arriba abajo presentado papeles.

En ese trámite yo viví la primera desilusión de la corrupción. Nos pidieron cien dólares para aprobarnos el Acuerdo Ministerial. Yo no tenía, de dónde íbamos a dar. Pero molestábamos como usted no tiene idea. Pasábamos todos los días ahí sentados, contando nuestros chistes. Yo vendía el periódico hasta las once de la mañana y tenía casi toda la tarde para ir a esperar a que nos procesen el trámite.

—¿Es cierto que empezaron con veinte dólares?

—Sí, empezamos veintisiete personas con veinte dólares cada uno. Pero cuando ya nos dieron el Acuerdo necesitamos más dinero; al menos quinientos dólares por socio.

Y yo les decía, un poco en broma un poco en serio, que para eso tenían que hacer lo que sea, acuérdense que es para bien y que es para un proyecto emblemático; que, si tenían que ir a trabajar de peones o vender sus animales, lo hicieran.

Me hicieron caso. Los socios fundadores sacaban conejos y cuyes de los papás y vendían. Trabajaban asfaltando vías, porque la consigna justificaba todo.

Imagine esto: tres jóvenes reunidos en una casa de adobe en una comunidad a veinte minutos de Ambato, sentados alrededor de una mesa de madera que antes fue escritorio de uno de ellos. Una computadora, una impresora comprada con ahorros y un cartón (ese en el que vino la computadora), como asiento. Un letrero que decía Cooperativa Chibuleo en la puerta y nada, absolutamente nada que perder. O al menos eso parecía.

—Pero sucedió una tragedia, ¿no?

—Fue durante el primer año. Ya teníamos un local en Ambato y 1350 dólares. ¡Qué difícil que fue! Pensaba empezar a entregar créditos de doscientos a quinientos dólares. Porque desde el primer momento que abrimos venían a pedir crédito. Y a pesar de que no teníamos un centavo en la caja ni en el bolsillo, nunca les decía que no se podía. Pensaba: “Aunque sea un poquito, pero se los daremos”.

De pronto ocurrió el robo y maldecí mi pobreza. Quería contarle a mi madre, pero la cooperativa la hicimos sin el permiso de nuestros padres, entonces no podía contarle a nadie, ni siquiera a ella. Estuve a punto de tirar la toalla.

—¿Y lo hizo?

—No. Lo que hice fue pedir perdón a Dios por todas las maldiciones que dije cuando nos robaron. Y al día siguiente vino un señor que había vendido su cementera de tomates y quería abrir una póliza a plazo fijo con cinco mil dólares.

¡Cinco mil dólares! Yo ni siquiera sabía cuál era el formato de una póliza a plazo fijo. Lo que hice fue agarrar el contrato de arrendamiento e irme al ciber de la esquina para medio acomodarle y hacerle firmar su póliza a nuestro cliente.

Ahí dije: “Juro por mi Dios y por mi madre que vamos a ser grandes”.

¿Redención? ¿Mano divina? Ambas o ninguna. Rodrigo se vuelve un emoticón. Sus gestos son más contundentes que sus palabras, cuando narra este episodio que él interpreta como una señal de que la pelea continuaba.

—Al fin llegó la patadita de buena suerte…

—Sí, fue lo que me regresó al camino del proyecto, ese con el que queríamos cambiar la vida de los nuestros. Ese y otro episodio. Cuando nos robaron estábamos por inaugurar la cooperativa y saqué fuerzas de donde no las tenía para recibir a la prensa, a la que habíamos convocado.

Yo estaba barriendo el local, cuando de pronto empiezan a llegar los periodistas y me preguntan por el gerente. Yo dejo la escoba a un lado, me pongo mi ponchito y les digo que yo soy el gerente. No me creyeron, me dijeron que deje de hacer bromas, que seguro el gerente era mi padre, pero que yo no podía ser. Una de las periodistas salió a la calle, empezó a mirar si ya llegaba el gerente y le siguieron los otros periodistas. Al ver que nadie venía decidieron creer que yo sí era el gerente.

Y cuando la prensa se fue, llegaron nuestros padres, que supuestamente no sabían nada de la cooperativa, y nos dieron las papitas y el cuy, ahí en la puerta del local.

No solo hay que ser, también hay que parecer

Para Rodrigo no fue suficiente poner en pie la cooperativa, siempre ha ido por más. Como cuando, en 2007-2008, patrocinó a una de las candidatas a reina de Ambato.

—¿Buscaba visibilidad?

—Claro. Era momento de decir estamos aquí y disculpen no más, pero somos de aquí. Era tiempo de tener ese roce social. Pensé: “¿Cómo logro que me dejen de ver como alguien de la periferia para incidir en la opinión pública y que la clase urbana se dé cuenta de lo que nosotros somos?”. Una noche me lo imaginé. Vine al día siguiente y les dije a mis compañeros que necesitábamos una candidata a reina de Ambato. Les di dos días para buscarla. La consigna era que todos tenían que saber quiénes éramos.

Queríamos golpear en el corazón de la crema y nata de la sociedad ambateña. Estuvimos en los lugares más importantes de la ciudad, con nuestro poncho, con pancartas, haciendo bulla por nuestra candidata. Yo soy de esas personas que cogen, se lanzan y después ven por dónde salen.

—¿En qué parte engrana esto de patrocinar una candidata a reina con su visión de cambio, de jóvenes con nuevos criterios?

—Quería que vieran que éramos jóvenes y que ya teníamos nuestra cooperativa. Por eso, con un diseñador, confeccionamos un anaco más ligero, un poco más corto. Hicimos un benchmarking con revistas de moda internacionales y lo fuimos construyendo. El atuendo incluía una blusa bordada, como las tradicionales, pero con un escote y sin mangas. La gente nos criticó: “¿Cómo van a hacer la camisa para que se le vea el brazo, peor el pecho a la mujer indígena?”

 A mí me golpearon por todos lados, pero yo sostuve que la nueva generación era la que debía juzgarme y, si ellos me decían que estaba mal, entonces lo aceptaría.

—¿Qué piensan sus socios de sus estrategias para ganar visibilidad?

—Siempre me han apoyado. Ventajosamente creo que tengo un discurso que no piensa en mí, sino que tiene una visión de largo plazo.

—¿Será por esa visión que ha sido reconocido por universidades, asociaciones de migrantes ecuatorianos, instituciones del gobierno provincial?

—Sí, hay muchos reconocimientos, pero a mí no me interesan los títulos ni los certificados. La satisfacción más grande es que como pueblo de Chibuleo, de vendedores de ajo, de cebollas y de peones, hayamos incursionado en un ámbito tan importante como es el de la intermediación financiera.

Antes había muy pocos profesionales en nuestras comunidades y hoy veo a mi gente haciendo marketing, trabajando vestidos con nuestro atuendo. Las personas vivían en casas muy humildes y ahora ya tienen lugares dignos. Ahora hay equidad y progreso. Eso siempre lo voy a tener presente, porque es haber llegado a algo más.

Las cooperativas en la economía ecuatoriana: En el Ecuador existen 453 cooperativas que están clasificadas en cinco segmentos, considerando cuántos millones de activos tiene cada una.

¿Qué sucede si sumamos todos los activos de las cooperativas? El resultado son 22 881 millones, es decir, el equivalente al 20 % del PIB. De esa cantidad, 15 629 millones corresponden a créditos.

¿Cuántos clientes tienen? El sector cooperativista tiene 5 330 408 socios, de los cuales 2 744 505 son hombres y 2 585 903 son mujeres.

¿Dónde están ubicadas? Las tres provincias con más cooperativas activas son Pichincha (90), Tungurahua (73), Chimborazo (43).

¿Cuál es la situación de la Cooperativa Chibuleo? Tiene una cartera de créditos de 284 millones. Chibuleo ocupa el lugar 16 en cuanto a las cooperativas con mayor peso en la cartera de crédito total.fambato

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