Roberto Izurieta, el gerente de la política
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Roberto Izurieta, el gerente de la política

Por Pablo Cuvi

Fotografías: Juan Reyes y cortesía de R. Izurieta.

“He viajado más de cinco millones de millas”.

Roberto Izurieta es un especialista en campañas y gerencia política, actividades que suelen estar envueltas en un halo de misterio y que se prestan a críticas y especulaciones de todo tipo. Pues a aclarar esos temas apunta esta entrevista con un personaje al que usted habrá visto comentando elecciones en CNN en español y que dirige Proyectos para América Latina de la Escuela de Gerencia Política de The George Washington University, pero que empezó estudiando Economía en la Católica de Quito, donde fue compañero de varios futuros operadores del correísmo, “con los que no me llevaba bien”, aclara por teléfono desde Washington, donde vive cuando no está volando a otros países.

Hizo sus primeras armas en las campañas de Jamil Mahuad y ha asesorado a innumerables candidatos y presidentes de toda América Latina. Antes de abordar esos puntos, le averiguo por su segundo apellido: Canova. Dice que es italiano, que su mamá es uruguaya, de abuelos italianos.

—¿Y qué hacía tu papá?

—Fue a estudiar Veterinaria a Uruguay. En esos años esa Facultad, por la industria ganadera, era de las mejores. Ahí se conoció con mamá y se casaron. Yo nací en Montevideo. Llegamos al Ecuador en la dictadura de Rodríguez Lara y entramos, los hombres al Intisana, las mujeres al Spellman.

—¿Intisana del Opus Dei?

—Sí. En realidad, mi padre era ateo pero mi madre es muy católica, aunque siempre nos dejaron en libertad. La razón fue porque éramos ocho hermanos, mudábamos de país en una situación precaria, y el Intisana y el Spellman ofrecían muchas becas si sacaban buenas notas. Casi todos mis hermanos sacaron muy buenas notas.

—¿Luego entraste a la Universidad Católica?

—Antes pasé al San Gabriel en la secundaria, me gustaba la educación jesuita. Mis padres me respaldaban y fui el único que se cambió de colegio, pero me gradué en el Spellman y después estudié Economía en la Católica.

—¿Quiénes eran profesores tuyos destacados?

—Tenía a Ana Lucía Armijos, Gonzalo Ortiz, Jaime Durán. La Católica era de mucha riqueza intelectual y política. El espectro político se reflejaba, como casi en toda universidad, mucho más en el ala estudiantil. En Economía y Derecho, la izquierda estudiantil era muy fuerte, tan es así que muchos de los miembros del correísmo vienen de Economía de la Católica. Por ejemplo: Fander Falconí, Pedro Páez y Janeth Sánchez eran mis compañeros de clase; Pedro Delgado y Diego Borja, más jóvenes.

—Los jesuitas están en todas.

El día de su graduación de bachiller en el colegio Spellman de Quito, 1981.

—(Con gracia). Es que entienden de política.

—¿En qué año fuiste a la Universidad de Illinois?

—Apenas me gradué. Gané la beca Fulbright para estudiar Economía. Pero, estando allá, comenzó a surgir la idea de que las campañas electorales pueden ser una profesión, pero no existían facultades. Yo tenía esa inquietud porque me gusta la política desde que tengo diecisiete años. Conocí a Jaime Roldós y a Martha, por ejemplo, hice campaña de voluntario, entregando volantes en las esquinas, todas esas actividades.

—¿En qué consiste la gerencia política?

—En Boston me dijeron que las ciencias de la comunicación con las ciencias políticas podrían ser una buena mezcla y me recomendaron la maestría doble en Illinois, que en comunicación política y retórica era de las primeras.

—¿Ahí se empezó a hablar del marketing político?

—No tanto, porque tenía un fuerte sesgo académico y los académicos, hasta ahora, tienen un poco de resistencia al marketing político porque está ligado más a la propaganda; nos gusta llamarlo comunicación política y, en tal sentido, está vinculada a la publicidad más que a la propaganda. Después hice otra maestría, ya en George Washington, cuando surgió la primera maestría específicamente sobre campañas electorales y gerencia política.

La gente critica mucho esto; dicen que es el marketing de un candidato, que lo venden como vender salsa de tomate.

—Nosotros estamos lejos de eso porque lo que queremos es comunicar el mensaje de un candidato para que pueda ser recibido de manera reflexiva por la mayor cantidad de votantes.

En Galápagos luego de ganar la reelección a la alcaldía en 1996. En la borda, entre otros: Samia Peñaherrera, Jamil Mahuad, Patricio Vivanco, Jaime Durán, Rosángela Adoum, Julio Bueno, Eduardo Mahuad. Delante: Santiago Pérez, Roberto Izurieta, Serena Iturralde, Santiago Nieto, Pipo Lasso y otros.

AUGE Y CAÍDA DE MAHUAD

—¿Colaboraste en la campaña a la alcaldía de Jamil Mahuad el 92? ¿Ahí estaba Ralph Murphy, no?

—Yo traje a Ralph. Porque con mis relaciones académicas, en uno de los seminarios de campañas electorales, me lo presentó el que después fue mi jefe, el decano Arterton, que me dijo: tiene que conocer a este consultor que tiene interés en América Latina. Entonces almorzamos con el decano Arterton, que fue quien creó esta Facultad de Gerencia Política, y Ralph.

Y Ralph comete un “error” en ese almuerzo porque dice algo como, “mi problema es que yo casi nunca cobro nada porque me encanta mi trabajo”. Anoté eso en mi cabeza y cuando se dio la oportunidad les dije a Mahuad y a Durán en una reunión: hablemos con este consultor norteamericano que es buenísimo y, además, cobra muy poco. Me pidieron que le escribiera. Le hicimos una oferta mínima y aceptó.

—¿Es Jamil Mahuad el primer producto acá, aunque no te guste la palabra, del marketing político?

—Es el primero que entendió la complejidad y el requerimiento de la profesionalización de una actividad que es sumamente compleja. Con su curiosidad intelectual, él armó la primera campaña verdaderamente profesional. Existían otros consultores, generalmente extranjeros, pero la primera campaña que se estructuraba de esa manera fue la de Mahuad.

Cuando trabajabas con Ana Lucía Armijos en el Banco Central era vicepresidente Alberto Dahik. ¿Fue esa la entrada del neoliberalismo al Ecuador, el intento de implantarlo?

—Te soy franco, nunca lo vi mucho como una disputa ideológica; era un equipo de profesionales sumamente inteligentes y estaba Alberto Dahik, Mario Ribadeneira, Ana Lucía Armijos, Pablo Lucio Paredes. Yo participé, los conocí mucho, los admiro, sobre todo por esa experiencia de trabajo.

—Sin embargo, se dice que la reforma financiera que hizo Dahik el año 94 fue la que desembocó, finalmente, en la terrible crisis del 99; la liberalización de la banca.

—No soy un experto en el tema, pero coincido en el sentido de que la misma preocupación o indignación se dio en Estados Unidos con la crisis de 2008, en función de todos esos años que también se dio esa liberación del sistema financiero. Efectivamente, el deseo de hacer crecer el sistema financiero terminó produciendo esta disputa no solo en el Ecuador sino en Estados Unidos.

—¿Cuál fue la clave de la campaña presidencial de Mahuad de 1998? ¿La alianza con el Partido Social Cristiano?

—No creo.

Bueno, si no había esa alianza, no ganaba; si se lanzaba Nebot, probablemente ganaba…

—Sinceramente, no lo pienso; al igual que lo mismo se diría de Guillermo Lasso en esta elección. No quiero juzgarlo, pero hay candidatos que son muy buenos precandidatos, y se lanzan y no les va bien. El ejemplo más clásico es, en Perú, Lourdes Flores. Son muy buenos precandidatos porque son grandes operadores políticos en el buen sentido de la palabra, y, por supuesto, inteligentes y preparados. Pero el momento de conquistar el voto, llamémoslos así utilizando el título del libro de Amparo Menéndez, eso es un proceso distinto que requiere una profesionalización y Mahuad era mejor en diseñar una campaña que pudiera encontrar esa conexión, sobre todo emocional, con los votantes.

La imagen que dejó Mahuad es que no dio la talla, que tenía mucho más imagen que liderazgo real.

—En Así dolarizamos al Ecuador explica muy bien lo que vivía el país en ese momento y yo coincido con lo que describe el libro. El reto económico, esto es, la caída del precio del petróleo hasta ocho dólares, el cierre de las opciones financieras internacionales, el fenómeno de El Niño, y después también la erupción del Tungurahua y las menos catastróficas del Guagua Pichincha, todos estos elementos llevaron al país a una situación en la que había solo dos posibilidades: la hiperinflación o las demás medidas.

A eso sumado la amenaza de una guerra con Perú y la crisis financiera por la no supervisión de la banca: gran parte del problema fue por la debilidad de las instituciones, de la Superintendencia de Bancos.

Una imagen que me pareció terrible fue la del presidente, o sea, el capitán del barco diciendo que se va a hundir el Titanic.

—Jamil Mahuad tiene la cortesía, en esa parte del libro cuando cuenta que iba a anunciar esta simbología, que dos personas se opusieron: yo y Serena Iturralde. Le agradezco que lo haya recordado porque coincido contigo.

Mahuad decía que “gobernar es comunicar”. Perón decía que “gobernar es dar empleo”. ¿Mucho más es dar empleo que comunicar o no?

—Creo que necesitas ambas porque, a diferencia de la propaganda, la comunicación política efectiva es aquella que tiene relación con la realidad pero que no la sustituye. Entonces, necesitas comunicar lo que estás haciendo, comunicar los retos pero también las soluciones. El problema que tuve con la famosa simbología del Titanic era porque no resaltaba la parte de la propuesta, de la salida, y resaltaban demasiado los problemas.

SUBESTIMAMOS A TRUMP

A finales de los noventa hablabas en un ensayo de la decadencia de los partidos políticos y el auge de la televisión como principal instrumento para crear la imagen de un candidato. ¿Eso pasaba cuando empezaron tu escuela de Washington?

—Las escuelas norteamericanas y las europeas respaldan profundamente la importancia de los partidos políticos como el instrumento para la ejecución de la política y de las campañas. Los norteamericanos, al ser elecciones presidencialistas (versus legislativas, que eligen al primer ministro) han ido expresando la importancia de la estrategia electoral en concordato con los partidos políticos y lo que se llama los PAC: Political Action Committees.

América Latina, por el contrario, no ha logrado desarrollar partidos políticos que cumplan su rol de intermediación social entre los ciudadanos y el poder político. Los partidos terminan siendo simplemente clientelares, coyunturales. Además, han seguido siendo los canalizadores de muchos problemas o actos de corrupción.

En esas circunstancias el rol del liderazgo es suplir esa carencia, no queda otra manera. Aspiro, por supuesto al fortalecimiento de los partidos, pero lo que estamos pidiendo ahora, al menos, son líderes que con su capacidad, honestidad y liderazgo puedan terminar representando esa intermediación.

Eso parece casi imposible porque lo que tienes una y otra vez son caudillos, no líderes.

—Creo que la capacidad de gestión termina siendo esencial en el liderazgo. En el caso, por ejemplo, de Guillermo Lasso, es su capacidad de gestión lo que ha llevado a este primer logro, de administrar muchas más vacunas en el Ecuador. No lo veo a él ni a otra serie de líderes como caudillos, sino como personas que con su capacidad de gestión permiten disminuir la pobreza y mejorar las condiciones de vida de sus ciudadanos.

—¿Son ahora las redes más importantes que la televisión para la formación de la imagen y para la comunicación política?

—Sí, pero al igual que el rol de los medios escritos cuando la televisión reinaba, las redes sociales necesitan fuentes, y esas fuentes son los medios formales que tienen la capacidad, el profesionalismo, los recursos para generar noticias, que después puedan ser reproducidas en las redes y tengan mayor impacto. El impacto ya no es directo, pero sin ellos sucumbiremos a las fake news.

IZQ.: Roberto Izurieta presenta al presidente de Guatemala, Álvaro Colom, quien va a dar una conferencia. Washington, 2012. DER.: En su papel de comentarista de CNN en español con Juan Carlos López y otro invitado.

—Tú sostienes que las elecciones más bien se pierden que se ganan. ¿Por qué perdió Hillary Clinton, a pesar de que ganó con tres millones de votos?

—Muy buena pregunta. Uno: en ese proceso electoral subestimamos las capacidades de Donald Trump; llamemos capacidades, si quieres, a mentir consistentemente… pero lo subestimamos. Dos: el crecimiento económico de los últimos años dejó atrás a los pequeños pueblos de América, pueblitos de menos de cincuenta mil habitantes cuya industria se cerró, las minas se cerraron, sus ciudadanos no han tenido la oportunidad de capacitarse y, por el contrario, los salarios mejor pagados se dan en todo lo que representa el valor agregado de la economía norteamericana, que son servicios, tecnología, etc., que se mudan a la ciudad.

La elección de Trump es la primera señal de alarma a nivel político de que Estados Unidos está viviendo una profunda desigualdad. Tan es así que ganó básicamente en todo pueblito de menos de cincuenta mil habitantes, mientras Hillary Clinton ganó en todas las ciudades.

—¿Cuánto influyeron los hackers rusos y Assange en esa campaña?

—Creo que algo; al haber sido una elección que se terminó definiendo en ciertos estados a través del sistema de colegio electoral con menos de 0,5 puntos, terminan siendo importantes. Más allá de esto, es indiscutiblemente importante que una interferencia extranjera en procesos electorales de cualquier país debe ser rechazada, perseguida; debemos alertar…

—Sin embargo, la injerencia fue directamente del presidente Trump con toda su campaña del fraude electoral y la toma del Congreso, que mostró que la democracia norteamericana es vulnerable.

—Absolutamente. Lo que pasó el 6 de enero es un hecho deplorable y una llamada de alerta. Aunque soy un defensor de las redes sociales, una de sus consecuencias preocupantes es que refuerza nichos de pensamientos extremos, los refuerza en gran parte con fake news. La sumatoria de esos nichos, relacionados a través de las redes sociales, produjo el hecho del 6 de enero, alentado por el mismo presidente.

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EL RETO DE LOS POBRES

—Viniendo al Ecuador, ¿por qué perdió Arauz la segunda vuelta?

—La primera vuelta fue un shock, sobre todo para la campaña de Guillermo Lasso. En su caso se produjo una profunda y honesta reflexión de cómo responder a ese reto. Eso se expresó sobre todo cuando él tomó la decisión de ir a Quito, aceptando la invitación de Yaku Pérez. Ese fue el Guillermo Lasso que conozco, se la juega entero por algo que cree que es correcto, y tuvo razón. El manejo político y la valentía que significó eso fue una clara señal de que la segunda vuelta…

Perdón, pero eso es por qué ganó Lasso; yo te preguntaba por qué perdió Arauz…

—Por vanidad, por carencia de reflexión, porque llegaron a la conclusión de que había muchos electores de ambos lados que consideraban que el gran elector de la segunda vuelta iba a ser Correa. Yo soy de los que considerábamos que iba a serlo, efectivamente, pero de manera negativa. Entonces, cuando realizaron la reunión en México con Correa, se equivocaron en la estrategia porque filtraron algunas fotos…

—Fue todo un video.

—¡Correcto! Eso significaba que era deliberado. La estrategia es el acto de pensar, y pensar es el acto de dudar… pero cuando viene la vanidad, el triunfalismo, y dejas de cuestionarte, los estrategas ya no hacen su trabajo. El buen estratega es aquel que sabe cuestionarse, sabe escuchar, sabe leer lo que te dicen los sensores de lo que está pasando, sobre todo, encuestas, focus groups y también los sectores de opinión. Eso estuvo más abierto en la campaña de Lasso y en el mismo Lasso, y muy cerrados en la campaña de Arauz.

—¿Cuánto influye en el diseño de las campañas “el nuevo elector” que es más autónomo, conectado más al smartphone que a otras formas de organización? ¿Cómo manejas eso en las campañas?

—Soy de quienes creen que la estructura metodológica de cómo desarrollar las campañas sigue siendo la misma. Ahora tienes muchos más canales para comunicarlo y es un reto distinto. Por ejemplo, incorporar en tu equipo de campaña a expertos en redes sociales es esencial, pero dentro del mensaje.

América Latina tiene el enorme reto de que hay pocos profesionales que se han ido desarrollando en las redes sociales. Estos artificios que son destructivos: fake news, sensacionalismo, llamar la atención de manera casi ridícula, eso tiene una respuesta profesional.

—¿Por qué estallan estas crisis, más o menos al unísono, en el Ecuador, en Chile el año 19, en Colombia…? ¿Qué está pasando?

—Primero, la crisis económica: la disparidad de ingresos, la inequidad de oportunidades, sin duda. Segundo, el desarrollo de las redes sociales permite, como en el levantamiento del 6 de enero, el reforzamiento de ciertos grupos para tomar posiciones de fuerza. Que también son utilizados, ahí viene el tercer elemento, por sectores minoritarios, violentos, cuyo interés no es el bienestar de la gente ni el reclamo justo, sino que se benefician del caos y la violencia. Existe mucho más interferencia política en los asuntos internos de nuestros países de lo que existía antes del desarrollo de las redes sociales, lastimosamente.

—¿En la elección peruana se volvió a ver la gran ruptura entre el sector rural y los centros urbanos?

—Y la pobreza. Esa elección refleja que el modelo de desarrollo del Perú, que ha sido exitoso en una serie de variables, ha sido muy poco exitoso en ofrecer oportunidades a los sectores rurales y marginales. En gran parte, comparando Perú y Estados Unidos con Europa: cuando tienes un país con extensiones grandes de terreno, donde cada pueblito está aislado de las fuentes distritales de desarrollo, educación, salud, termina siendo más marginado. En Estados Unidos puedes estar en un pueblo de diez mil habitantes y para llegar a una buena escuela quizás tienes que manejar hora y media, mucho más que en Europa donde el territorio es más pequeño.

La elección de Perú refleja este problema que se dio también en la elección de Trump: ¿cómo vamos a desarrollar un sistema económico que ofrezca más oportunidades a las zonas que han sido marginadas del desarrollo de los últimos años?

—¿Tiene también peso en eso la torpeza política de las élites? El caso de Colombia es patético: una de las oligarquías más cerradas de América Latina…

—He viajado más de cinco millones de millas en los últimos quince años, solamente en American Airlines. En el caso del Ecuador, por el contrario, tengo la percepción de que los sectores económicos, sobre todo en los últimos años, están mucho más abiertos a considerar los retos de inclusión y progreso de los demás sectores. Hay países donde, efectivamente, veo al sector empresarial mucho más aislado, desconectado.

MI HOBBY ES CONVERSAR

IZQ.: Con Anne Lewis, asesora de Bill Clinton, en un seminario en el Bankers Club. Guayaquil, 2002. DER.: Con el expresidente norteamericano Jimmy Carter. Atlanta, 1999.

—¿Cuál es tu trabajo en la universidad?

—Somos un lugar de encuentro donde líderes de la región que tienen influencia y aspiraciones políticas vienen a los seminarios y conversamos con ellos, nos conocemos, se discute, aprendemos, compartimos experiencias. Hay también la maestría. Mi trabajo me da una perspectiva enorme de la región; conoces lo que está pasando en casi todos los países. Si de repente pasa algo en algún país, tienes los suficientes contactos para mandar un mensaje y decirles: conversemos sobre el problema en Haití o en República Dominicana o donde sea.

—¿Cómo empezaste a colaborar con la CNN?

—Alguien me refirió en el año 2000 para dar una entrevista. Y, como funcionan los medios de comunicación, si te va bien, te invitan otra vez, después los otros medios como Univisión también te invitan. En 2006 me ofrecieron un contrato de exclusividad. Yo no quería aceptar, no es que te pagan mucho tampoco, porque ya no puedes atender a los otros medios, pero quedamos solo en la competencia de CNN, básicamente Univisión y Telemundo, pero sí puedo dar en otros países.

—Me parece que en CNN se les fue la mano en la polarización contra Trump y contra Fox.

—Creo que tomaron una posición de principios sobre la amenaza que significaba la reelección de Trump. Sí, hay todo un debate de si eso afecta la imparcialidad entre comillas de un medio. En el caso de los comentaristas te dividen: tú puedes ser a favor y afiliado al Partido Demócrata, o a favor del Partido Republicano; yo soy un comentarista independiente.

—¿Te gusta leer literatura?

—Sí. Lastimosamente, con toda la intensidad de los medios y las redes sociales, leo al menos unas cuatro horas diarias pero más artículos que libros. Generalmente leo The Economist, The New York Times, The Washington Post, El Comercio del Ecuador y del Perú, El País y una serie de artículos académicos que me mandan… De libros, en el Ecuador, el Pájaro Febres Cordero me encanta; Vargas Llosa por supuesto, la buena literatura.

(Cuando le pido fotos para ilustrar este texto, me habla de dos imágenes en la que está con el presidente Álvaro Colom de Guatemala, cuando se aprestaban a escuchar el veredicto de quién había matado a Rosemberg, una trama fascinante, digna de una miniserie).

Fue honestamente el momento más intenso que he tenido en mi vida y el presidente tuvo un lindo gesto: las mandó a imprimir y enmarcar; en una me dedicó a mí y en la otra a mi esposo, Paul.

—¿A qué se dedica tu esposo?

—También comunicación, pero más en causas, lo que es salud pública en países en vías de desarrollo, África: cómo la comunicación puede mejorar la salud pública.

En San Agustín del Callo, Cotopaxi, el día de su matrimonio con Paul Quirk, en 2010.

—¿Cuándo se casaron?

—Nos hemos casado en todo lugar que nos dio la oportunidad. La primera vez que nos casamos fue en Washington cuando todavía no era legal y vivíamos en Virginia. Después, el Ecuador abrió esa posibilidad y nos casamos ante un notario, pero cuando fuimos a inscribirlo en el Registro Civil no lo aceptaron. Después, Estados Unidos legalizó los matrimonios.

—Para terminar, ¿qué hobbies tienes?

—Nado, para mí nadar es un acto de reflexión porque solo cuando estás nadando o durmiendo estás desconectado, no tienes un teléfono que te distraiga. Me permite reflexionar sobre toda la información que estoy recibiendo; tener tanta información puede ser tan peligroso como no tener información. Nadar, caminar, a veces montar bicicleta…

Pero mi mayor hobby, gracias a mi profesión, es tener la oportunidad de conversar con quienes tengo mucho que aprender. En los últimos veinte años, en distintos países, he tenido la oportunidad de almorzar, aunque yo como poco, y tener un par de horas con muchísimas personas que, por su experiencia y conocimientos, son sumamente interesantes. Eso es lo que más disfruto en la vida.

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