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EDICIÓN 500

500 números, 9 conclusiones

por Juan Fernando Andrade

“Lea, sea curiosa”.
Vendedor de libros a cajera de farmacia.

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Tengo la sensación de haber crecido con la revista Mundo Diners. Mucho antes de conocer sus interiores, antes incluso de leerla o pensar siquiera en dedicarme a escribir, veía la revista en casa de mis abuelos, en casa de mis padres, en casa de mis amigos. Brillaba como la señalización vial en la noche. Un letrero colgado a la entrada del hogar, en el techo, con una flecha indicando por dónde se entra y dónde se está entrando. Acá, diría el letrero, vive gente con ganas de comprobar el tamaño del mundo, gente que quiere cosas que aún no ha visto.

Portada Revista Mundo Diners.

Creo que, entre las publicaciones privadas del Ecuador, ninguna le ha dedicado tanto tiempo y páginas a la creación. Llegando al número 500, iniciando aquí y ahora el camino hacia 500 más, capto que la revista funciona también como un archivo continuo. Si un extraterrestre llegara hoy a nuestro país, le pediría dar una vuelta en su nave, a cambio, le cruzaría el link a la Diners para que estuviera un poco enterado de lo que nos ha parecido justo poner en libros, cuadros, películas, platos; de la gente y los sitios que quisimos mostrar. Un solo ejemplar en la superficie del apocalipsis sería el rastro de nuestro paso por la Tierra.

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Me colgaba en las reseñas. Por esos días, en los que uno ahorraba para comprarse discos y libros, era clave tener una guía. Pensar que alguien descubrió música o conoció a un autor luego de leernos hace que mi corazón lata más fuerte: habrá momentos, muchos, quizás demasiados, en los que no se podrá hablar de otra forma que cantando el coro de una canción; momentos en los que tu habitación será del tamaño de una película; momentos en los que solo estarás de acuerdo con ciertas páginas. Cuando las paredes se achiquen y te expriman, cierra la puerta y abre la Diners.

Esta no será una manera de huir ni una práctica de escapismo. Será como encontrar un pedazo de tierra flotando en los océanos y decir: sobre estos colores levantaré mi casa. La patria no es un territorio. La patria es la gente que uno quiere, las cosas que lo emocionan, eso que puede recordar sin esfuerzo porque suena como suenan en voz alta sus nombres y sus apellidos. De ahí que la responsabilidad de quienes escriben sobre cultura sea tan grande, y su trabajo tan necesario. Dime lo que lees, escuchas, miras, sientes. Yo te diré quién quieres ser o a quién te estás pareciendo.

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Aunque no sean artículos de opinión ni tengan por compromiso inclinaciones autobiográficas, los temas culturales terminan exhibiendo rasgos íntimos de la personalidad. Incluso cuando el autor ha aceptado un encargo, y realiza lo que significa para él un descubrimiento, sus apreciaciones asaltan el terreno de lo testimonial. Es preciso ser sincero en la medida de lo que te afecta y te conmueve. Es preciso ser abierto en cuanto al posible desencuentro con la obra. Es obligatorio señalar méritos o callar para siempre.

Los textos cortos son el mejor entrenamiento. Hay, en la brevedad, algo heredado de la poesía, una batalla que no se gana por párrafos, mucho menos por páginas: en el espacio reducido son las palabras, una a una, las que deben abrirse camino y defenderse una vez puestas en manos extrañas. (El resto son solapas y contratapas). La gran lección, donde las haya, es la paciencia. Conviene, de una vez, acostumbrarse a cierta equivalencia irracional: una hora, un día, una vida cerrando un párrafo de cinco líneas. Como consuelo, la oportunidad de vengarse en el próximo número.

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Opinar sobre arte te obliga a pensar en lo que consumes y así crear el hábito de seguir aprendiendo y conviviendo con la creación propia y ajena. La Diners tiene, es cierto y en buena hora, el privilegio de detenerse en los productos culturales expuestos al público y tomarse en ellos el tiempo que la mayoría de los espectadores no puede permitirse. Luego vendrá la pelea entre las emociones y las ideas, el duro oficio de decir a los lectores: ya sé que vives corriendo, que no tienes tiempo para nada pero, si queda libre este segundo u otro, ocúpalo en nosotros.

Así, en cada ejemplar hay un acto de selección y curaduría. La cuestión, por suerte, se ha democratizado. Racional o desequilibrado, por unidad o por centenas, el comentario personal va tumbando los cánones, las instituciones y esa suerte de pensamiento único que existía antes de internet. Ahora, que todas las personas son medios de comunicación en sí mismas, lo oficial ha dejado de serlo y son nuevas las costumbres que construyen la rutina. Por eso la labor es hoy más importante que nunca: somos el lazo entre la gente y una variedad infinita de estímulos.

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La razón de ser, claro, no es plástica ni material, es humana. Quiero decir que una canción no será nunca más importante que quien la escucha. Entendemos los sentimientos que podemos compartir, de ahí que miles o millones de personas puedan excitarse al mismo tiempo frente a la misma obra. Conseguida, entonces, la pesca del día, nace una aventura más descabellada y peligrosa: fundirse con personalidades remotas y encontrar en ellas, en la claridad de lo profundo, una extremidad secreta y deforme que será (esto lo sabremos cuando la veamos) la parte que nos hacía falta.

Las entrevistas, reportajes y crónicas de la revista Mundo Diners son la manera en la que nos ponemos a crear dentro de casa. Hay quien dice: la novela es el laboratorio y el cuento el experimento. Nosotros proponemos una variación de ese principio: la revista es el laboratorio y el texto el experimento. No basta con recoger información en la calle o en la web y organizarla según el manual de instrucciones. La vida de los demás, acaso nuestro gran tema, merece el poder de la narración: en cada bocanada algo completamente normal y maravilloso.

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Para la entrevista, que en nuestras páginas tiene algo de biografía atomizada, lo que se necesita es tiempo. Pregunta todo, desde el principio y dos veces: no importa que regreses a la oficina con ocho horas de grabación supuestas para cuatro páginas. En este caso el trabajo, más que escribir, será escoger: bloques de preguntas y respuestas que tomen la forma de una historia y que, como todas, recreen el ritmo del diálogo y tengan momentos de tensión, así como plácidos descansos en los que se pueda avanzar caminado, con las manos en los bolsillos, silbando.

La estructura es simple. Tomando en cuenta que el público de la Diners es amplio y, por lo mismo, diverso, no resulta exagerado asumir que nadie o casi nadie sabe de qué estamos hablando. Escribe una introducción de no más de una página y deja sembradas las siguientes, convéncelos de conocer a alguien que no conocen (o de mirar de cerca a quien creían conocer de sobra), y resuelve con el formato pregunta-respuesta. Lo más importante es lo obvio: resistir la tentación de aparecer en cuadro y tomar el protagónico. Cuando algo está bien hecho, no se notan ni el esfuerzo ni la firma.

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Los reportajes son la información aumentada. Los datos, duros y fríos, se encuentran a la mano y es más el tiempo que se gasta en compartirlos que el tiempo que se invierte en comprobarlos. Hoy por hoy es imposible competir contra la información seca y a secas, deja eso a las redes. Si las predicciones son ciertas, y en cuestión de pocos años desaparecerán las actividades mecánicas, la competencia por las cifras pasará a un segundo plano, no porque sea menos importante sino porque serán otras las manos que ensamblen las piezas del discurso.

Portada Revista Mundo Diners.

Mi punto, perdón, era otro: el reportaje como amplificador del titular, un plano general que logre plantear el conflicto en desarrollo. Es la diferencia entre enterarse y saber. Estar enterado significa aceptar la existencia de una situación por lo demás desconocida; saber, y poder hablar de ello, es conocer las circunstancias que produjeron el escenario que se describe, así como encontrar sentido a las acciones que ocurren mientras intentamos comprenderlas. Un reportaje no tiene el derecho a intervenir la realidad, más bien el deber de contarla sin intervenciones.

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Las crónicas son la prueba de nuestra semejanza con el otro. No se puede pedir una prueba de exactitud porque, se sabe, ni siquiera en una misma casa hay dos personas iguales. Pero se puede, intercambiando el centro del mundo por sus comisuras, contar la experiencia de vida que lleva alguien distinto a quienes rodean y comprenden lo que hemos aceptado como cierto. Que nuestros lectores, no importa cuántos sean, consideren por un momento largo la cuota de azar en sus vidas: ¿cuán opuestos serían los días de no haber nacido donde naciste?

Se llama “periodismo narrativo” porque comparte los intereses, las motivaciones y las causas de la narración literaria (esto de “literaria” es opcional). La crónica y la ficción, separadas al nacer, comparten también un objetivo: mirar al otro y encontrarse. Desplegar al contrario de tal forma que se vuelva transparente, como los muñecos que tienen los doctores en sus consultorios, y así poder ver que por su interior pasan los mismos ríos que recorren el nuestro y el millón de aguas más que pueda cada uno tragar. Decir hermano, hermana, y saber lo que se está diciendo.

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Tengo, entre mis documentos, una carpeta con diez textos que comparto entre los colegas que asisten a mis talleres de escritura. Fuera del ego trip, el propósito es que hagan preguntas puntuales sobre decisiones puntuales, desde cómo se escogió el tema y cómo se hizo el trabajo de campo, hasta cómo se tomaron las licencias creativas que liberan la estética. Seis de esas diez piezas, de extensión y formato disímil, fueron concebidas, editadas y publicadas en la revista Mundo Diners. Ante la aclaración aparece la duda: ¿lo dejaron publicar eso?

Eso, y bastante más. No nos pagan por escribir, nos pagan por pensar. Lo que seduce y penetra es la visión de lo que pensabas imposible hasta que tropezaste con nosotros, hasta que caímos, hasta que nos levantamos y éramos uno: cuatro brazos, cuatro piernas, una revista. Durante cuatro décadas (y contando), la Diners ha recibido y expuesto las ideas de cientos de colaboradores, hombres y mujeres de las corrientes más variadas, caudalosas, y las creencias mejor enfrentadas y cuestionadas entre sí.

Me preguntan cómo me atreví a publicar. Respondo: cuando uno se siente querido, se siente seguro, y puede ser auténtico.

1979: una historia de 44 años

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Acerca de Juan Fernando Andrade

'@pescadoandrade | Escritor y periodista. Editor adjunto en Mundo Diners. Sus libros están disponibles en formato impreso y digital en www.dinediciones.com. Sus textos cortos pueden leerse en su blog personal: www.culturab.blogspot.com 
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