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EDICIÓN 500

Revista Diners Gestación y desarrollo

por Francisco Febres Cordero

No fue un azar, como esos que tienen como consecuencia un embarazo no deseado.

No, no fue un azar, sino un acto bien pensado, meditado en largas noches en que al frío de Quito se lo espantaba con whisky.

No hubo un solo padre: fueron varios.

No hubo madre: la hija nació de probeta. Pero con fórceps. Porque hubo que jalarla —y duro— para que saliera.

Claro, cuando —mucho tiempo más tarde— se logró hacer el análisis de ADN, el resultado fue inequívoco: Fidel Egas.

Aunque Fidel Egas se defendió desde el principio y juró y rejuró que no. O bueno ya, que sí, pero que no solo él, sino también Ernesto Albán Gómez, Simón Espinosa y Gustavo Jácome.

Ellos se reunían los martes de cada semana en la oficina de Fidel Egas y decían hagámosla. Y anhelaban que saliera parecida a la que habían visto en Colombia.

Hagámosla. Pero no la hacían. Y entonces se iban a cenar al Club de Agricultores donde los encontraba la madrugada, entre whisky y whisky, planificando hacerla, sin hacerla.

Portada Revista Diners.

Así, mes tras mes. Todos los martes.

De pronto, un día, sentado en un sillón, Fidel Egas encontró, en la antesala, a un señor con lentes, algo calvo y de mediana edad (¿cuarenta y cinco, cincuenta?).

Y otro día, igual.

Y otro día, igual.

¿Y?

Y, pues, resultó que, picado por la curiosidad, Fidel Egas lo hizo pasar a su despacho. Resultó que, además de ser un señor con lentes, algo calvo y de mediana edad, hablaba con acento extranjero. Aparte de extranjero, se le notaba culto. Muy culto.

¡Ya!, pensó Fidel Egas. Es chileno. Y es que, si hablaba tan como chileno, tenía que ser chileno. Y acertó: era chileno.

Además de chileno —eso lo supo un poco después— había venido a Quito como exiliado en plena dictadura de Pinochet, luego de haber sido diputado por la jurisdicción de Calama.

—Mi nombre es Rubén Soto Gutiérrez —dijo.

—¿Y?

—Y como en mi diáspora he visto que en Colombia se hace la revista Diners, pienso que también esa revista se puede hacer en el Ecuador.

—En esas estamos también nosotros —le dijo Fidel Egas—. Regrese usted, señor Soto, el próximo martes.

Rubén Soto, regresó, claro. Y pronunció la palabra mágica: ¡Hagámosla!

Hasta que, por fin, después de unos cuantos martes más, en octubre de 1979 nació la revista Diners, a la que bautizaron con el número 0. Cero, porque no sabían si iba a respirar, si iba a vivir, la pobre, de tanto que había esperado en el útero (¿se dirá así en ginecología?) de la probeta.

Tres meses después (o sea como doce martes más tarde, más o menos), por fin, se atrevieron a bautizar a esa revista con el n.º 1, que esta vez salió de la Imprenta Mariscal de Paco Valdivieso. Porque sí. Porque, como decían los médicos, no importa que sea ñata, lo importante es que respire. Y la n.º 1 respiraba en un formato chiquito, cuadradito, lindo. El diseño correspondió a Omar Ospina y la dirección recayó, obviamente, en Rubén Soto. La publicidad estuvo en manos de Verónica Acosta, una muchacha de entusiasmo desbordante e ideas innovadoras.

El formato de la revista era tan grácil que había que dotarle de chambritas, sustancias tejidas dentro de un consejo editorial que quedó conformado por Wilson Granja, Omar Ospina, José Rivera, Juan Fernando Salazar, Hernán Rodríguez Castelo, José Rivera, Rodrigo Villacís y Paco Valdivieso.

El segundo número apareció tres meses después. Y el tercero, tres meses después. Según los matemáticos, eso se debió a que la revista era trimestral, carácter que mantuvo durante el primer año.

Para el segundo año modificó su carácter y se transformó en bimestral, durante los dos años siguientes hasta que, ¡albricias!, se hizo mensual, lo cual quiere decir, en términos matemáticos, que comenzó a aparecer cada mes.

Y cada mes y cada mes, desde entonces hasta acá. ¡Uf! De largo, es la única revista ecuatoriana que ha durado tanto con su especificidad de cultural.

Cultural sí, porque abarca un amplio espectro de aspectos relacionados con el mejor conocimiento de nuestro país en su geografía, su literatura, su arte, su gastronomía, sus costumbres, su historia. Por eso mismo, nunca fue una revista escandalosa. Y, por eso mismo, abrió sus páginas para que allí escribieran personas de la más variada ideología, sin distingos de su posición política. Pero todas unas grandes plumas, como se decía antes: Alejandro Carrión, Pedro Jorge Vera, Raúl Andrade, Jorge Enrique Adoum, Nicolás Kingman. Nombro solo a los muertos porque si comienzo a nombrar a los vivos no acabaría. Y si omito a alguno, además de vivo, pasaría a la categoría de resentido y eso no vale.

Así, durante 500 números. Algo más de cuarenta años. Pero la revista sigue joven, lozana, fresca y, desde su niñez más niña, mantiene fijas sus tres secciones principales, que son las que le han dado personalidad:

  1. Galería, que da pábulo al conocimiento de un artista y con la enorme calidad gráfica (otra característica de la revista) la reproducción de las obras de arte llega de manera nítida al lector; la revista fue la gran impulsora del arte ecuatoriano, sobre todo durante el auge que experimentó la plástica a partir de los años ochenta.
  2. Entrevista, en que se dialoga con un personaje que tiene cosas importantes que contar, hechos de los que ha sido testigo o protagonista.
  3. Viaje, en que en un primer momento Pablo Cuvi revelaba al lector los rincones del país por los que recorría con su mochila al hombro; luego amplió sus fronteras y se fue de paseo por el mundo.

En el año 1999, ya crecidita, tuvo que cambiar de formato en su edición 200 por eso: porque estaba crecidita. De lo cuadradita que era, se volvió alargada hacia arriba y hacia abajo, sin perder su encanto y donosura. Y también modificó su cédula de identidad: si antes se llamaba solo Diners, empezó a llamarse Mundo Diners, denominación que está más de acuerdo con los adelantos de todo orden que ha experimentado el planeta.

Y, en consonancia con esos adelantos, ahora está viviendo su transformación al universo digital, donde se la puede hallar todavía más ágil, con esos links que le permiten al lector hacer esas singladuras insólitas (navegar le llaman en lenguaje cibernáutico) que en los años ochenta resultaban impensables y que hoy en día son no solo factibles sino cotidianos.

Y ahí sigue, pues, caminando desde el número 0 hasta el 500 por las páginas de papel pero arribando, tecnología mediante, hacia todas las computadoras que quieran bajarla de eso que llaman la nube para que aparezca, ¡zas!, en la pantalla.

En su pantalla, amigo lector.

1979: una historia de 44 años

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