Retrato de un adolescente en el páramo - Revista Mundo Diners
Retrato de un adolescente en el páramo
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Retrato de un adolescente en el páramo

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Por Elías Urdánigo ///

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La familia Guamán vive en Rumipamba, una comunidad indígena formada por una serie de casas regadas en el páramo del Chimborazo, 40 minutos al norte de Riobamba, en una de las provincias más frías del Ecuador.

Los Guamán tienen siete hijos. El mayor se llama Cristian, tiene diecisiete años y cruza segundo de bachillerato. Aún no es un hombre, pero lo será pronto y, para cuando se dé cuenta, ya será demasiado tarde.

Los Guamán tienen, además, dos chanchos, ocho borregos, cuatro vacas lecheras y una pequeña manada de cuyes. Todos los días, a las seis de la mañana, el papá de Cristian suelta a los animales para que pasten. Y, mientras tanto, vigila sus sembríos de melloco, papas y habas. Horas más tarde, como si pudiera decirles qué hacer, Cristian los acerca a la casa, los devuelve a sus corrales, y da de comer a los cuyes.

Cada vez que va en busca de los animales, Cristian camina un tramo largo de senderos empinados. A veces, curva la espalda. A veces, apoya sus manos en sus rodillas. El paisaje es gris, ocre, verde desleído. El cielo está cubierto, la lluvia espera un poco más adelante, y se suelta. El agua cae como pedazos de frío. Cristian se mueve tranquilamente, es otra criatura del páramo. Un cabro chico.

Cristian siente las gotas como agujas de hielo sobre su piel. Las siente cuando camina, sereno y silencioso como un hombre viejo, media hora para llegar temprano al colegio. La madrugada puede sorprenderlo a dos grados centígrados, bajo un sol inútil. Cristian mide poco más de un metro con 60 centímetros y es flaco como la rama de un arbusto. Pero tiene voluntad.

En el campo, después del colegio, Cristian corta la hierba con un machete; lo hace con golpes suaves y rápidos que sacan de raíz el pasto húmedo. Se nota que ha hecho esto toda su vida, pero es imposible saber si teme tener que hacerlo por el resto de sus días, como tantos. Cuando una de las vacas lecheras de la familia, una res que pesa 400 libras o más, balancea sus tetas enormes y desnudas mientras trata de escapar por un sendero encrespado y resbaloso, Cristian hala el cabo atado al cuello recio de la vaca con una sola mano y la domina con autoridad. El animal baja el cuello y lo sigue.

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Cristian no lee, no ve películas ni mira programas de televisión, y sus gustos musicales están anclados en la tristeza del vallenato o en el lamento legendario de la música indígena. Cristian tiene un reproductor de Mp3 con parlantes incorporados que enciende cuando sabe que la caminata será larga. Y que apaga, acaso indiferente, al momento de trabajar. Cristian no escucha música mientras trabaja. Mientras trepa las colinas, sin embargo, suena el vallenato Te sorprenderás del grupo colombiano Los Inquietos. “Qué confiada estás/ que mi amor ya lo mataste y ni cuenta te das/ vuélveme a escuchar/ si yo vuelvo contigo es por placer/ no más”.

Un día, en el comedor de su colegio, Cristian le dijo a la señora que lo atendía: “Sírvame una vaca, un cuy y un vaso de agua porque estoy a dieta”, Cristian no tiene Facebook ni Twitter ni nada que lo identifique como un ciudadano virtual. De hecho, dice que la gente le agrada demasiado, pero le gusta hacer reír y reírse. La risa, piensa, lo protege.

Cristian viaja a los pueblos más cercanos para conectarse a Internet y hacer los deberes que le mandan en el colegio. En esos viajes se junta con sus amigos, otros chicos de comunidades indígenas que usan ropa de marca, ropa falsificada, y caminan sin rumbo por las montañas o se revuelcan sin miedo en un partido de fútbol cuesta arriba. Cristian cree que es feliz en el campo, sin ruido ni contaminación. También cree capaz que sería capaz de adaptarse en cualquier sitio. Ojalá.

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Cristian no compra condones. La farmacia más cercana queda a unos veinte minutos de Rumipamba y eso si es que vas en carro propio. Pero ese no es el problema o el único problema. Su comunidad está formada por poco más de veinte casas y entre casi todos los vecinos existe algún grado de parentesco. No puede pedirle a nadie que lo lleve a la farmacia o que le compre un paquete de condones. Alguien seguro se enteraría. Y Cristian no quiere que su familia sepa cuándo tiene sexo.

Cristian conoció a la madre de su hijo, un pequeño de apenas meses de nacido, en el colegio. La directora de la Unidad Educativa Intelectual Bilingüe (español-kichwa) sabe que las alumnas y los alumnos de las comunidades tienen sexo sin protección desde muy temprana edad, por eso, si alguna chica queda encinta, puede seguir asistiendo a clases sin que haya ningún tipo de sanción. Mejor así.

Cuando estaba embarazada, María era la única de su grupo de amigas que caminaba con un vientre hinchado por delante durante los recreos. “Por suerte está en el último año de bachillerato”, dice la directora. María es un año menor que Cristian, pero ingresó al colegio un año antes. Antes de que se casaran, María pasaba algunas noches en casa de Cristian y otras en casa de sus padres, en la comunidad de Guangopup. A ratos, María todavía camina de la mano de sus amigas del colegio, como una niña pequeña.

Sin importar la edad que tengas, en Rumipamba las leyes del compromiso son claras: si embarazas a una chica, tienes que casarte con ella o abandonar la comunidad como un afectado por la peste. En Rumipamba las chicas no usan pantalón. En Rumipamba los hombres no cocinan.

Los fines de semana, Cristian y su padre viajan dos horas hacia el este hasta llegar a Bucay, en la frontera con la provincia del Guayas. Allí, en el mercado de Bucay, levantan un toldo, acomodan los sacos de hortalizas y legumbres y, por las noches, improvisan camas de cartón para dormir sin tener que salir del mercado. Cristian recibe quince dólares por jornada de trabajo: este ingreso, más lo que pueda obtener vendiendo alguno de sus animales, le da lo suficiente para pagar el colegio, su ropa y el resto de cosas de las que ahora tiene que hacerse cargo.

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“Estamos a 3 600 metros de altura”, dice Cristian. Lleva puesta la camiseta del Barcelona de Guayaquil. No es fanático del equipo porteño ni escucha los partidos en la radio, pero le gusta el color, el escudo. A Cristian lo que realmente le gusta del Barcelona es que sea un cuadro tan popular. Eso lo hace sentirse más cerca del mundo y de su gente.

Al final de la tarde, Cristian se detiene en la punta de una montaña y contempla el horizonte. Quizás sepa que, como el horizonte, su vida puede extenderse o apagarse en cuestión de segundos. Es hora de llevar las vacas de vuelta a casa: están adormecidas, figuras inánimes en la mitad del páramo. Pensando en su vida de casado, Cristian reconoce que tendrá que trabajar más, aunque lo que en verdad quisiera es poder ir —pronto— a la universidad.

Cristian ha pensado en dos carreras: Leyes y Medicina. Cuando era niño, dice, escuchó hablar a un abogado que llegó a la comunidad para solucionar una disputa de tierras, y pensó en ser así, en usar traje y corbata y usar también esas palabras largas y raras que usan los abogados. La medicina, en su caso, es una cuestión hereditaria. Su abuela, que pasa de los 70 años, usa sus manos lo mismo para despellejar borregos que para traer niños a este mundo: es la partera de la comunidad —ella recibió a Cristian y a sus seis hermanos menores cuando vieron la luz primera— y la curandera en jefe. “Algunas veces mi abuela me curó de gripe o mal de ojo con hierbas”, dice Cristian.

 

La lluvia recrudece y la familia de Cristian se protege debajo de las ramas espesas de un ciprés. Mientras tanto, Cristian ata las vacas sueltas y recoge y acumula la hierba mojada, fría, cortante. Hace tanto frío que a uno le duelen las manos y no se puede hacer otra cosa que contemplar la dureza del paisaje. Luego, en su casa, le pregunto a Cristian si no prefería estar en una ciudad, paseando en un centro comercial. “No”, me dice sonriendo, “allá no se pueden ver conejos de monte”.

La familia Guamán desciende a pie la montaña. Caminan en fila como las hormigas. Son las cinco de la tarde. A esta hora el frío es un rumor que se cura metiendo las manos en los bolsillos de la chaqueta; después, el frío es una brisa que lame la corola de las flores y las nucas descubiertas; finalmente, el frío es una lluvia que desciende lenta, imitando el paso de los Guamán.

Cristian lleva una chompa liviana, de algodón, que poco puede hacer contra la lluvia. Ha caminado más que todos, ha cortado hierba, ha controlado a la vaca que pretendía fugarse, pero su cara trigueña no muestra ningún signo de fatiga.

La lluvia del páramo fortalece el espíritu.

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