Resistiré
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Resistiré

Por Ana Cristina Franco

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Treinta. La amenaza. Treinta. El deadline. Treinta. El SRI. Treinta. Los hijos. Treinta. Los viejos. Treinta. La plata. Treinta. Los sueños. Treinta. El sueño. Treinta. Señora. ¿Quién tiene treinta? Yo tengo veintidós.

Recién nomás te encontrabas con ese amigo de tus padres que para ti era un desconocido. Ese que apretaba tus cachetes como si la piel de la cara no tuviese sensibilidad o como si los viejos (de treinta) tuvieran una licencia para aplastar cachetes. ¡Pero si yo te cambiaba los pañales!, ¡parece que fue ayer! Tú fingías una sonrisa mientras pensabas: pobre viejo, claro que no fue ayer, tu tiempo ya pasó y no te diste cuenta, siento pena por ti pero ahora lo único que quiero es que sueltes mis cachetes. El tiempo pasa. Te encuentras con la hija de tu amiga que tiene catorce y está más alta que tú. La última vez que la viste era una bebé. Obviamente nunca le cambiaste los pañales porque quizá no lo harías ni con tus propios hijos (si los tuvieras), pero sí que la cargaste en brazos. Te sorprendes a ti misma diciendo: “pero si yo te conocí de chiquita”. Por suerte aún no reconoces en tu cuerpo el instinto de aplastarle los cachetes: cuando eso suceda sabrás que ha llegado el fin.

Se supone que a los treinta debías haber hecho muchas cosas. No una maestría ni un negocio propio. Me refiero a viajar. Tener experiencias con drogas. Hacer un trío. Porque claro, a los treinta, ya deberías conseguir estabilidad. El problema es que te sientes con las mismas ganas de experimentar que a los veinte. Y mientras piensas que nunca es tarde para dejarlo todo y hacer un viaje en barco, un burócrata te recuerda que lo que estás haciendo ese preciso instante es un trámite. Y cuando después de horas, días de fila, al fin deberían entregarte un absurdo certificado, una funcionaria pública te dice: “Su certificado se traspapeló, señora”. Lloras y no es por el certificado. Habría que meter presos a todos los que pronuncien esa palabra.

Hace poco leí un artículo que daba “5 consejos sencillos para ser feliz: no fumar, no tomar alcohol, tener pareja estable, reír con amigos, hacer ejercicio”. ¿En serio? Si chupo es porque no tengo pareja estable, y claro, cuando me tomo unas bielas, fumo. Y cuando estoy chuchaqui no puedo hacer ejercicio. Como todo esto me resulta deprimente, obviamente lo último que puedo hacer es “reír con amigos”. Consejos sencillos, dicen. No es tan fácil ser feliz, putos. Lo dijo Oscar Wilde: Haría cualquier cosa por recuperar la juventud, excepto hacer ejercicio, madrugar, o ser un miembro útil de la sociedad.

Está súper berreado: sabes que tienes treinta cuando te cansas en las fiestas (si es que vas), cuando pides que bajen el volumen en los bares o cuando das lecciones de servicio al cliente. Cuando solo puedes tomar whisky. Cuando no mezclas los tragos. Cuando, como dice la Loca de Mierda, te da miedo drogarte. Eso, señoras y señores, perdón, chicos y chicas, es lo más triste. Aunque nunca me drogué, igual me duele que la posibilidad ya no exista. Si con una resaca de cervezas me siento fatal, de drogas ni hablar. Todo esto es tan real como banal. Una es lo que quiere ser. Lo que me parece realmente increíble es seguir siendo. Después de tanto.

Mi cabello se quiebra. Mis uñas se rompen. El viento me da tos. Bastaría una Gillette de veinticinco centavos para que las memorias y las bacterias que hay dentro de mí se congelen para siempre. Bastaría un mal paso. Pero sigo aquí. Todavía me sostengo sobre mis dos piernas. A pesar de los temblores, de la lluvia, del azar. A pesar del amor, del abismo, de la materia oscura, del vértigo, de la sangre, del miedo. Respiro, camino, hablo. ¿Cómo he resistido tanto? Voy caminando en una cuerda floja sobre el precipicio, algo así parece que es la vida. Hay que seguir. No hay que pensarlo mucho, porque el que piensa pierde, el que piensa se cae.

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