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Desde gabinetes de curiosidades hasta récords mundiales, coleccionar es contar historias con objetos. Esta es una práctica milenaria que revela obsesiones, nostalgias y el deseo humano de ordenar el caos para construir sentido y trascender la propia existencia.
El ave jardinera australiana embellece su nido con objetos de colores, los cangrejos llamados decoradores se camuflan con elementos que encuentran en el mar. Este impulso de reunir, ordenar y atesorar atraviesa especies y épocas. Las teorías de psicología evolutiva sugieren que coleccionar es un vestigio de comportamientos más antiguos, quizás originado como una exhibición de cortejo para demostrar valía a una posible pareja o tal vez sea una forma en que nuestra mente otorga una función utilitaria a una actividad recreativa. Carl Jung especuló que el atractivo generalizado del coleccionismo está conectado con la caza y la recolección, que antaño eran necesarias para la supervivencia humana.
Hoy coleccionamos por dinero, interés, recuerdos, amor, codicia, curiosidad, pero la esencia permanece: la poderosa noción de la organización narrativa, la idea de contar una historia con principio, desarrollo y final. Esta práctica milenaria se ha desarrollado desde las antiguas civilizaciones hasta nuestros días, pasando por los gabinetes de curiosidades del siglo XVI y la creación de los grandes museos europeos. Ahora, en plena era digital, el coleccionismo mantiene su vigencia y su capacidad de revelar quiénes somos a través de los objetos que elegimos preservar.
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