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Los peluquines o tupés, antes objeto de burla en el cine y la televisión, experimentan un nuevo aire gracias a la mejora de la tecnología y la normalización de su uso.
La escena es un clásico de la comedia. Un hombre pierde el peluquín por la torpeza del personaje principal, revelando su calva. Avergonzado dirige toda su ira a quien provocó tal tragedia. El peluquín para hombre sobrevivió la prueba del tiempo: se ve en clásicos del siglo pasado como Los tres chiflados o Yo amo a Lucy, hasta comedias que trascendieron a este siglo, como Seinfeld.
Cuentas de redes sociales con cientos de miles de seguidores se han vuelto una ventana para apelar a una nueva vida de estos productos. El cambio empieza desde el nombre. Ya no se usa tupé o peluquín, sino términos más técnicos como prótesis o sistema capilar. La vergüenza también ha mutado: cientos de perfiles comparten videos mostrando el antes y el después del uso de estos productos, que se presentan como alternativas a los trasplantes de pelo y el uso prolongado de medicamentos.
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