
Julio Iglesias posee un aura de romántico empedernido. Algunas personas de su entorno dicen que aquello solo es un velo para esconder su verdadera personalidad y se han empeñado en descorrerlo a través de la escritura.
Julio Iglesias volvió a los titulares en enero de 2026. No por un concierto nuevo, sino por un escándalo: dos extrabajadoras suyas lo acusaron de abusos en sus mansiones del Caribe. Pronto, él salió a desmentirlas, pero la denuncia ya reposaba en los despachos de la Fiscalía española.
En todo caso, el cantante siempre fue materia prima para los tabloides. Allí, se lo caracterizaba como un hombre enamorado del amor, pero que pocas veces -o nunca- se dejó alcanzar por él. En su hogar, por otro parte, reinaba el silencio: él colocó un enorme candado en su mundo para que nadie revelase detalles de su vida íntima.
Pero el dinero o el despecho han provocado filtraciones. Empleados, novias y periodistas lo han desnudado en artículos de prensa colorada o en libros que, más allá de la calidad literaria, muestran las aristas de un divo que, hoy, está en medio de la tormenta.
El mayordomo que se hizo biógrafo

En 1977, Julio Iglesias estrenó Soy un truhan, soy un señor, una canción que hace parte del álbum A mis 33 años. Compuesta por Ramón Arcusa, fue hecha a la medida del cantante. Sus primeros versos dicen:
Confieso que a veces soy cuerdo y a veces loco
y amo así la vida, y tomo de todo un poco;
me gustan las mujeres, me gusta el vino
y si tengo que olvidarlas, bebo y olvido.
Pero Antonio del Valle, mayordomo de Julio Iglesias por cuatro años, se apropió del título de esa pieza musical, convirtiéndola en una daga. Al poco de renunciar a su puesto escribió el libro Julio Iglesias. ¿Truhan o señor? (1986).
Las letras de Del Valle rebanan al ídolo hasta convertirlo en un ser humano caprichoso y cruel: “cuando se enfadaba, nadie estaba a salvo de su ira”, pues “todo debía girar en torno a su comodidad y su imagen”. E Iglesias es dos hombres a un tiempo, en los escenarios, un enamorado sensible y, tras la puerta de su casa, un tirano implacable. De hecho, el escritor asegura que “la casa funcionaba como un sultanato: mujeres que entraban y salían, y un silencio obligatorio para el servicio”.
Es obsesivo con la disciplina y el orden, con horarios incluso para el amor. Así, el trabajo del mayordomo era coordinar la llegada de las amantes para que jamás se cruzasen con algún visitante o entre ellas. Enloquecía con los retrasos y, alguna vez, montó en cólera porque su chófer tardó cinco minutos en recogerlo. Como escarmiento -para él y para todos- lo humilló en público.
Y cualquier mujer, trabajadora o novia, debía cumplir con un voto de lealtad, un código de vestimenta y con chequeos médicos para corroborar su salud sexual.
En Truhan o señor, Antonio del Valle no analiza a Julio Iglesias, lo disecciona. Cada episodio de su vida sirve para desnudar al hombre que había forjado una imagen pública sensible, pero que en la vida real es incapaz de sentir ternura y cuyo único interés es la adoración absoluta.
Julio Iglesias, la caricatura
El ayudante de Julio Iglesias, veloz y eficiente, abre la puerta de un armario y selecciona a una rubia bellísima. Con un empujón leve, como para no dañarla, se la envía al cantante, quien la aguarda con el brazo desplegado. Ella es una de las mujeres almacenadas en la casa para ocasiones especiales.
Este episodio aparece en la segunda página de la novela ¡Oh, es él! de Maruja Torres. Ella es una periodista con muchísimo recorrido en España, pero que en la década de 1980 había renunciado a El País y, por lo mismo, aceptó escribir una biografía sobre Julio Iglesias para Espasa Calpe.
Se marchó a América, metiéndose en las mansiones de músico y descubrió que no era encantador ni romántico, sino un hombre capaz de pasar por encima de la gente que trabajaba con él, incluso su mánager. Le pareció caprichoso, frívolo y hasta ridículo. De manera que prefirió retarlo desde la ficción y la ironía en vez de recurrir al periodismo austero. Espasa no quiso el manuscrito y solo Anagrama se animó a publicarlo en 1986.
A la protagonista de la novela, Encarna Alférez, le proponen seguir a Julio Iglesias para escribir una biografía, pero con la diferencia de que ella sí es una fanática del cantante y, por lo mismo, está dispuesta a cualquier cosa con tal de obtener una sonrisa o unas cuantas palabras suyas.
Lo más interesante del relato es que, además de ilustrar el “modus operandi” de la prensa rosa, señala los mismos defectos del cantante que aparecen en los libros de no ficción, es decir, la prepotencia, el control exagerado y el machismo de un hombre convencido de que es irresistible.

Julio Iglesias tras las puertas de su casa
Hubo muchos romances en la vida de Julio Iglesias, pero dos destacan por los capítulos que le dedicaron: Vaitiaré Hirshon e Isabel Preysler.
La primera es una actriz tahitiana, cuyo linaje se remonta a los antiguos cacicazgos de las Islas Cook en el Pacífico sur. El romance con el cantante empezó en 1983 y duró seis años. Luego, ella se fue a América para hacer cine y, tras dos décadas de mutismo, publicó un libro sobre su noviazgo. El título lo dice todo: Muñeca de trapo (Ediciones B, 2010).

Vaitiaré Hirshon era muy joven cuando estuvo con al cantante; él, en cambio, pasaba los 45 años. Según ella, la relación se convirtió en un juego de poder en el que su pareja le decidía cómo vestirse y comportarse. La obsesión controladora y el deseo desbordante de Iglesias, a veces, la empujaba a hacer cosas que no le gustaban como consumir drogas. “Yo tenía dieciocho años y él era ya un hombre famoso, seguro de sí mismo”, escribe en una de las páginas de su libro.
Con el tiempo, la actriz misma desacreditó partes de su relato. Dijo que, cuando lo escribió, atravesaba una situación difícil por su primer embarazo y dejó pasar imprecisiones escritas por las personas que la ayudaron con la edición de su texto.
Isabel Preysler, por otra parte, llegó a las librerías en 2025 con su libro Mi verdadera historia (Espasa). Este no habla exclusivamente de su matrimonio con Iglesias, pero le dedica algunos capítulos.

También lo describe controlador y entregado a su música. La disciplina lo es todo para él porque está obsesionado con permanecer en la cima. Nada, ni siquiera los hijos, le quitan su enfoque. Y cualquier relación afectiva está más próxima a la adoración que al amor.
Preysler explica que quiso ser una mujer ideal para su esposo y abandonó proyectos personales, entregándose a la familia. Mediaba, a menudo, entre el músico y sus hijos. En especial, con Enrique, quien tenía una relación compleja con su padre.
En la biografía la autora muestra a un Julio Iglesias que puede ser generoso, carismático y encantador, pero también celoso y, con frecuencia, infiel. Sin embargo, en varias entrevistas ha dicho que su libro solo es una descripción y no un ajuste cuentas.
Un hombre de otro tiempo

Cuando empezó a redactar El español que enamoró al mundo (Libros del Asteroide, 2025), Ignacio Peyró tenía claro que no haría una biografía común. No le interesaba juzgar ni alabar a Julio Iglesias, sino relacionarlo con su época.
Aun así, el libro poco tiene que ver con un tratado de Ciencias Sociales porque su lenguaje elegante y, con frecuencia, irónico nos conduce por una época que ahora parece desvanecida: los últimos años de dictadura franquista y la transición a la democracia en España.
Y Julio Iglesias es justamente un hombre de su tiempo. Tuvo que configurar su personalidad para afrontar cambios y tragedias, se hizo disciplinado y voluntarioso. Así, después de que un accidente acabó con su carrera de futbolista ─era arquero del Real Madrid─, tuvo que buscar otro modo de ganarse la vida.
La leyenda -que él mismo ha regado- dice que durante su convalecencia empezó a tocar la guitarra y que la música fue clave para recuperarse. Aunque hay varios periodistas y amigos que discuten tal versión, lo cierto es que estaba semiparalizado y requirió un esfuerzo tremendo volver a caminar.
En este punto es que la figura de su padre, según Peyró, se vuelve clave: el doctor Iglesias Puga, prestigioso ginecólogo con muchos contactos en el régimen franquista, se hizo con máquinas y toda clase de muebles para convertir el cuarto de su hijo en un hospital de primer orden.
Tras la recuperación, ayudó a Julio a sobresalir en la música. Movió sus influencias para que el joven apareciera en las televisoras del régimen o para que su canción La vida sigue igual quedase entre las seleccionadas para el festival de Benidorm, el más prestigioso de entonces. Pero lo más importante es que el padre moldeó la personalidad del hijo con una combinación extraña de afecto, exigencia y ambición, cuyo objetivo era llevarlo a la cima y que él se aferrase a ella.
La figura de ‘latin lover’ es un personaje trabajado con perseverancia y con el objetivo de conservar el éxito. Peyró concluye que sí hay un machismo en esa idea y que en el siglo XXI sería impensable, pero que, en los tiempos de la transición -entre 1975 y 1982-, era diferente: en esa época, el mercado quería a un hombre que, sin ser especialmente atractivo o con una visión artística especial, emergiese hasta convertirse en un ídolo y Julio Iglesias lo comprendió y supo aprovecharlo.

