
Llega el Día de la Madre para recordarnos que ella es, sobre todo, un refugio; así, luego de un día difícil su voz reconforta y su abrazo, sana. Hoy le contamos algunas historias que, desde el arte, devuelven la esperanza diciendo: ‘¡nos volvemos a ver, mamá!’
Mamá es mamá. Ellas son el consuelo para el tiempo difícil o el beso en la frente durante la noche que sigue a un triunfo. Y ni siquiera cuando se han marchado de forma definitiva, los hijos dejan de buscarlas, aunque sea entre sus recuerdos.
La literatura, el cine, la música no son ajenos a ese amor -el primero de todos- y, por eso, los ejemplos se multiplican. Acompáñenos en este paseo por una serie de relatos donde la clave es el reencuentro entre madres e hijos.
El abrazo de fugaz
La capitana del ejército Katherine Hazeltine se había dormido con la cabeza apoyada en el hombro de un tal Holden. No son pareja, ni siquiera se conocen. Pero es lo que tiene un vuelo largo: une a los extraños. La luz del sol despierta al hombre, quien para no importunar a su acompañante trata de cerrar la persiana con el pie. Fracasa y ella, incómoda, balbucea una disculpa.
Lo que sigue es un diálogo donde él se esfuerza por seducirla mientras la mujer lo rechaza tan amablemente que terminan siendo amigos...
Y es que Katherine solo está interesada en llegar a Los Ángeles lo más pronto posible porque es ‘Día de San Valentín’ -tal es el título de la película de 2010 que engloba esta escena- y solo tiene un permiso breve que apenas le permitirá ver de pasada a su ‘persona especial', pues debe reintegrarse a su unidad de inmediato.
Seguro ya de que no habrá un romance de avión, Holden exclama: “¡debe ser alguien muy importante para hacer un vuelo largo y volver enseguida!” Es verdad, aunque no de la manera que piensa: la capitana no va en busca de una pareja, sino de su hijo.
En el aeropuerto, Katherine se desespera porque los taxis están llenos. Holden comprendiendo que puede hacer feliz a dos personas con su sacrificio, le ofrece su automóvil y su chófer para que vaya a casa.
Allí, en plena noche de San Valentín, la madre entra al cuarto de su hijo y lo despierta. Se han reencontrado y el abrazo es breve, pero los sana.
La mamá de Camilo Sesto

Desde el escenario, Camilo Sesto informa a su madre que está refundida entre el público:
- Te voy a dedicar una de mis mejores canciones para ti solita: ‘Perdóname’.
Pero luego de unos versos, no puede continuar y llora. La gente se pone de pie y lo aplaude, mientras el maestro de ceremonias intenta animarlo. Es inútil: la estrella se desploma.
Es el año de 1982 y doña Joaquina Cortés, la madre, permanece sentada y en silencio. El concierto es en Palma de Mallorca y para entonces ambos se han reencontrado luego de años de giras fuera de España.
La historia de ellos estuvo marcada por el amor y también por la separación física, aunque una vez también emocional: en la infancia, cuando Camilo no era Sesto, sino Blanes Cortés, estuvo a un paso de la muerte por la misma fiebre que aniquiló a su hermana. Por un tiempo, el niño era incapaz de reconocer a doña Joaquina hasta que, un día, le dijo: ‘mamá, tengo hambre’.
Y, desde entonces, cada vez que el hombre, ya convertido en un ídolo de la música, iba a verla o la arrancaba del pueblo para que lo acompañase por América o Londres, ella aparecía cargando su comida favorita, ya que su forma de mostrar afecto no era con obsequios y ni siquiera con abrazos, sino diciéndole: ‘nunca vas a tener hambre conmigo, cariño’.
De los Apeninos a los Andes

Marcos no ha cumplido ni los quince años cuando decide marcharse de su casa en Génova para ir en busca de su mamá a la Argentina. Tal es el argumento del cuento ‘De los Apeninos a los Andes’ que hace parte del libro ‘Corazón’ de Edmondo de Amicis.
La madre del niño emigró a América con esas oleadas de italianos que venían al continente a finales del siglo XIX, huyendo de la miseria. No obstante, pese a que al principio enviaba puntualmente dinero y cartas, de pronto desapareció.
Sin acompañantes, el menor de los hijos cruza el mar para encontrarla. No sabe otra cosa que el nombre de un tío en Buenos Aires, pero al llegar a esa ciudad, descubre que ha muerto y que la familia que contrató su madre vive ahora en el interior del país, al filo de los Andes.
Buenos Aires que debía ser el destino muta en el punto de arranque de una odisea de meses. Marcos sin dinero, ropa o conocimientos del español explora la Argentina profunda llevándose la sorpresa en cada ciudad de que su mamá y sus patrones se han marchado poco antes.
Cuando las esperanzas parecen diluirse, en Santiago del Estero le informan que la mujer a quien persigue trabaja cerca, en un ingenio azucarero que su jefe había adquirido. El niño ignora a los que le sugieren descansar, su instinto le impide detenerse y hace bien: su mamá agoniza en la casa de los patrones. Sin embargo, al verlo recupera la fe y se salva. El médico le dice entonces a Marcos: ‘ella te dio la vida, pero tú se la devolviste’.

