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Las redes sociales dejaron de ser puentes entre personas para convertirse en vitrinas infinitas donde lo único que importa es retener la mirada. En el Ecuador, donde más del 80 % de la población usa Internet, el tiempo frente a la pantalla se ha transformado en la principal mercancía digital: invisible, medible y profundamente disputada.
Al entrar a un restaurante en Quito o al salir de casa rumbo a la universidad, la escena se repite con una naturalidad casi coreografiada: jóvenes sostienen sus teléfonos como si fueran una extensión del cuerpo. En el bus, en las cafeterías, en el auto o mientras caminan por la calle —incluso estando acompañados—, el gesto es idéntico: deslizar por la pantalla el índice o el pulgar.
Las redes sociales nacieron como espacios de conexión entre personas, entornos donde la tecnología ampliaba los vínculos humanos. Durante años la lógica fue simple: seguir a otros, compartir momentos, mantenerse en contacto. Hoy esa lógica ha cambiado de forma silenciosa pero radical. No buscan necesariamente a alguien; buscan no quedarse fuera, no perderse lo siguiente.
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