Frente a una inteligencia artificial (IA) que empieza a desarrollar estados emocionales que nadie programó, la filosofía actual enfrenta su propio momento fundacional en el que tiene que replantearse conceptos tan inamovibles como el de la propia conciencia.
Son las once de la mañana del 25 de mayo de 2026. Robert Prevost se prepara para presentar al mundo Magnifica humanitas, su primera encíclica como papa León XIV. La escena que está por suceder en el Salón Sinodal del Vaticano es deliberadamente simbólica: exactamente 135 años antes, su predecesor, León XIII, firmó Rerum novarum, la respuesta que la Iglesia dio a la Revolución Industrial, aquella transformación tecnológica que cambió para siempre el concepto de “humanidad”.
Si León XIII clamaba por proteger la dignidad del trabajador ante su reemplazo por la máquina, León XIV hizo un llamado para custodiar a la persona humana ante el imparable avance de la IA. Sentado en la misma mesa que el sumo pontífice, Christopher Olah, cofundador de Anthropic —una de las empresas que lideran la carrera mundial por la IA—, tomó la palabra y pidió a un auditorio lleno de cardenales y teólogos que, al igual que León XIV, se tomaran la cuestión en serio.
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