Sí, somos testigos de la nueva edad dorada de la ciencia que es similar a un tsunami con dimensiones desconocidas.
Si rebobináramos fotograma a fotograma este frenético primer cuarto de siglo, constataríamos que la ciencia se ha ido despojando de su función contemplativa para entrar en una edad de oro en la que la intervención humana es capital. Diseñamos genes, modificamos lenguajes moleculares, entrenamos inteligencias artificiales o desentrañamos misterios cuánticos.
Como escribe Mustafa Suleyman, vicepresidente ejecutivo de Microsoft AI y autor de The Coming Wave (La ola que se viene), el punto de inflexión de esta nueva era se sitúa en el momento en que comprendimos que la información era una propiedad esencial del universo y que podía codificarse en formato binario y en forma de ADN. “Por primera vez, los componentes centrales de nuestro ecosistema tecnológico abordan de forma directa dos propiedades fundamentales del mundo: la inteligencia y la vida”.
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