Corea del Sur se atrevió a desafiar la hegemonía del manga japonés, y del noveno arte en general, al producir webtoons destinados a verse y leerse en el smartphone.
El milagro coreano y la herencia del sol naciente
Para entender cómo una pantalla de teléfono transformó la tradición de leer historias dibujadas, es necesario viajar un momento al Seúl de finales del siglo pasado. Tras la grave crisis financiera que vivió Asia en 1997, Corea del Sur tomó una decisión que, con la llegada del nuevo siglo, cambiaría el mapa geopolítico del entretenimiento. Además de competir con la industria pesada tradicional occidental, como la automotriz, por ejemplo, la ambición coreana creció al punto de querer exportar productos culturales y de entretenimiento.
De esa manera nació el Hallyu, u ‘ola coreana’, un modelo económico de largo aliento que unió estrategias de Estado con la inversión y ejecución del sector privado. Así se inyectaron recursos en la música pop y en el cine, así como en el ya entonces agonizante mercado local del cómic impreso (manhwa). Sin embargo, los coreanos no inventaron la pólvora. Echaron primero una perspicaz mirada a su vecino Japón, que durante décadas había colonizado las mochilas de medio planeta con el éxito global del manga.
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