
El pensador y ensayista Víctor Gómez Pin disecciona la relación entre el ser humano y la máquina y analiza otras cuestiones ‘calientes’ de la sociedad de hoy.
Con Víctor Gómez Pin, doctor en Filosofía por La Sorbona y catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Barcelona, cabe la posibilidad de empezar hablando de Kant y acabar hablando del txakoli. De empezar con la ontología y hablar de la cajera del súper del barrio. Lo que viene son reflexiones sobre su nuevo libro.

El hombre y la máquina, las máquinas. ¿Qué ha querido contar en este libro?
Pues toco un tema que, en definitiva, es un problema filosófico que ha arrastrado siempre a la humanidad: la singularidad del ser humano. Y esa singularidad viene dada, entre otras cosas, por el lenguaje, que es como un segundo nacimiento. Están el nacimiento biológico, y luego lo que yo llamaría un segundo nacimiento, que es la inserción en el lenguaje.
Ese valor del lenguaje como elemento irreductible del ser humano sobrevuela todo su libro por boca de Descartes, de Chomsky, de otros…
Este tema, Chomsky ya lo planteaba hace 50 años. Es un posicionamiento: la irreductibilidad del lenguaje humano ante los códigos de los lenguajes animales. Y yo creo, y es doloroso, que actualmente la palabra “ecología”, en ciertos discursos, sea una palabra fetiche que lo recubre todo. Cuidado. Ya me dirás tú a mí lo que a la naturaleza le importa lo que yo piense o deje de pensar. Lo que yo piense, en general, tiene poco interés, decía Platón.
Por ejemplo: es obvio que hay un cambio climático. Ahora, ahí hay un problema filosófico fundamental. No nos confundamos. Una cosa es que estemos contribuyendo al cambio climático, y otra decir que hay cambio climático solo porque estemos aquí nosotros. Sería una locura pensar eso. La naturaleza tiene su propia dinámica, y la técnica nunca va a dominar la ley de la necesidad natural. Lo que sí puede es actualizar las potencialidades de la naturaleza que son negativas para el ser humano.
Pero cabe la posibilidad de que un día haya una naturaleza sin el ser humano, ¿no?
Sin el ser humano, la naturaleza sería insignificante, en el sentido de que carecería de significación. El ser humano hace la naturaleza inteligible. Ahora, ¿puede modificarla? No. Pero sí utilizar conveniente o inconvenientemente sus potencialidades. Y claro, los ecologistas y usted y yo queremos que las utilice convenientemente.
¿Habría que quitar, entonces, un poco de hierro a las potencialidades del ser humano?
¡Por supuesto! El ser humano es impotente para modificar la esencia de las leyes de la naturaleza. Pero sí está contribuyendo a que, de esas potencialidades, se actualicen las malas.
¿Cabe pensar que el ser humano haya podido incurrir en un exceso de optimismo al considerar saberlo todo o casi todo en todo momento?
Lo que caracteriza al ser humano no es tanto saber como aspirar a saber. De hecho, es bien conocido que Sócrates se confesaba ignorante en casi todo, pero complementariamente Aristóteles arranca su texto más célebre, Metafísica, afirmando que todos los humanos -no una élite-, por su naturaleza específica, desean simbolizar y conocer.
Otra cosa es que este deseo sea frustrado y hasta repudiado en función de circunstancias sociales contingentes. Una sociedad sana sería aquella que incentivara esta exigencia, mientras que una sociedad insana es precisamente aquella que incentiva la pretensión de saber, parapeto de una ignorancia real.
La jerarquía del ser humano sobre todo lo demás desde que el mundo es mundo… ¿puede llegar a estar en entredicho? ¿Hay que temer un “poshumanismo” asomando por la puerta o nos estamos volviendo locos?
Lo fascinante es que hayamos llegado a plantearnos la posibilidad de que entes que son resultado del saber humano puedan llegar a sustituirnos. Para que ello ocurriera sería necesario que entidades maquinales llegaran a ser capaces de enunciar juicios cognoscitivos, juicios éticos y juicios estéticos, que nosotros enunciamos casi en todo momento de manera inconsciente, sean o no acertados y fértiles. Que ciertos algoritmos lleguen a este estadio está por probar. Pero el hecho mismo de que ello sea susceptible de discusión racional es algo insólito. Todos los grandes del pensamiento pasado estarían hoy volcados sobre el problema.
¿Es justamente esa ausencia en animales y máquinas del triple juicio kantiano lo que nos distingue de ellos?
Mi respuesta es clara y fundada en análisis. Con respecto a los animales: no hay animales que hayan superado el nivel de la experiencia. Cuidado, la experiencia es algo muy importante, lo más esencial para la vida, según Aristóteles. Consiste en medir el error y no volver a cometerlo. En esto, los animales son extraordinarios porque tienen eso, conocimiento experimental.
En los seres humanos, el lenguaje hace que a veces ese conocimiento experimental quede perturbado. Tenemos la técnica, aunque eso no es conocimiento experimental. La técnica, sobre la base de muchísimo conocimiento, es lo que hace que haya sido posible crear este aparato -señala el celular que graba esta conversación-, aparato que jamás habría creado la propia naturaleza por sí misma sin la presencia de un intermediario, o sea, del ser humano. Sin el lenguaje, la naturaleza jamás habría producido esto.
Lo mismo ocurre con el arte, pero multiplicado por mil, ¿no?
Imagínese que aparece ahora por aquí un artista contemporáneo que además convierte este teléfono en un objeto como el orinal aquel -se refiere a Fuente, la célebre escultura de Duchamp en forma de urinario de porcelana-. Eso ya sería otra dimensión. El arte no es ni bueno ni malo, es emergente o no. Emerge o no emerge. La bondad o la maldad del arte es una cuestión sin sentido. No hay un arte subordinado a la moral, eso es absurdo.
Hace 50 años se planteó en Francia si Céline, escritor francés filonazi, autor entre otras obras de la magistral novela Viaje al fin de la noche, tenía que estar o no en La Pléiade -la más prestigiosa de las colecciones literarias francesas-. Y no hubo problema. Hoy sería imposible. ¡Pero que seas un canalla no tiene nada que ver con tu obra! ¡Céline era un canalla! ¡Quevedo era un canalla! ¡Y tantos otros! ¡Picasso sería un mal tipo, pero hizo una maravilla llamada Guernica y sirvió así a la República!
Bueno, aquí llegamos a un punto crítico…, la generación de obras de arte y de libros de ficción por parte de máquinas, cosa que ya existe. ¿Qué opina Víctor Gómez Pin?
En mi libro lo digo, y lo digo desde el prólogo: la situación de las máquinas es mucho más interesante desde ese punto de vista. Yo no puedo obviar que soy un animal. ¡Y con 80 años, como decía el otro, cómo voy a obviar que el Señor amenaza con la devastación! Soy un animal, y tengo un vínculo con todos los demás animales. Ahora, cuidado: el hecho de que ahora mismo nos estemos planteando racionalmente si una máquina puede o no estar haciendo objeciones a su creador, no tiene precedentes en la historia de la humanidad.
De eso ya habló Stanley Kubrick en 1968. La rebelión del ordenador Hal-9000...
Sí, bueno, claro, Kubrick y todos esos temas… Bien, pues ahora mismo, la cuestión esencial para la filosofía es la relación entre la máquina y su creador, el ser humano. Un filósofo no se puede permitir el lujo de decir que este tema no le interesa. El mero hecho de que estemos discutiendo de estas cuestiones -incluso desde mi sesgo, y mi sesgo es decir que al final, por encima de todo, está el ser humano-, o sea, discutiendo acerca de si hay una máquina susceptible de dar el paso que va de Newton a Einstein… no tiene precedentes.
Ahora, cuidado: repito, el arte es emergencia. El arte emerge o no. No se planifica, y si se planifica, no es arte. Yo intenté meterme en el espíritu de la máquina, e hice un poema. Un poema como lo haría un algoritmo. Pero vaya, que esto no…
No, no, cuente, cuente…
Ahí no hay nada nuevo. A ver, hice una vinculación sintáctica, con maravillosas metáforas relativas a la piedra, desde Neruda hasta Lorca…, y acababa así: “Ante la piedra, el murciélago pudo ver la muerte ajena”. Yo sé que ahí no había creación, no creé nada, había sintaxis… pero no semántica. Ni ninguna emergencia de nada, nada emergía, no había arte. Moraleja: uno puede funcionar como un algoritmo, y de hecho muchas veces lo hacemos, lo cual no quiere decir que cuando soñamos lo estemos haciendo. Esto es muy importante para mí en mi libro, en la filosofía y en la vida.
Mucha gente comparte una inquietud ante la idea de una progresiva “humanización de la máquina”… ¿Nos tiene que preocupar más eso o la “maquinización de lo humano”?
Ahí está el asunto. La cajera de un supermercado funciona como un algoritmo. Pero cuidado, no siempre. De repente llega un cliente que le cae simpático y entonces la mecánica es otra, ya no le sale funcionar como un algoritmo. Hay una cosa fundamental: funcionar como un algoritmo es plegarse a un código, pero cuando surgen cosas tan comunes como el deseo, o el sueño, no hay códigos que valgan. No puedes desear lo que te conviene. No funciona. Ni puedes soñar lo que te conviene porque, como han investigado algunos escritores franceses, los sueños tienen que ver con la poesía. Un poeta es alguien en el cual emergen cosas. La poesía no se pliega a nada, solo al lenguaje.
*Contenido publicado el 30 de mayo de 2025 en El País Semanal. Se reproduce este contenido con exclusividad para Ecuador por acuerdo editorial con PRISA MEDIA.

