Dormir era uno de los últimos bastiones sin mercantilizar, pero parece que esto está cambiando: una sociedad cada vez más estresada e insomne está dispuesta a pagar (mucho) para que la dejen descansar y conciliar el sueño.
Junto a algunas pistas de pádel, los golpes de las raquetas se escuchan hasta cerca de la medianoche. Muchos gimnasios y piscinas han ampliado sus horarios porque sus usuarios son cada vez más madrugadores o acuden a horas que solían estar reservadas al hogar o a los bares, y las plataformas de streaming reproducen automáticamente un capítulo tras otro de sus series con la intención de engancharnos hasta la mañana siguiente.
El batch cooking también suele practicarse por las noches y quienes ejecutan rutinas de skincare lo hacen justo antes de acostarse, añadiendo pasos a un ritual que se alarga. Aunque hoy muchos trabajos obligan a estirar la jornada hasta la madrugada o a estar siempre disponible, muchas otras actividades cotidianas —también las relacionadas con el ocio— están invadiendo los momentos tradicionalmente destinados al descanso.
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