En un país donde ser migrante supone desafíos constantes, las tradiciones ecuatorianas en Estados Unidos se han convertido en espacios de arraigo y continuidad. Lejos de su tierra, muchas familias encuentran en estas fiestas una manera de preservar su identidad y compartirla con nuevas generaciones.
Es 25 de mayo y una bandera tricolor ondea en plena avenida Bergenline, en Union City, Nueva Jersey, como si fuera un pedazo del Ecuador instalado entre restaurantes latinos y camiones de comida. Al son de bandas escolares y comparsas folclóricas, centenares de ecuatorianos celebraban —con un día de diferencia— la batalla del Pichincha, la gesta que selló la Independencia del país sudamericano. No había cerros ni plazas coloniales, pero sí mucho orgullo. “Esta es nuestra manera de decir: Seguimos aquí y no olvidamos de dónde venimos”, dice emocionado Vinicio Jácome, organizador del desfile cívico que cada año toma las calles de esta ciudad donde residen más de veinticinco mil ecuatorianos.
En Estados Unidos los símbolos migran con las personas y las celebraciones no se disuelven, se reinventan. Lo que comenzó como pequeñas reuniones en casas prestadas, ahora se vive en parques, iglesias, avenidas cerradas por un día y gimnasios alquilados para los bailes de Carnaval. “Esos actos cívicos no son solo historia, es la manera en que mantenemos vivas nuestras bases”, dice Lucía Gallardo, profesora y ejecutiva del hogar, como ella dice.
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