Después del atentado islamista al semanario Charlie Hebdo, el 7 de enero de 2015, el “Je suis Charlie” (“Yo soy Charlie”) se convirtió en ícono de la Francia contemporánea, las guerras culturales y los debates identitarios. Para conjugarse en presente, el “espíritu Charlie” —que se invoca para defender libertad de expresión, laicismo y humor irreverente— se tensa entre los que no aceptan la sátira sobre temas sacros y los adeptos a la carcajada.
Lo cómico y lo sagrado no se llevan bien. El atentado a Charlie Hebdo puso sobre la mesa esta conjetura. Hace diez años, el 7 de enero, alrededor de las 11:30, los hermanos Chérif y Saïd Kouachi, terroristas islamistas, irrumpieron en la sede del semanario satírico en París. Al grito de “¡Allah Akbar!” ('Dios es grande'), asesinaron a ocho miembros de la redacción. Cabu, Wolinski y Honoré eran antiguos maestros caricaturistas, desde la primera etapa de Charlie (1969-1982). Tignous y Charb (el director de la publicación) eran de la camada que vino con la segunda fase (desde 1992). Elsa Cayat, psicoanalista, Bernard Maris, economista, y Mustapha Ourrad, corrector, completaron la cifra fatal.
El atentado suscitó la emoción internacional. Por un lado, el apego a los valores de la democracia y de la libertad de expresión; por el otro, un discurso que no leía la sátira sino la injuria. Desde entonces, cuando otros sucesos evocan esa memoria trágica, el debate se juega entre disculpas por las ofensas y reivindicaciones libertarias. Sin excepción de polémicas, la radicalización de los bandos es aún objeto de caricatura con un tono irreverente no siempre bienvenido. El ataque a Charlie, como fenómeno social, es pieza clave en un puzle de humor, censura, racismo y libertades.
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