El stand up en Quito nació como un experimento tímido entre luces tenues, mesas pegajosas de cerveza y noches de micrófono abierto. Sin escuela formal ni tradición consolidada, la escena creció desde bares como el extinto Beerman, Django y Zíngaro pasando por espacios nuevos como Amore hasta teatros como el Scala, en Cumbayá.
Hace algo más de una década, en la capital, el stand up parecía una curiosidad importada. Los quiteños nos acostumbramos a reír en coro, en ronda de cachos, alrededor del teatro callejero o en obras convencionales. En pocas palabras: en libreto ajeno.
El micrófono abierto, ese que deja a un comediante desnudo frente a desconocidos, llegó cuando los bares nocturnos empezaron a llenarse de gente que ya no solo buscaba música y bebidas espirituosas, sino catarsis.
Hoy esta forma de hacer comedia ocupa las noches de La Mariscal, La Vicentina, La Floresta y Cumbayá. Llena salas, convoca finales competitivas y convierte a ingenieros, músicos y comunicadores en narradores de su propio absurdo.
¿Quiere saber dónde están los lugares más populares para ver stand up en Quito? En este mapa encontrará la mejor guía.
Zíngaro, cuando las mujeres se roban el show
En La Vicentina está Zíngaro, que en español significa gitano. Es martes de Open Mic, una especie de laboratorio que los standuperos usan para ajustar chistes, probar ideas y ganar experiencia ante el público. Entra Iván Ulchur, comediante de 38 años y ocho en el oficio, él funge como host. Lo hace con esa energía de profe de secundaria que sabe exactamente cuándo un aula se le va a rebelar. Su historia arranca en Facebook, con “estaditos” irreverentes, de esos que antes circulaban como pólvora.
Debutó en 2018 en el extinto Beerman, un bar que no sobrevivió a la pandemia y el Zíngaro le tomó la posta. Esta noche participan nueve comediantes. Cada uno tiene cinco minutos. Entre ellos, tres mujeres: Nico Encalada, Denise Rosero y Adriana Bucheli.
La final la disputan Denise y Adriana, una abuela de 45 años que usa su condición como arma de comedia. Ella entró al Stand up en junio de 2024, empujada por una depresión que le obligó a medicarse. Su rutina trae “cosas de mujeres”: esas conversaciones que las chicas sostenemos entre amigas, lejos de la mirada que juzga, sobre experiencias sexuales, vergüenzas aprendidas y reglas absurdas que el mundo mete en el cuerpo femenino como si fueran ley natural.
Adriana suelta un remate a la pregunta ¿Importa el tamaño del pene? que planteó Francisco Garrido, un poeta standupero que se hace llamar ‘Perro Sucio’. La sala ríe porque el chiste rompe una norma: a una mujer no se le permite hablar de sexo con soltura. Si lo hace, la juzgan. Si no lo hace, la etiquetan.

La arquitecta, Denise Rosero de 33 años, quien debutó en el Open Mic de Zíngaro hace dos años, sube al escenario con una frase que ya lleva dinamita: “llegué a la edad de Cristo y también quiero crucifixión”. Ella apunta al tabú central: el deseo femenino existe, pero la sociedad actúa como si fuera secreto de Estado.
En medio de esa noche aparece la idea de Belén Viteri, otra standupera de la escena: el sistema enseña a las mujeres el rol de cuidado, casa y silencio. Luego las empuja al mundo laboral y se incomoda cuando ya no necesita un hombre al lado. Belén sabe que la comedia no es la excepción cuando se habla de que a las mujeres nos cuesta el doble ganarnos un espacio. Lo dice con humor: “Una vez un hombre me dijo: yo no creo que una mujer bonita pueda ser chistosa. Yo respondí: yo no pienso que porque usted es feo coja bien”.
Ella enumera el catálogo de estereotipos que se pega a la piel femenina: flaca, pero no demasiado; curvilínea, pero no tanto; definida, pero no musculosa; fuerte, pero no histérica; emocional, pero no loca. La mujer vive en el “sí, pero no” permanente. La final se la lleva Adriana, quien junto a Denise hacen una invitación para las mujeres que les gusta la comedia y quieren un espacio para probar lo que tienen.
Django y una final para reír de nuestras tragedias

En plena Mariscal, en ese barrio que hoy lucha por sobrevivir al exterminio comercial que provocó la pandemia, está Django. El lugar que funciona como patio de juegos del absurdo abrió en febrero de 2019 y desde junio de ese año, los jueves se declararon como los días de Open Mic.
Es jueves de final y por las gradas que descienden al bar desde la calle Reina Victoria baja Martín Proaño, su fundador, dueño y también standupero. Saluda con todos, algunos se refieren a él como ‘El jefe’. En el lugar hay tres espacios. En uno de ellos la risa manda, ordena y castiga. Ahí, el público decide si un chiste vive o muere. Y la ciudad, con sus realidades y contradicciones, se convierte en la mejor materia prima.
Gabriel Calanche, un comediante venezolano, es el host de la noche. El primero en subirse al escenario es su tocayo y compatriota, Gabriel Hernández, ‘Gabrasio’. Llegó a Ecuador en 2017. Aquí se graduó en periodismo por la Universidad San Francisco (USFQ). Su condición “acomodada” es el ingrediente de su comedia, pero también su mayor forma de dar “papaya”. Cuenta que para rendir el examen de admisión leyó la historia de Ecuador y ahí supo que Juan José Flores, “además de ser el primer presidente del país, fue el primer venezolano en quitarle el trabajo a un ecuatoriano”.
Después de 10 minutos el turno es del guía turístico, Wesley Altamirano, ‘El Wesley’. El quiteño de 26 años hace stand up desde hace tres. La primera vez que participó en un Open Mic fue en 2022, en el extinto Michelovers, en La Michelena, en el sur de Quito. Sus historias de barrio parecen sacadas del guion de una película, pero quienes se consideran sus vecinos se ríen al confesar que “parece chiste, pero es anécdota”.

Ese día recibió un pago de USD 1.43. “Me sentí millonario y no volví a bajarme de un escenario”. Desde entonces, todos los martes está en Zíngaro y los jueves en Django. El standupero habla sobre la prueba de ingreso a la USFQ de Gabrasio. “No sabía que pagar USD 6 mil era prueba de admisión”.
Afinando los acordes de una guitarra está Marcelo Chiriboga, ‘Marcelino’. Egresado de Medicina, tecnólogo en informática y músico. Hace stand up desde hace siete años. Entona un pasillo cargado de humor negro que expone la violencia de género.
El empujón que la vida le dio fue su divorcio en 2019. Ese año vivió una fuerte depresión que provocó varios intentos de suicidio. La comedia, esa forma de resiliencia que encuentra el ser humano para convertir el dolor en relato y la herida en escenario, fue su salvavidas. Aprendió a reírse de sus desgracias y entendió que hacer chistes de la tragedia propia puede resultar terapéutico.
Con esa idea coinciden varios comediantes. Para Gabrasio hacer stand up es “la única forma que uno tiene para no matarse”. Pasados los 10 minutos, el host pregunta a cada mesa qué comediante presentó el mejor show. “El del sur”, se escucha entre los asistentes y El Wesley responde: “tengo nombre, así viva en el sur”.
El micrófono se vuelve a abrir para los dos finalistas: Marcelino y El Wesley, quien se pasea por el escenario como si caminara por su barrio sureño. Cuando anuncian al ganador, no hay sorpresa: la risa que él convoca reconoce su origen y lo celebra. Esta vez ya no recibe USD 1.40. Se lleva USD 120, el premio de la casa, más un porcentaje de la recaudación voluntaria que los consumidores de esta comedia aportan.
La comedia es el nuevo punk

A unas seis cuadras hacia el oriente de Django el paisaje quiteño muta. La Mariscal suena a nostalgia con chuchaqui, mientras La Floresta suena a rebeldía con tarjeta de crédito. Ahí está Amore, by Monserrate Astudillo. La actriz y comediante cuencana abrió el lugar en enero de 2025.
El escenario, con luces altas y piso alfombrado, se alista para recibir al standupero de la noche: Jorge Palacios, el músicomediante. A diferencia de los otros, el contacto con él se hace a través de su representante, quien acompaña nuestra conversación como una chaperona del siglo XVIII.
El joven de 38 años se presenta sin solemnidad: “Soy doble desempleado, soy músico y soy comediante”. Recuerda que la primera rutina que presentó se llamó: “No me quiero morir de hambre”. Asistieron cuatro personas. Después de ese debut ingresó, en 2024, a un curso para crear contenido en redes que él bautizó como: Cómo ser influencer sin caer en una estafa piramidal.
En julio de ese año abrió TikTok y, con el permiso de Lalo Gama, un comediante mexicano que usa un formato de doblaje de voz y voz en off, hizo su primer video “Salí con una chica al lugar más hipster de Quito” que llegó a dos millones de reproducciones y se grabó en Zíngaro. Para él, la comedia es contestaría y la define como el nuevo punk. No usa cresta ni imperdibles. Usa un micrófono y una pausa incómoda antes del remate.
Antes de que el musicomediante haga su show, aparece el riobambeño, Carlos Yunga, conocido como ‘Negroncho’, el talonero de la noche. Docente universitario de profesión, comediante por vocación, juega con su identidad como quien desarma un prejuicio y lo vuelve confeti.
Hace chistes sobre su color de piel, “color centavo” o color “sueldo básico”, sobre su estatura, sobre ser provinciano y sobre ser profesor en un país que idolatra el título pero no paga la vocación. El público ríe cuando él exagera el estereotipo, cuando habla del ideal de belleza importado y del racismo doméstico que todos conocen pero pocos nombran. La risa no nace del insulto. Nace del reconocimiento.
Teatro Scala, la comedia de las grandes ligas

El Teatro Scala, en Cumbayá, cambia la escena. Ahí el stand up se viste de luces altas, escenografía, butacas cómodas y un sonido envolvente. Majo Reina de 28 años y Mateo Balseca de 26 muestran otra etapa del circuito: la comedia ya no solo “se prueba”; también se sostiene como trabajo. La risa deja de ser un hobby nocturno y se convierte en un oficio que, con estructura, giras internacionales y un público que compra entradas, te da para vivir.
Ambos debutaron, se conocieron y se hicieron socios en Zíngaro. Majo, quien estudió cine, sabía lo que “era fracasar en el arte en Ecuador” y cuando vio en YouTube ‘Live From Pachuca’, un especial del mexicano, Ricardo O'Farrill y dijo: “Yo quiero hacer esto. Después de todo, no tengo mucho que perder”.
En sus inicios siguió el consejo del Ave Jaramillo: habla de un tema que manejes, porque las primeras veces, el escenario huele a miedo. Así empezó el proceso de “salir del closet”. En sus shows cuenta cómo su familia oraba para que deje de ser lesbiana.
La comedia llegó como esa catarsis que le curó -“no del lesbianismo”-, pero sí de las heridas que ese rechazo provocó en su adolescencia. Durante seis meses probó su repertorio todos los martes, en Zíngaro y los jueves en Django. Así aprendió la fórmula de hacer comedia: tragedia más tiempo se convierte en humor y mientras más trágica sea la historia, más divertido será el contenido.
Después de los Open Mic llegó el Podcast bautizado como “Darán Viendo”. Mateo, quien ya trabajaba en su profesión de ingeniería industrial, renunció a su sueldo fijo. Vio el modelo con claridad: el podcast vende el show, el show paga la vida, la vida alimenta el podcast. No inventaron el agua tibia, pero se atrevieron a abrir la llave en Quito. En el Scala, la escena quiteña cierra el círculo: del Open Mic que reparte USD 1,43 al show que paga cuentas. De la comedia como ocurrencia a la comedia como forma de vida.

