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Más allá del corte o el esmalte, los salones de belleza en Queens son microcosmos del migrante, donde cada color de cabello, diseño de uña o ceja dibuja una memoria compartida.
Cuando cruce la puerta de una peluquería ecuatoriana en Queens, no espere simplemente encontrarse con un asiento, un espejo y unas tijeras. Lo que aparece ante usted es un microcosmos de voces, confidencias, códigos y resonancias culturales. El sonido agudo de las secadoras, el murmullo constante de las tijeras, el zumbido distante de un aparato de manicura: todo convive con risas, reclamos, nostalgias, política y planes de retorno. Allí dentro, mientras la estilista, mecha por mecha reordena la melena o mientras una manicurista aplica tonos intensos en las uñas, también se tejen memorias y fragmentos de vida.
Queens —que es con frecuencia esa especie de reino migrante de Nueva York, con sus vecindarios diversos y sus calles que resuenan en decenas de acentos latinos— acoge varias peluquerías latinas que han adquirido una fisonomía particular: más que simples negocios de belleza, son refugios íntimos, plazas para el diálogo femenino, clubes de fans del país que dejaron atrás. Esa doble pulsión: cuidarse aquí y no olvidar allá.
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