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Mundo Diners al día

Rodrigo Borja: "Yo estuve en el apagón de Nueva York"

por Rodrigo Borja

Apagón de Nueva York
Fotografía: Shutterstock
TIEMPO DE LECTURA 4 MINUTOS

En 1965, el expresidente Rodrigo Borja tenía 30 años y estaba en Nueva York. Una tarde se fue la luz y comenzó el caos. En este testimonio cuenta lo que vivieron millones de personas durante las horas en las que la capital del mundo pasó a oscuras.

Escribía a máquina las notas del discurso que debía dar al día siguiente sobre la cuestión de las Islas Malvinas en la Cuarta Comisión de la Asamblea General de las Naciones Unidas, que trataba los asuntos coloniales. En eso, se fue la luz.

Eran las cinco y media de la tarde de un día de noviembre de 1965, bien entrado ya el invierno. Esa hora, en la estación invernal neoyorquina, era tan oscura como las siete y media de la noche en Quito. Pero pensé que si en el Ecuador un apagón se reparaba en dos horas, en Nueva York sería cuestión de minutos y, chuchaqui como estaba, me eché a descansar en una banca.

Me desperté tiritando de frío dos horas después. Claro: había dejado de funcionar la calefacción. Me levanté entonces y vi por la ventana del 15° piso, frente a la segunda avenida, la ciudad a oscuras, apenas iluminada por los faros de los vehículos.

Decidí entonces salir del edificio. Encontré una caja de fósforos en uno de los escritorios. Prendí un cerillo y salí al corredor para dar con la escalera de emergencia. En el corredor ya la oscuridad era absoluta. La escalera de “Exit” estaba en el corazón del edificio. Entré en ella para ver si los pisos tenían numeración porque temía perderme en los sótanos. Los rascacielos de Nueva York forman una gigantesca ciudad subterránea y perderse en ella sería gravísimo.

Alumbré con mi fósforo la pared y vi el número 15. ¡Estaba salvado! Intenté regresar para recoger mi abrigo pero la puerta no se abría. No tenía siquiera manubrio. Bajé un piso y la misma cosa: las puertas sólo se abrían del mismo lado. Quedé atrapado. Los pocos palillos de fósforo que me quedaban se me agotaron pronto. Me sumergí en la oscuridad total. Gritaba: “Open me!” y mi voz retumbaba y se perdía como un eco en el túnel de la escalera de 40 pisos.

Tomado del pasamanos empecé a bajar pero después de varios pisos sentí frío. Pensé que era el frío del sótano y volví a subir. Después bajé nuevamente para luego retornar; subía y bajaba. Estaba desconcertado. Perdí todo sentido de orientación. Por momentos me sentía caminando en el cielo raso como un mosco. Mi cuerpo no sentía su propio peso. No percibía la gravitación. Fue horrible. Descubrí que el ser humano está tan acostumbrado a las referencias visuales, que sin ellas pierde todo sentido de la realidad espacial. E incluso de la realidad temporal.

Yo no sé cuánto tiempo estuve allí. Pensé que mi destino era morirme de frío esa noche. O de angustia. Estaba enterrado vivo en esa gigantesca tumba de concreto. Si hubiera tenido un revólver me habría destapado los sesos para acortar la agonía. Sin embargo, me preocupaba, especialmente por mis padres, que no se encontrara mi cadáver. ¿Cuándo iba a haber otro black out en Nueva York que habilitara la escalera de emergencia? No tenía duda de que iba a morir y me torturaba la idea de que no supieran qué fue de mí.

Ignoro cuánto tiempo transcurrí en ese estado de ceguera total. Había perdido la noción del tiempo y del espacio. De pronto vi un fugaz rayo de luz. Pensé que ya estaba enloqueciendo y que empezaban mis alucinaciones. De todas maneras, fui hacia el lugar. Di golpes y volví a gritar. Se abrió la puerta. Al otro lado, un señor con linterna me dijo que era el conserje del edificio y que cruzaba el hall para ir al baño. ¡Qué providencial coincidencia! Yo en ese piso y el conserje con ganas de orinar.

Me explicó que la defensa civil del edificio recorrió todos los pisos para bajar a la gente por la escalera de emergencia.

–¿Dónde estuvo usted, que no escuchó?

–Me quedé profundamente dormido.

Era el único habitante del edificio. Abracé al hombre y salí corriendo hacia la calle. Y corrí calle abajo mientras el viento frío me calaba hasta los huesos a través de mi ropa empapada de sudor. Iba gritando y llorando por la calle. ¡Había vuelto a nacer! Mi maratón sólo terminó veinticinco cuadras después, cuando llegué a mi Statler Hilton Hotel, en la avenida séptima, frente al Madison Square Garden.

El lobby era una alfombra humana. La población flotante de la ciudad, sin posibilidad de regresar a sus casas en Brooklyn, Queens, Bronx, Staten Island o New Jersey, buscó los vestíbulos de los hoteles como dormitorios. A lo lejos oí una guitarreada y un coro que parecía latino. Fui hacia allá saltando sobre los cuerpos. Sí: era nuestra música, que salía de la oscuridad de la escalera, a la altura del mezzanine.

Me incorporé al grupo integrado por dos muchachos y tres muchachas colombianos. A pesar de que el canto no es mi fuerte, me puse a cantar con ellos. Interpretaban muy bien nuestro pasillo Sombras y también el pasillo colombiano Flores Negras.

Después de un buen rato, vi que una especie de procesión con velas subía por la escalera de enfrente. Averigüé la cosa: el servicio anti-incendios había autorizado subir a los huéspedes del hotel. Pedí la llave y unas cuantas velas e invité a los amigos a mi habitación 866.

En realidad, era una pequeña suite con refrigeradora y cocineta, donde solía prepararme los desayunos. Además estaba bien provisto de enlatados y ron caribeño. Tener una habitación de hotel en esas circunstancias era ser más poderoso que Rockefeller. Esa noche preparé los mejores cuba-libres de mi vida y brindé por haber vuelto a la apasionante aventura de pisar la tierra. La farra se interrumpió a eso de la una y media de la madrugada, con la indiscreta, odiosa e indeseada luz eléctrica que invadió el local.

Este texto –especialmente cedido a Mundo Diners– corresponde al capítulo “La ceguera total” del libro de anécdotas de la vida del autor, de inminente aparición.

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Acerca de Rodrigo Borja

(Quito, 19 de junio de 1935 - Quito, 18 de diciembre de 2025) fue un político, jurista y abogado ecuatoriano. Fue presidente del Ecuador entre el 10 de agosto de 1988 y el 10 de agosto de 1992.
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