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Mundo Diners al día

Punkeros con cresta y corbata

por Amanda Granda

Punkeros
Santiago Gálvez, en un concierto en Play Punk Net. Foto: Pablo Ramos
TIEMPO DE LECTURA 5 MINUTOS

El punk quiteño resiste desde la autogestión, la música y una ideología que maduró sin rendirse. Los punkeros cambiaron la cresta -ese mohawk que fue bandera de rebeldía- por la familia o el RUC, pero no abandonaron su anarquía cotidiana.

Hablar del punk -ese movimiento ruidoso, incómodo y visceral- parecería un anacronismo. Sin embargo, hoy, en una era de incertidumbre laboral, crisis climáticas, polarización política y colapsos institucionales, los ideales punk -autonomía, autogestión, antiautoritarismo, resistencia cotidiana- cobran vigencia.

Tenía 21 años cuando escuché por primera vez a La Polla Records. La banda española no solo incendió a cualquier tipo de autoridad; también apuntó sus guitarras contra los propios punks que hicieron del mohawk un disfraz. Escucharlos fue una patada a la conciencia. Estaba en la universidad y David Herrera, el primer punkero que conocí -hoy con 40 años, padre, productor audiovisual, con RUC, próximo a obtener su maestría- me la mostró.

Tomamos un café en el norte de Quito. Tiempo atrás habría sido una cerveza en un lugar donde vendan combos económicos. Su banda, Chapa Acostado, regresó a los escenarios, y los punkeros dejaron la formalidad de sus vidas laborales para reencontrarse con sus crestas.

Al otro lado de la ciudad, en el céntrico barrio La Tola, hay toque. Se celebran los 30 años de la banda Sin Vos ni Voz, donde Santiago Gálvez es baterista y propietario de Play Punk Net, un espacio autogestionado que mantiene vivo el punk en Quito.

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Músicos en el Play Punk Net. Foto: PabloRamos.

Entra al sistema y demuéstralo

‘Bolo’, como lo conocen sus amigos, tiene 49 años, está casado, también es padre. Fue asalariado y jura -por el dios en el que no cree- que nunca volverá a serlo. Viste un pantalón negro a cuadros ajustado, botas y camiseta sin mangas del mismo color. Luce una cresta; levantarla es un ritual. Hace una metáfora: es como cuando un jugador se pone los pupos para salir a jugar.

Su cercanía al rock lo llevó al punk. Este se presentó a través de una mujer quien, al dar play a una vieja casetera, hizo que Los Ramones explotaran en su cabeza. Desde entonces forma parte del movimiento que le llevó a descubrir la anarquía. Esa que nació a mediados del siglo XIX en Europa y que encontró un nuevo rostro en la música cuando, en los años setenta, las calles de Inglaterra hervían por el desempleo, la decadencia industrial y el hastío con la monarquía.

Esa postura llegó a América Latina, y fue entonces cuando los riffs sucios y las letras enardecidas, sin filtro, de bandas como Eskorbuto, La Polla Records, Ilegales, Boikot... reemplazaron a los panfletos ideológicos y a las conversaciones políticas.

Hazlo tú mismo 

Mientras esperamos que lleguen los músicos y los asistentes, le pregunto al anfitrión si ser punkero es sinónimo de ser anarquista y cuál ha sido su acto más “anarco”. La respuesta es sí. Asegura que la autogestión es ser coherente y consecuente con su filosofía de vida. Bajo el lema Do it yourself -hazlo tú mismo-, el guía de turismo lleva más de 10 años fuera de la nómina de una empresa. “La anarquía es demostrar que no necesitamos de un gobierno para hacer las cosas”, sentencia.

En su local se venden artesanías que él mismo elabora, y cuando hay concierto, la oferta de alimentos y bebidas suma. Trabajó varios años, freelanceando, porque en muchos sitios su estilo irreverente no era bienvenido. Aunque frente a sus amigos quedaba como un tacaño, cada dólar que ahorró le permite -ahora- sostener y vivir de su negocio.

Por la estrecha puerta del local entra Willy Campaña, vocalista de Mortal Desición, una banda reconocida que surgió en 1988 en la capital. A sus 53 años, Willy no tiene cresta: las ondas de su cabello negro cubren su rostro a ratos. La primera vez que se despidió de su estilo mohawk fue mientras buscaba trabajo.  La paternidad le llegó temprano. Trabajó 23 años en una empresa, hasta que sintió que era tiempo de mutar y vivir “haciéndolo él mismo”, que se traduciría en bogar la vida por su cuenta, con lo que le gusta, de verdad: su banda ha grabado nueve discos de “forma artesanal”.

La segunda vez  que dejó la cresta fue después de una conversación con su amigo Jaime Guevara, cantautor identificado como anarquista, aunque no se considera punk. “Yo fui anarquista y profesor. La contradicción es inevitable. Porque a veces hay que comer. Pero no dejé que el sistema me chupara el alma. Lo importante es no volverte cómodo. Aún ahora, con mi jubilación, sigo acompañando las causas que creo justas.”

“El Chamo”, como lo conocen en la escena musical, habla de un padre común: el rock. Y de un sentir colectivo: la solidaridad. Ambos -dice- son el nexo entre las distintas tribus urbanas que conviven en Quito. “No importa cómo te veas, sino lo que piensas y haces”.

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Luis Alvear. Foto: Pablo Ramos.

Entre el caos juvenil y el orden propio

En la actualidad, Mortal Desición cuenta con integrantes jóvenes que también atraen a seguidores de su misma edad. Mientras la banda cumpleañera se alista para tocar, converso con Luis Alvear. Tiene 20 años y, desde que acabó el colegio, trabaja como barbero. Luce una visible cresta azul, una chaqueta de cuero con varios parches, botas y piercings. No quiere un pregrado. Tampoco ser empleado público o privado. Su objetivo es poner su propio negocio de lo que sabe hacer. “Ser punk es asumir que no vas a encajar jamás, y eso te deja sin red de apoyo. Pero también te enseña a crear una nueva red”.

Junto a él está Antonio, un año más joven que su amigo. Sostiene una botella de canelazo mientras escucha nuestra conversación. Interviene: “Nosotros ya no solo hablamos de anarquismo como una utopía lejana. Lo vivimos desde la calle, desde lo autogestivo, desde saber que no vamos a ser parte del juego del sistema... al menos no sin pelearla antes”.

Les pregunto si conocen a Bakunin. Antonio responde que sí. El nombre del filósofo ruso es un denominador común entre los punkeros con los que converso. Para algunos, la idea de oponerse a cualquier forma de autoridad fue, por un tiempo, su bandera, la cual guardaron cuando ingresaron a la nómina de una empresa, y que, años después, desempolvaron para volverse sus propios jefes y sentirse “verdaderos” punks.

Viejos pero pogueando

Para otros, como Erika Niquinga, la resistencia continúa, aunque es imposible que no mute. La veo poguear y siento envidia. Confieso que el baile me atrae, pero también me asusta. Lo conozco de cerca y sé lo agresivo que puede ser. A quien nunca le dio miedo es a ella. Punkera de 40 años, no pierde el estilo mohawk. Se encontró con el punk a sus 12 años y se identificó con el “antitodo”.

No solo era estar en contra del Estado, del capitalismo o del consumismo. Era estar en contra de todo: de la escuela, de la iglesia, de los partidos políticos, del matrimonio, del trabajo de oficina, de la rutina, de lo socialmente aceptable.
La natural rebeldía de la adolescencia y la distorsión de lo que es ser punk la llevaron a las drogas. Aprendió a defenderse sola. Nunca ha sido asalariada. Desde hace seis años descubrió su destreza para tatuar y ahora vive de eso.

Erika se despide antes de que el concierto termine. Hay responsabilidades que cumplir. Lo mismo pasa con otros punkeros que aseguran que su cultura no muere: envejece. Se disfraza de adulto responsable, se infiltra en las instituciones que una vez quiso incendiar, pero también aprende que resistir no siempre se ve como una barricada.

Después de recordar la escena y constatar que sigue viva en la piel del punk, David y yo terminamos nuestro café. Su familia lo espera en casa. Para él, ser parte del sistema no es una rendición, sino una adaptación. “La lucha sigue desde la forma tan básica, pero fuerte, de cómo educamos a nuestros hijos. En la manera en que resistimos desde lo cotidiano”.

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Acerca de Amanda Granda

Periodista especializada en prensa escrita. Cronista y escritora. Trabajé en medios nacionales como El Comercio, El Telégrafo y Notimercio. También he colaborado en medios como Expreso, Ekos y GK. Soy una artesana de las letras.
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