La piratería, vista como la violación de los derechos de autor y de distribución de un producto artístico, es condenada casi en doscientos países en el mundo. Sin embargo, también ha ayudado a que canciones y filmes lleguen a sociedades cerradas y a personas que no tienen los recursos para acceder al “original”.
El arranque es con la piratería en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. Porque entre los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, con Nikita Jrushchov y Leonid Brézhnev como líderes de la URSS, nada que sonara o se viera como Occidente entraba oficialmente. Si los soviéticos de entonces lograron escuchar a Frank Sinatra, Ella Fitzgerald, The Beatles, The Beach Boys y The Rolling Stones, entre otros, fue gracias a la piratería.
Pero un tipo de piratería particular. Si bien entraban discos de contrabando, había otra forma más barata: a través de radiografías. Sí, radiografías, las que sacaban de la basura o las que ya no se usaban en hospitales; se les daba forma de discos, se hacía un agujero en el centro con una vela. Se grababa en ellas la música usando equipos de sonido alterados; luego, esas radiografías viajaban sin levantar sospechas.
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