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Mundo Diners al día

¿Perros en espacios públicos?

por Ivonne Guzmán/ Juan Fernando Andrade

Perros
El 21 de julio se celebra el Día Mundial del Perro. Foto: Shutterstock
TIEMPO DE LECTURA 5 MINUTOS

Este 21 de julio se celebra el Día Mundial del Perro y en Mundo Diners nos sumamos a un debate polémico alrededor de los canes: su presencia en espacios públicos. Y usted, ¿está a favor o en contra?

A Favor

Amor en público (ternura y ridículo)

Juan Fernando Andrade 

Amar viene de McDonald’s. La corporación de comida chatarra registró el slogan ‘I’m Lovin’ It’ (amo sus papas fritas) en septiembre del 2003, con una serie de anuncios protagonizados por el gran músico y mejor actor Justin Timberlake. 

La frase, que la misma multinacional traduce con otra muy de moda, ‘me encanta’, fue la secuela de más de un año de investigación de mercado, análisis del comportamiento del consumidor y lo que en las agencias de publicidad llaman ‘lluvia de ideas’, capaz porque en dichas agencias sólo hay ideas cuando llueve.  

Más de veinte años después, todos amamos. Si te gusta algo dices ‘amo’ o dices ‘me encanta’. Punto para McDonald’s. Se dice también (qué refinado suena esto) para conjugar el sujeto del verbo en presente progresivo, por ejemplo: a la pregunta ‘¿ya escuchaste el nuevo disco de Beyoncé?’, se puede responder ‘estoy amando’ o ya de plano en (qué bello suena esto otro) pasado perfecto, es decir, ‘amé’. 

Es, además, la clase de amor que se espera de otros. Un artista anuncia en redes su última genialidad, una cosa nunca antes vista, más genial todavía que la idea que tuvo la semana pasada, y dice/pide/ruega: ‘pasen a darle amor a este proyecto’. 

El amor, como palabra, ha perdido valor, peso, significado, sale prácticamente gratis y se sigue devaluando cada vez que la usas. Normal, supongo: las noticias son cada día peores y ahora sí parece que el mundo acabará pronto y más que necesitarlo lo que la gente quiere es darlo, sentirlo, saberse capaz de amar. 

Pero la gente, que algo sabe de amargura y despecho, ya no se arriesga a amar a otra gente: sufrimos de intolerancia al fracaso y falta de tiempo, espacio y energía para las decepciones. La gente ha optado por el amor ‘inter-animal’. También por vaga, porque es más fácil amar a un perro que a otra persona, pero quién podría culparlos.

Lo he visto: la persona más agria, oscura y deprimida se transforma cuando está con su mascota. Es como si el animal le diera permiso para la ternura y el ridículo, que puestas una al lado del otro forman una manera bastante digna de vivir (la vida de un artista, incluso). Ternura y ridículo, ¿acaso no se trata de eso? Las mascotas, y los perros en especial, hacen que sus dueños bajen las defensas, apaguen las poses, las apariencias, y se transformen en ‘cochitas’ adorables que adoran.

Los dueños de mascotas, mal que mal, son mejores personas cuando están frente a ellas. Y mejor que ese efecto lo causen los perros y no el fentanilo.    

 Y sí, se están tomando el mundo. Los dueños, que se llaman a sí mismos ‘papás y mamás de’, o se refieren a sus mascotas como ‘mis hijos’, lo cual revela locura y crisis nerviosa, están reclamando casi todos los espacios como suyos: cafeterías, restaurantes, centros comerciales. ¿Debemos permitirlo? 

La decisión no pasará por el activismo animal ni por la defensoría del pueblo, esto se resolverá con cifras: cuando los locales vean cuánto dinero ganan o pierden declarándose ‘pet friendly’, cuando acepten que sus clientes los abandonarán a menos que la carta cambie el ‘menú para niños’ por el ‘menú para perros’, o cuando la idea de un local ‘exclusivo’ se asuma como ‘espacio libre de animales’, tomarán una decisión de apariencia progre pero de esencia conservadora. No lo dudes, bebé.

Por mí, que los dejen, que sean más, que haya más gente en los espacios públicos amando a sus perros y ejercitando ese sentimiento que pierde masa muscular y emocional cuando se abandona, cuando se olvida. Al amor no hay que decirlo, no tanto, McDonald’s tiene ya suficiente dinero y qué pena contigo pero la Big Mac vende más que el Ramen. Al amor hay que hacerlo.  

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Foto: Shutterstock 

 

En contra

(¿de la belleza del mundo?)*

Ivonne Guzmán

Literalmente: no tengo perro que me ladre. Dejé de tenerlo hace casi 13 años (se llamaba Cleo y era una pelirroja preciosa). Quizás por esa condición de ‘desperrada’ alguien pensó que era la candidata perfecta para enhebrar un rosario de razones por las cuales los perros no deberían andar metidos en cuanto lugar a los humanos se nos ocurra visitar (menos si son sitios cerrados). Vamos a ver.

Empecemos por el sentido común y los espacios menos polémicos: quirófanos. No hay pierde, nadie se puede arriesgar a que una pulga o una garrapata se colen en una operación a corazón abierto. 

Aunque no se les prohíbe del todo el ingreso a hospitales, porque hay perros terapéuticos o enfermeros que alegran la vida de miles de personas enfermas -sobre todo, niños- en hospitales alrededor del mundo. Eso sí, van bien bañados y espulgados.

El riesgo de que una persona con cinofobia (miedo exacerbado a los perros) frecuente el mismo lugar que un chihuahua o un gran danés que están acompañando a sus humanos a comprar el pan pone el debate peliagudo. ¿Cinofóbico o perro? Mmmmm… A priori, no tengo suficientes elementos de juicio ni contexto para decidir. Sorry, perry.

Pero sí se puede estar preparado para una situación de ese tipo: el perro, en espacios públicos, siempre, siempre, siempre debe llevar su correa puesta y lo suficientemente corta para que, en caso de peligro o encuentros indeseados, su humano pueda controlarlo y tenerlo cerca. Regla de cortesía mínima con otros humanos y otros perros. 

Habrá quien piense que los aviones sí deberían ser territorio vedado. No tengo una posición clara al respecto, porque, siendo honesta, he viajado varias veces con perros de otros pasajeros y, sin excepción, se han comportado mejor que niños y pasajeros adultos que me han hecho la vida a cuadros (me ha pasado lo mismo en restaurantes).

Claro que esa tranquilidad durante el vuelo, seguramente no se deba a un entrenamiento ejemplar, sino a una dosis de tranquilizantes administrada antes de abordar. Y esa sí sería una razón para estar en contra: además de drogados, les toca viajar confinados entre los pies y/o debajo del asiento delantero (¡por horas!). 

La otra opción es mandarlos en calidad de equipaje, expuestos a una hipotermia o a que la aerolínea los pierda en algún galpón aeroportuario el rato de transferir maletas (horror de horrores). Bueno, hay una tercera vía: ser pudiente y pagar la bicoca de 6.000 dólares (por humano y perro) para viajar, digamos entre Nueva York y Los Ángeles, en Bark Air, living la vida loca…

De vuelta a la tierra. Donde sí, por nada del mundo se debería admitir la entrada de perros es en las salas de concierto de ópera u otras músicas clásicas, no vaya a ser que se entusiasmen y les dé por ladrar, haciéndoles la competencia a los tosedores profesionales (esa raza desperdigada por el planeta) que asisten religiosamente a cada presentación. 

Como ven, estoy fracasando. Sí, soy ‘desperrada’, pero me resulta contra natura negarles un espacio en sociedad a mi lado. Soy fiel hasta la muerte a mis amores/amigos caninos, seres amorosos y simpáticos, que encapsulan la belleza del mundo. Que nadie les prohíba sentarse en mi mesa (mientras lleven puesta su correa).

*Para Cleo, Yorki, Gurí, Anita, Firu, Tomás, Ramón y Kika; con admiración.

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